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El Patrimonio Monumental de San Pedro de Macorís
El centro histórico de San Pedro de Macorís se mantiene en pie a duras penas como testigo mudo de un pasado esplendoroso del que solo hablan los libros. Conservados algunos, otros en franca decadencia y a punto de colapsar, los edificios antiguos de esta ciudad son el único vestigio de la bonanza que alcanzó San Pedro de Macorís en los últimos años del siglo XIX y principios del siglo XX. Es en esta época que la antigua aldea de pescadores surgida a orillas del río Higuamo experimenta una expansión urbanística inusitada como consecuencia de la bonanza económica vivida en la provincia debido a los altos precios que alcanzó la caña de azúcar en el mercado internacional, período que se conoce como la “Danza de los Millones”. Siete ingenios en plena zafra convivían en la ciudad: Angelina, Porvenir, Cristóbal Colon, Puerto Rico, Santa Fe, Consuelo y Quisqueya, cuyos productos eran embarcados por el puerto construido a orillas del río Higuamo, donde funcionó también el primer helipuerto que tuvo la nación, y provocó una variada migración procedente de diferentes latitudes, convirtiendo a San Pedro de Macorís en una ciudad cosmopolita. Europeos, ciudadanos del Medio Oriente y de las islas inglesas (cocolos) crearon un núcleo urbano comercial dotado de opulentas mansiones y suntuosos edificios que imitaban sus tierras en una convergencia de estilos y lujo desconocidos en el país. Las construcciones en madera propias de la época que se repetían en casi todas las provincias, dieron paso en San Pedro de Macorís a magnificas edificaciones, incorporando por primera vez la construcción en hormigón armado en el país. Como explica la arquitecto Zorayda Montero, de la oficina regional de Patrimonio Cultural, cada inmigrante incorporaba el estilo arquitectónico de su país, de ahí la diversidad arquitectónica con que cuenta San Pedro de Macorís, que va desde el victoriano, neogótico, Art Nouveau, morisco, los cuales eran enriquecidos por la arquitectura vernácula, convirtiendo el estilo de esta ciudad en algo único. El apogeo de San Pedro de Macorís inició su decadencia a raíz de la crisis económica que se vivió luego de la II Guerra Mundial, provocando una migración inversa y cayendo la provincia en un declive económico. Esto sin dudas afectó el desenvolvimiento de la ciudad, cuyos más prósperos negocios fueron cerrando y sus edificios cayendo en el abandono. Actualmente, muchas de estas joyas arquitectónicas lucen prácticamente en ruinas. Desidia oficial, despreocupación de sus propietarios, expansión urbanística no planificada y embates de la naturaleza como en el caso del huracán Georges que afectó considerablemente algunos de estos edificios, han contribuido a que muchas edificaciones presenten un estado de deterioro progresivo. Actualmente, la oficina de patrimonio cultural está enfrascada en un plan de rescate del centro urbano de San Pedro de Macorís que contempla la recuperación de muchos de estos edificios de gran valor histórico y arquitectónico, según explica la arquitecto Montero. Valdría la pena confiar en que las autoridades y el sector privado puedan ponerse finalmente de acuerdo para recuperar una joya arquitectónica a la que tienen derecho a disfrutar tanto los petromacorisanos como todos los dominicanos que de una u otra forma fueron tocados por el esplendor de una provincia donde como dicen ellos con orgullo “todo comenzó”. Orígenes de una provinciaEsta ciudad, caracterizada por una gran tradición histórica, deportiva y literaria, es hoy una gran urbe compuesta por más de 60 barrios a todo lo largo y ancho de su geografía. Sobre su nombre hay varias versiones, lo que indudablemente se deduce del vocablo Macorix, que se deriva de una tribu de indígenas llamados Marorijes o Macorix, quienes habitaban esta parte de la isla. En su libro titulado Retos y Desafíos para el Desarrollo de San Pedro de Macorís, el licenciado Sergio Cedeño expresa que en el período precolombino, los terrenos que hoy ocupa San Pedro de Macorís pertenecieron a la Villa de Cayacoa, y éstos a su vez al cacicazgo de Higüey, que era uno de los 5 en que se dividía la Isla de Santo Domingo. Agrega Cedeño que la noticia más completa sobre los terrenos donde hoy está San Pedro de Macorís la da el Padre de Las Casas en su “Apologética Historia de las Indias”, cuando dice que a 15 leguas de las 30, antes de llegar a Santo Domingo, está un pedazo de esta provincia, la de Cayacoa, donde sale a la mar un lindo río que se llama Macorix”, que hoy todos conocemos como Río Higuamo. Durante el período de la época colombina hasta principios de 1800, los terrenos que hoy ocupa San Pedro de Macorís se mantuvieron despoblados, y es a partir del año 1815 cuando existe un intento de población. Sin embargo, es a partir de 1822 cuando se produce el verdadero poblamiento de San Pedro de Macorís. Sus primeros pobladores llegaron a la margen occidental del río Higuamo en cuya área nació el nombre de Mosquitisol, según los historiadores, por la gran cantidad de mosquitos que la caracterizaba y el candente sol que quemaba a sus habitantes. Una calle del barrio Miramar lleva este nombre. En esa fecha es nombrado como alcalde pedáneo, la primera autoridad que tuvo San Pedro de Macorís, como lo fue Antonio Molano, por lo cual una calle del barrio Miramar lleva su nombre. Conjuntamente con Antonio Molano desempeñaba esa función, pero en el Soco, Juan Antonio Aybar. En 1851, Antonio Molano renunciaba al cargo alegando problemas de salud, siendo sustituido como jefe militar de Macorís por el joven Ignacio María Quírico, quien fuera un veterano en la guerra de la Independencia de Panamá. Años después entre 1840 y 1846, de acuerdo al criterio de uno de los primeros fundadores de Macorix, Domingo Isambert, los habitantes se trasladaban a la margen oriental de este río, naciendo de esa manera, una de las más productivas ciudades de la República Dominicana: San Pedro de Macorís. Y es a orillas del río Macoríx donde comienzan las primeras edificaciones y nace una pequeña ciudad, fijando los límites de la nueva aldea, partiendo desde la Loma del Caletón, llamada más tarde la Loma de Buena Vista o de Venancio Ordóñez, hasta la llamada subida de La Barca o Loma de los Castillo, siguiendo hacia lo que es hoy el barrio El Retiro por la calle Federico Bermúdez. De sur a norte, toda la margen del río hasta lo que es hoy la calle 10 de Septiembre de Miramar, entonces Puerta de la Tranca, cruzando dicho camino hacia la hoy calle Rafael Deligne, entonces Camino del Caño, siguiendo todo el trayecto hasta su intersección con el camino del Retiro, según nos cuenta doña América Bermúdez en su libro Manual de Historia de San Pedro de Macorís. Agrega doña América que con el acelerado ritmo con que iba floreciendo la economía, la imagen de la aldea fue desdibujándose y adquiriendo los lineamientos de un poblado civilizado, lo que inspiró a sus moradores a dotarlo de un nombre que lo distinguiera, por lo que volvían a dirigirse a El Seybo, de la cual dependía Macorís para solicitar que el vocablo Macorís le fuera antepuesto el nombre de San Pedro, petición que fue acogida con simpatía. Añade la historiadora que el 10 de Agosto de 1851 era publicada en la gaceta oficial la ordenanza mediante la cual, a partir de esta fecha, este poblado sería denominado San Pedro de Macorís. El manifiesto mediante el cual fue hecha la solicitud lo firmaron varias personalidades como Juan de Peña, Juan Esteban Gil, Francisco Mejía, Wenceslao Cesteros, Domingo Isambert, Pedro y Elías Camarena, Vicente Ordóñez Salgado; sus hijos Carlos y Vicente Ordóñez, Bernardino Castillo, Tirubio Santana, maría Antonia Quírico, Carlos Rodríguez, Matilde Larancuent, Francisco de la Rosa, José Bernardino, Ignacio Arias, Ignacio María Quírico y Ramón de Vargas. Así nace San Pedro de Macorís, ciudad que hoy se ha desarrollado notablemente y que su aporte al país ha sido tan notorio hasta tal punto que hoy, la gran cantidad de dinero que produce llega a financiar el desarrollo de otras regiones, mientras sus habitantes tienen la queja permanente de pocas inversiones comparativamente con sus grandes aportes. Las fiestas patronalesLos petromacorisanos de hoy disfrutan cada año de sus fiesta patronales en honor a San Pedro Apóstol, pero la gran mayoría de ellos ignora que en principio estas festividades se hacía en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre. Las primeras festividades en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre que es la patrona de Cuba, se atribuyen al sacerdote español Elías González de los Ríos, en el siglo pasado, ya que fue éste quien introdujo esa imagen a nuestra ciudad en 1861. En ese entonces, cuenta la historia, se celebraban veladas y actos religiosos y se sacaba una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en un bote que recorría las aguas del río Higuamo. Cada 8 de septiembre, que es cuando se celebra su día, las sociedades la Caridad y El Paraíso efectuaban actividades religiosas para conmemorar la fecha. La población petromacorisana celebraba las festividades de diversas formas, efectuando corridas de sortijas en burros y caballos, juegos diversos, como la gallina enterrada, la naranja del barrio y otras. Pero, conjuntamente con esas fiestas, el mismo año también se celebraban fiestas en honor a San Pedro Apóstol, las que poco a poco se fueron imponiendo, y la población comenzó a disfrutar de su colorido. Las fiestas en honor a San Pedro Apóstol se celebraron en principio en la calle Aurora del Barrio El Retiro, donde la matrona Juana Mingó, encabezaba las celebraciones denominadas sampedrinas. La historia provincial señala que la primera reina de esas celebraciones lo fue Anita Guerrero, y año tras año le siguieron otras que encabezaban las celebraciones como Lotty Kidd, Iris Vega Francechis, Mery Rodríguez Medina, Consuelo Mendoza y Maria Pedeonte Escadón. Las celebraciones eran diferentes en esa época. Las fiestas eran caracterizadas por la ejecución de juegos manuales, preparados en las escuelas. La ciudad era dividida en cuatro cuarteles, y cada grupo de personas, encabezado por Juana Mingo, tenía un objetivo específico. Se realizaban combates con fuegos artificiales y quienes pertenecían a un sector diferente no podían entrar a otro, sino pidiendo permiso. Se cuenta que si sorprendían a alguien en otro de los carteles sin el correspondiente permiso, debía pagar una multa o cantar una canción lo que hacía estas festividades bastantes atractivas. Con el paso de los años esas celebraciones se fueron comercializando hasta el punto de que perdieron su sentido religioso y cultural. Se celebraron en diversos sitios como el Parque Duarte, en el centro de la ciudad, en cuya glorieta se presentaban diversas orquestas y otros espectáculos artísticos, y luego fueron trasladadas al malecón en la parte sur de la ciudad en donde se celebran hasta entonces.

