Baldas abarrotadas de libros
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- «Lento en mi sombra, la penumbra hueca
- exploro con el báculo indeciso,
- yo, que me figuraba el Paraíso
- bajo la especie de una biblioteca».
- «Poema de los dones», Jorge Luis Borges
En mi casa hay varias estanterías en cuyas baldas descansan libros que he ido acumulando a lo largo de toda mi vida. Se pueden encontrar libros que obtuve hace un par de meses y otros de hace veinte años. Incluso hay algunos que pertenecen a mi época escolar, que fueron requeridos para la asignatura de Lengua y Literatura. Es mi pequeño tesoro, no por lo que cuesten estos libros ―que ya aviso que es poco―, sino por lo que contienen. Por el conocimiento y la información que albergan sus páginas. Por supuesto, no puedo limitarme a esta biblioteca y con frecuencia me abastezco de la biblioteca pública, para poder nutrirme de otras tantas lecturas. El espacio, el presupuesto y el tiempo, moldean el espacio dedicado a los libros: no conviene tener demasiado, porque no hay espacio en la vivienda, porque no hay presupuesto, pero tan importante como estos factores es el hecho de que no hay tiempo de leer todo lo que me gustaría.
Pero eso es algo que nos pasa a todos. Por eso, la elección de la lectura que se va a realizar, no es un asunto baladí: se le va a dedicar a esa obra un tiempo único e irreemplazable. Pero en algunos casos, la recompensa es formidable, sin duda, hay libros que nos cambian, que nos hacen crecer como seres humanos.
Los libros te llevan a otros libros. Eso es fascinante, pero no tanto para las atestadas baldas de la biblioteca de un hogar, que sufren con cada libro que entra en casa. Esto genera una decisión que muchas veces cuesta más de lo que me gustaría admitir: deshacerse de libros es tedioso, de algunos más que de otros, pero en general, descartar es un proceso difícil. Pero no tendría sentido solo el hecho de acumular, la biblioteca debe estar viva, debe ingresar nuevos libros y deshacerse de otros que, por una u otra razón, ya no tienen cupo.
Hay libros que, por supuesto, nunca van a abandonar este espacio, salvo catástrofe o el final de la vida (cuando ya no esté, que sea lo que tenga que ser, ¿por qué preocuparse de lo que ya no se va a controlar?). Libros que me marcaron por una u otra razón, y los libros de referencias, que ayudan en tantos asuntos del día a día. En la actualidad vivimos en un mundo de inmediatez donde es fácil encontrar referencia sobre cualquier tema si utilizamos internet. Pero me parece interesante contar con obras de diversos temas, en las que consultar algunas cuestiones que surgen sobre la marcha. Es más lento y para poder profundizar en un tema habría que buscar otros volúmenes. En su favor, hay que decir que no existe el riesgo de la dispersión que sí hay en internet, es decir, que es menos probable que buscando información sobre el sistema digestivo acabemos viendo vídeos de tortugas recién nacidas corriendo hacia el mar (o de cualquier otro tema). Esta lentitud, además, da pie a la reflexión y a la creatividad, porque permite un mayor espacio para la inmersión. En todo caso, no es mi intención hacer una comparación ni una apología, utilizo las herramientas digitales e internet a diario, y me presta buenos resultados, pero quería contrastar ese matiz de otro contexto que ha servido para obtener información durante milenios y cuyo desuso, se debe casi exclusivamente a que requiere de tiempo, y tiempo es precisamente lo que se nos escapa a la sociedad actual.
Pero volviendo a los libros que saturan mis estanterías, el paso del tiempo ha sido un buen amigo para descubrir cómo he cambiado a lo largo de los años. Algunos autores favoritos de otra época, han pasado a ser autores de quienes poseo numerosos libros pero que, por alguna razón, ya no me generan ese interés que me causaban entonces. Miro a esos autores con la nostalgia de ese otro momento, consciente de que abordar una de sus obras (incluso cuya lectura me maravilló) podría dejarme totalmente indiferente en la actualidad. También ocurre lo contrario: libros que han pasado de casa en casa, que han ocupado espacio sin ser leídos, que en alguna ocasión han estado a punto de salir de mi biblioteca, y que de pronto, tras muchos años, un día, lo he cogido, en un acto casual, le he echado un vistazo y no he dejado de leer hasta acabarlo.
Las bibliotecas personales también poseen sus misterios, como esos libros que desaparecen sin dejar rastro. Tal vez se perdieron entre mudanzas, tal vez alguien lo sustrajo en algún momento, quizá se perdió durante un viaje y ni siquiera lo recuerdo. También sucede lo contrario, libros que han acabado en la biblioteca y ni siquiera sabes cómo. A veces también hay libros que desaparecen, para tiempo después, aparecer en el lugar menos esperado, como por arte de magia.
Las bibliotecas tienen su propia historia, y están ligadas a las personas que las han creado, independientemente de su tamaño y su contenido. De algún modo explican vidas, vidas de personas para quienes la lectura forma parte de la existencia.

