Lo que el cine puertorriqueño le debe al mundo, y lo que el mundo le debe al cine de Puerto Rico
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Hay una verdad que aprendí hace años, conversándola con Jacobo Morales poco después de que Ruido ganara en Montreal. Cuando el cine puertorriqueño cuenta sus historias —las incómodas, las que se pierden en la anécdota, las que la isla guarda para sí misma— el mundo las ve. Y en ese acto de visión, la isla se hace visible.
Esta Isla, de Lorraine Jones Molina y Cristian Carretero, coescrita con Kisha Tikina Burgos, es exactamente esa clase de película.
La conocí antes de conocerla. En 2009, siendo jurado en Cinefiesta, premiamos un corto de Carretero: La Mancha. Algo en aquel trabajo tenía la textura de lo verdadero, esa cualidad rara que no se enseña y tampoco se aprende del todo —se tiene o no se tiene. Años después, viendo el primer plano de Teofilo Torres en su largometraje debut, supe que aquel instinto no me había fallado.
La película comienza donde comienza Puerto Rico para quienes Puerto Rico no es una postal. En la precariedad. Un camión tanque de agua. Una fila sedienta. Escuelas abandonadas que terminan en potrero. El eufemismo burocrático del "residencial público" como cobertura lingüística para lo que en realidad es. La marginalidad institucionalizada, el heroísmo callado de existir día a día a la sombra del imperio más rico del planeta. Carretero y Jones Molina, sin juzgar este paisaje, lo habitan. Y esa diferencia lo es todo.
Bebo es un adolescente de la costa oeste que pesca para vivir y que, cuando la desesperación aprieta, toca lo ilegal como quien toca el fuego sabiendo que quema. Cuando una vuelta sale mal y la sangre se derrama, huye hacia las montañas con Lola —una muchacha de clase alta que también huye, aunque de heridas más invisibles. Lo que encuentran en esa laberíntica geografía interior no es refugio sino espejo. Los restos de un modo de vida que se desvanece, el contraste brutal entre la violencia que los persigue y la quietud de lo que alguna vez fue.
El mayor acierto del filme es su elenco. No hay desperdicio en ningún cuadro.
Zion Ortiz y Fabiola Victoria Brown traen una frescura que no actúan sino que son. La veterana Georgina Borri ancla el drama con la autoridad de quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el plano. Y me alegra consignar, con legítimo orgullo domínico-puertorriqueño, la presencia de dos compatriotas dominicanos de alto calibre. Johnnie Mercedes y Clara Luz Lozano, cuya aparición eleva el tono sin que sea necesario pedírselo.
Pero quiero detenerme en Xavier Antonio Morales. Aquí hay un actor joven boricua que merece papeles que estén a la altura de su talento —y Esta Isla le da uno. Que no sea el último.
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Teofilo Torres es Cora y Fabiola Victoria Brown, Lola.
Y quiero, sobre todo, hablar de Teofilo Torres.
"Cora" es un hombre mayor, ermitaño con un lazo tácito pero no declarado con la lucha independentista, que vive en ese paraíso montañoso donde los jóvenes llegan sin saber exactamente qué buscan. Torres lo interpreta con una intimidad elocuente que eleva el peso dramático de todo el largometraje. En esa pequeña comunidad de tierra arada y viandas hervidas, entre los rituales de una Promesa a la Virgen Negra (refugio ante la adversidad) está hermosamente retratada, ocurre algo que el cine pocas veces logra sin anunciarlo; una transferencia generacional de amor, de experiencia y de desilusiones. Sin decir mucho. Sólo lo necesario. Permitiendo que los silencios hagan lo suyo.
Es en esa montaña donde los sueños de un mejor país se dejan ver —brevemente, como se dejan ver siempre los sueños— antes de que la realidad vuelva a reclamar lo suyo.
La fotografía de Cedric Cheung-Lau respira la historia. Cada encuadre tiene la conciencia de lo que incluye y la sabiduría de lo que omite. La música de Alain Emile es un acierto acústico —presente sin imponerse, como debe ser cuando el sonido sirve a la imagen y no al revés.
El resultado es una película íntima. Poética. Realista sin crueldad y profundamente, irrenunciablemente puertorriqueña.
Tribeca Film festival le otorgó la Mejor Fotografía, la Mejor Dirección Novel y el Premio del Jurado. Los Independent Spirit Awards le dieron el John Cassavetes. Reconocimientos justos para una obra que los merece. Pero lo que ningún premio puede del todo capturar es esto: Esta Isla es el tipo de película que hace que una isla —una isla pequeña, compleja, herida, resiliente— sea visible para el mundo.
Y eso, como me dijo Jacobo aquella noche después de Montreal, lo es casi todo.
