El dilema de vivir
.
Si me preguntaran por qué escribo poesía, no sabría qué contestar, pues no tengo respuesta a esa pregunta. Es algo que ha sucedido con el paso del tiempo, propiciado por un buen número de casualidades y de situaciones varias. Pero la certeza, la única realidad, es que practico este arte, y que forma parte de mi vida como otras actividades que, sin ser necesidades fisiológicas, se convierten en parte inherente de mi vida.
La práctica de una disciplina artística siempre presenta ciertos dilemas. Por un lado, tenemos el mundo que nos rodea, la sociedad que nos acompaña en este viaje al que llamamos vida. Existen numerosas actividades que exigen el grueso de nuestro tiempo, que en cierto modo nos exprimen para dejarnos un exiguo tiempo que, a pesar del agotamiento, dedicamos a aquello que nos apasiona. Al mismo tiempo, somos testigos de situaciones terribles que se fraguan en nuestro tiempo: desigualdad, guerras, enfermedades, miseria… Escribir poesía ante los panoramas desoladores que encontramos en esta vida, hace que nos sintamos faltos de empatía hacia toda la desolación que se levanta a nuestro alrededor. Un sentimiento que manifiesta aquella frase devastadora de Theodor Adorno: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». ¿Y no es, acaso, una ostentación banal y, en cierto modo, esa barbarie a la que se refiere? No ya escribir poesía, sino manifestar cualquier tipo de obra artística. ¿Cómo es posible hacerlo frente a una realidad tan devastadora?, ¿cómo tener estómago para ello?
Hablamos de arte, pero podríamos extrapolarlo a cualquier otra actividad, ¿cómo encontrar ánimo para jugar al pádel mientras una ciudad en algún otro lugar del mundo es arrasada?, ¿O cómo sentarse en una butaca con un bol lleno de palomitas, a ver una película? ¿O concentrarse en la lectura de un libro? La realidad nos devora, reflexionar sobre la deshumanización de la sociedad nos causa estupor, hace cuestionar cualquier fundamento, cualquier experiencia que no sea la propia supervivencia.
Pero después de todo, nuestra existencia no es mera supervivencia. No nos levantamos por la mañana con el único propósito de seguir con vida a la hora de dormir, sino que buscamos algo más, incluso cuando hacemos alguna actividad para evadirnos, buscamos algo más que el mero hecho de existir. Y esto nos lleva a que realicemos actividades, a pesar de la compleja y siniestra realidad que se ha conformado para los seres humanos.
Y por eso montamos en bicicleta, jugamos al baloncesto, se ruedan películas, se pintan cuadros, se escribe poesía… porque estamos vivos y de algún modo actuamos frente a todo el dolor que genera la violencia, la miseria y el horror de las sociedades que habitan hoy nuestro planeta, porque se ha de formular una excepción a esa regla que parece vaticinar la autodestrucción del ser humano. Porque ante la destrucción, elegimos la creación y ante el horror, elegimos la belleza. Porque de otro modo, sería insoportable.

