Reflexiones del director
El periodismo, una vocación de acero
Desde que me inicié en el periodismo, hace 55 años, fui consciente de que, a pesar de mi fuerte vocación, tenía que prepararme para los riesgos implícitos de la carrera.
En ese entonces (1968), el país vivía una transición hacia la democracia en medio de serios desafíos tras la revolución de abril de 1965, así que el ejercicio era aún más riesgoso.
Estaba latente una confrontación derivada de la guerra entre los que querían perpetuar algo del pasado y los que pugnaban por más democracia y libertad real.
En mis adentros, tuve claro cuáles serían los peligros más objetivos:
· Sufrir atropellos físicos
· Caer preso, y mal preso
· Ser expulsado del país
· Quedar inhibido por la censura
· Morir a balazos
Cosas que, por cierto, les ocurrieron a muchos de mis colegas a lo largo de este largo interregno.
Pasé por algunas de esas experiencias: un breve destierro forzado, unos cuantos pescozones de policías en medio de disturbios, un empujón del jefe policial frente al presidente Balaguer.
No las asumí con gusto, sino como el precio obligado a pagar. Pero, por suerte, no me mataron.
Lo que aprendí en toda una vida es que, pese a tantas amenazas, riesgos, barreras, sometimientos a la justicia e intentos de chantaje, el periodismo sigue siendo la gran fortaleza que le queda a la sociedad para defender sus valores y el sistema democrático.
Y que solo con una vocación de acero, que no se doblega ante los infortunios ni los peligros, pueden los periodistas mantener vivo su compromiso con la misión que hemos abrazado.
El que tenga miedo o sea susceptible a estas presiones, que se busque otro oficio. No queremos mártires, pero tampoco débiles ni amanuenses frente al adversario, venga del poder político o de los rufianes del crimen organizado.
Nuestro papel no es militar en partidos políticos ni en grupos que defienden intereses particulares, sino ser intransigentes en la lucha por preservar la verdad e informar correctamente a la sociedad.
La propia vocación nos da esa fuerza y esa voluntad de hacer sacrificios para cumplirle a la sociedad y a nuestras familias
La búsqueda de la noticia, las comprobaciones de un hecho, implican atravesar momentos peligrosos si ocurren en medio de tiroteos o catástrofes naturales, realidades que los lectores difícilmente conocen.
Es el precio de cumplir apegados a nuestra misión, sin quejarnos siquiera de los bajos salarios que han predominado siempre en esta profesión.
Esto que les digo lo repito siempre a los jóvenes pasantes de nuestro programa “Periodistas por un Año”, no con ánimo de predisponerlos o desalentarlos, pero tampoco para pintarles pajaritos en el aire.
Solo para que sean conscientes de que al elegir esta misión han elegido un sacerdocio: el de la lucha por la verdad, la buena marcha moral y socioeconómica del país, y la vigencia de la democracia.
Si lo repito ahora no es porque prevalezcan las amenazas que nos tocaron a los de generaciones anteriores, sino porque hoy el clima para el ejercicio está más minado que antes.
Ahora intentan desacreditar y debilitar nuestra labor, usurpándola groseramente por otros que no tienen las calidades profesionales o por fanáticos parcializados de tendencias específicas.
La gama de adversarios es mayor, tan nocivos como los de antaño, y los cambios tecnológicos, con todos sus desafíos, nos pegan más contra las cuerdas.
Me apena mucho que afloren estas incomprensiones hacia el periodismo profesional, y que el oficio siga siendo, cinco décadas después de haberlo iniciado, una lucha sin fin contra un enemigo que en esencia es una hidra de siete cabezas.

