VIVENCIAS ¿QUÉ LEER?
Un tranvía llamado deseo
Castigo, eufemismo universal para aplastar aquello que no entendemos: ¿una síntesis de la historia de la humanidad? Tal vez no, pero lo hemos visto, vivido y leído tantas veces que más que una elucubración reflexiva, pareciera una premisa prescriptiva en la condición humana desde su nacimiento. El dramaturgo estadounidense, Tenneesse Williams, llevó esta frase a su máxima expresión en obra de teatro: Un tranvía llamado deseo, recientemente montada para axhibirse al público dominicano. Porque más que el deseo y el tranvía, esta trama nace y se sostiene sobre la base de la eliminación de todo sujeto u objeto que desarmonice con el formulismo social convenido. Uno que, a la sazón y muy circunscrito a la época, es misógino por demás, e implacable con la diversidad. En dos líneas podemos ver el argumento, pero en la lectura podemos sentir el dolor de una mujer que, ya fuera por decisión propia o arrastrada por sus circunstancias, se vio en la difícil posición de sentarse en el sillón del “diferente” para desde allí ser apaleada de todas las formas posibles. Esa era Blanche, un personaje tallado sicológicamente con tal precisión y exquesitez que, en principio, crea una repulsión tan espasmódica que luego ha de convertírsenos en una profunda lástima. Mientras, su hermana Stella, una mujer socialmente correcta ante los ojos de la sociedad, en este caso representada por su marido Stanley, un machista y acomplejado ser humano, que se encarcaba de “meterla en cintura”, literalmente, cuando en ella se atisbaba un asomo de reveldía. Y la fantasía, ese efímero espacio en el cosmos donde crecen los deseos más impensables, es el lugar que permite al personaje principal refugiarse, a través de la mentira, de la asqueante realidad a la que tuvo que adaptarse. Los personajes de este drama, son sicológicamente perfilados a la perfección, desde Stanley, al que en un chasquido se le puede leer su condición de agresor, pues pasa por el círculo de la Violencia con descarada obviedad; hasta Mitch, el eterno solterón que esconde detrás la enfermedad de su madre su crónico y nunca tratado complejo de Edipo. Hablamos de personajes que padecen enfermedades mentales claramente tangibles, entrelazadas en una historia donde uno de ellos sobresale, por ser el que menos tiene control sobre ella. ¿Y dónde quedan el tranvía y el deseo? Diríamos que el tranvía, objeto que acortó las distancias para el punto de encuentro, y el deseo, esa necesidad imperiosa de Blance, la protagonista por eliminarse la culpa de haberse acostado con tantos sustitutos del amor. Así se sacaba de los tuétanos el abandono de aquella primera ilusión protagonizada por un hermoso pervertido que le marcó la vida para siempre.

