EDITORIAL

De Duquesa a la mesa

En este país ocurren cosas insólitas, pero ninguna tan repugnante como la de saber que 6.8 toneladas de carne en estado de descomposición estaban listas para ser comercializadas.

De milagro no llegaron a los platos de familias incautas, porque las autoridades las detectaron a tiempo en un almacén ilegal.

No contentos con esa vileza, los depravados que se dedicaban a vender carne podrida también extraían medicamentos vencidos del vertedero de Duquesa para venderlos como si fueran inocuos.

Medicamentos caducados que, en lugar de curar, podrían matar.

¿Acaso hace falta que ocurra una tragedia con decenas de muertos para que alguien mueva un dedo?

Este imperdonable descuido revela un sistema de control sanitario que es, cuando menos, una ficción cómplice.

Porque no nos engañemos: los llamados “buzos” no son el problema de raíz —ellos sobreviven como pueden—, sino la ausencia absoluta de vigilancia en los vertederos públicos.

¿Dónde estaban los inspectores? ¿Dónde los controles municipales? ¿Dónde las alcaldías que permiten que Duquesa sea un supermercado paralelo de la podredumbre?

Mientras los sospechosos de ser responsables permanecen prófugos con órdenes de arresto, las autoridades se limitan a destruir la carne incautada... ¡para devolverla al mismo vertedero de Duquesa!

Esto es absurdo. Que sigan alimentando el ciclo perverso que juraron combatir, llevando de nuevo los desperdicios a Duquesa, porque no hay donde más.

Lo que urge ahora, tras este escándalo, es blindar los vertederos, convertir Duquesa en una plataforma industrial de reciclaje y generación de energía y encarcelar a esta red de depredadores de la salud pública.

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