NOVELA

Fragmento de "El ángel plácido"

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Manuel Mora SeranoSanto Domingo

La sangrienta lucha de Tronilo y KimbroCuando el ser humano se acostumbra a lo extraordinario, lo insólito le parece normal, el hecho de que al Grifo le nacieran alas y se remontara por los aires, tan mágicamente como había llegado desde el fondo de la tierra, no nos pareció extraordinario. Hasta los cuentos de Belanyé nos parecieron trucos de magia. Por lo contrario, las lecciones de sus consejos, permanecerían. La gran diferencia, decía el maestro Venerando en clases, era lo que predicaba el Maestro Manso: «Lo bello y deslumbrante es como el relámpago, pasa y ni siquiera rasguña el cielo. Lo profundo y espiritual es como el rayo. Cuando cae fulmina y permanece su impacto.» Si como dijo Verania sólo existe la palabra, Aparicio era el verbo encarnado. Toda la vida llevaríamos sus mensajes. Sin duda, nos había ayudado a crecer por dentro y esa riqueza, de la cual nadie es avaro, no haría más que crecer con el tiempo como toda semilla fértil. Por eso nos place dejarla íntegra en el interior de ustedes. Ensimismados con el eco que seguía incansable repitiéndose en forma circular, nos habíamos olvidado de nuestra. Misión. Plinio recordó que había llegado el momento de abrir el sobre con las instrucciones. No queríamos ofender a Tronilo pidiéndole que se fuera, pero observando a Dego corretear y dar vueltas oteando el viento, se dio cuenta que Kimbro podía andar por los alrededores, y se marchó con su perro. Tan pronto quedamos solos, nos sentamos cómodamente bajo un corpulento mango florecido y soltamos los bueyes y dejamos a los perros retozar, mientras nos enterábamos de lo que se nos pedía. Leímos las escuetas instrucciones una y otra vez. Una y otra vez, hasta que las aprendimos de memoria. Luego las secreteamos bien quedo, para que ni los seres secretos del bosque, a pesar de sus poderes, las pudieran escuchar. Después quemamos y enterramos las cenizas del papel y revolviendo bien para que ni siquiera la tierra misma pudiera leer las palabras secretas. Porque si algo sabe en el universo, es la diosa Gea. Es la tierra. Nos pedían cinco cosas, como nos habían dicho. Nos alegramos sin pensar en lo difíciles que parecían. Lo importante era si podríamos lograr la anhelada corona de asfódelos que sólo había ceñido la frente de Néstor. Satisfecha la curiosidad, se remansó la emoción. Sacamos ron y brindamos por Tronilo y el éxito de su cacería. El tufo a verraco montaraz se sentía en el aire y nuestros perros, nerviosos y agitados, se movían en círculos, certificando la presencia del verraco. No podíamos enterar de lo que se nos pedía a nuestro primo ni a persona alguna, ni a ustedes, hasta que llegue el momento preciso. Alto era el día cuando Tronilo regresó y nos hizo señas de que debíamos acampar ahí. Cerca había un arroyo que bajaba de las lomas con aguas frías, y allá fuimos a bañarnos. Luego bajo los árboles de la ribera calentamos lo que Verania nos había cocinado ¿Debo decir que recordaba a mi esposa y que al comer el fruto de sus manos, me añusgaba? Creo que no. Tronilo y Plinio se burlaron descaradamente de mí al notar que estaba a punto de llorar. Al recibir sus pícaras puyas, les dije que mi venganza vendría cuando les llegara la hora de sufrir por amor. Eso los puso serios y tristes, de repente comprendieron la diferencia; aunque sufriera, ellos no eran felices como Verania y yo. Comprendieron lo difícil que sería encontrar pareja en esos sitios desolados. Plinio me confesó, que terminaron envidiando mi tristeza. Por dos días estuvimos esperando. Entretanto, hicimos cortas excursiones por los alrededores cazando cabras alzadas y pescando dajaos y róbalos en los charcos próximos, que comimos asados con jugo de limones, sal y orégano. Al segundo día, el olor a verraco era tan intenso, que los perros aullaban desesperados cuando el brisal soplaba. Temimos que estos gritos de guerra lo alejaran, sin embargo, Tronilo nos indicó que no. Todo lo contrario, Kimbro se acercaría para tratar de sorprenderlo, como había hecho contra su padre y Fénix. Al tercer día, Tronilo hizo la señal de partir. Había hecho varias excursiones y ya tenía el rumbo preciso. El verraco elegía el escenario. Astutamente se había alejado y se había quedado en un lugar llano cerca de un río caudaloso donde las hierbas casi lo tapaban. Lo seguimos, y a media mañana llegamos a un prado de altas yerbas donde dejamos pastar libremente a los bueyes. Estábamos en un altozano próximo a una vega cruzada por el ancho río. Del otro lado se veía una montaña imponente que sin saber la causa, me resultaba familiar, aunque nunca había andado por esos predios. Tronilo desapareció con su perro, mientras nosotros, protegidos por frondosos árboles, hicimos desayuno en la colina. Mientras Diómedes cocinaba, Tronilo y su perro habían bajado, y a pesar de su elevada estatura, no se veía entre las hierbas, pero el olor a verraco era tan intenso, que casi mareaba. De pronto vimos el cuervo inconfundible, el mismo parlanchín que habíamos visto durante el viaje y que en la casa, cuando quemamos el camastro de don Leonardo, había ahuyentado a unas rezagadas mauras. Parecía tan amigo de Tronilo y Verania como de Malotea. Sin duda alguna se trataba del famoso Vocerío, que según ella era un alto personaje en la corte de Domitila. Claramente mostraba a Tronilo con su ala derecha repitiendo su nombre insistentemente, que a sus espaldas estaba Kimbro. Lo hubiera sorprendido de no ser por el cuervo. Luego vimos las hierbas moviéndose como las olas de un mar vegetal. Estábamos bien cerca, pero como estas ya no cubrían totalmente a Tronilo, llamé a mi hermano para que prestáramos atención a lo que estaba sucediendo. Aquellos gigantes salvajes parecían dos canoas abriéndose paso en el oleaje verde de la vega. Ese es Kimbro, dije, y en mi voz había ese tono ritual de reverencia y fervor ante lo monumental. Tronilo nos miró. Hizo señas de que amarráramos nuestros canes. Quería que lo dejáramos pelear solo con su perro, que le adelantaba un paso. Atamos nuestros animales que ladraban llamando a Dego y deseando entrar en la pelea. El olor a verraco los excitaba. Cuando los atamos, aullaron desesperadamente. Vimos al cuervo queriendo distraer al verraco. Podía astutamente bajar y herirlo entre los ojos, pero Tronilo le hizo señas de que lo dejara tranquilo, y cesaron sus gritos. Pese a lo dramático del encuentro, vimos al gigantesco mudo sonreír. La venganza de su padre era la misión más importante de su vida. A partir de ese momento dejaba de ser lo que había sido y se convertía en un hombre. Sin embargo, hasta en ese instante de dramática tensión, tuvo un rasgo de humor. En un momento que ambos se habían detenido y se estudiaban, nos señaló los talones y la montaña, indicándonos que esa era la loma de las ciguapas. Luego lo vimos reír al sacar el afilado cuchillo y empuñarlo decidido. Desde la muerte de su padre lo amolaba diariamente en sus piedras hasta gastar parte del duro acero. Se hincó reverente elevando las manos y mirando al cielo para dedicar la lucha a su padre. Absortos, con mucho temor, observábamos aquel espectáculo temiendo que el verraco aprovechara esa distracción. Luego se despojó de la ropa. Iba a pelear lealmente. No quería ventajas. Sería una pelea limpia. Lucharían de igual a igual como la naturaleza los había traído al mundo. Todo estaba inmóvil. La brisa misma parecía que se había detenido y no ondulaba ni una brizna de hierba. De pronto sentimos que algo se movía. Desde donde él estaba era invisible su enemigo. Por eso avanzó hacia un lado donde era más rala la hierba para tener mayor visibilidad y facilidad de movimientos. Entonces el verraco asomó su largo hocico y brillaron al sol sus colmillos. Entre el oscuro pecho resplandecían las cachas del alfanje. Eso lo sacó de dudas. Además de la mancha blanca en la testuz, esto indicaba que se trataba de Kimbro. Permaneció el jabalí esperando entre las hierbas, que ellos avanzaran sobre él. Mientras tanto, Tronilo, aspirando a pleno pulmón el aire enverracado, se quedó respirando y expirando, hasta que lo vimos decidido a enfrentarlo, lanzando gritos horribles para atraer al cimarrón avanzó un par de pasos junto a su perro. Volvimos a verlo. Era de gran alzada, y a pesar de su gordura, se notaban sus poderosos músculos. Más que una gran canoa, parecía un barco negro. Sus ojos vomitaban fuego mientras pateaba rudamente el suelo con sus poderosas patas. Como había dicho Verania, era ciertamente un líder de la naturaleza. Dego avanzó feroz y Kimbro, experto en evadir encuentros con los perros, lo atacó y lo sacó fuera de combate a la primera embestida, con tal rudeza, que fue a caer herido entre las hierbas donde quedó tendido sin moverse. Cuando hicimos ademanes de soltar nuestros perros, Tronilo desvió por un segundo la mirada y nos hizo señas de que lo dejáramos solo. Reía. Disfrutaba cada minuto como si fuese el último que viviría sobre la tierra. Nosotros lo comprendíamos. Habíamos sido criados también para realizar una venganza. Se hincó nuevamente en tierra, y esperó la embestida de aquel aparato bravío que gruñía aterradoramente. Vimos cuando lo atacaba y lo hería en un muslo y aunque sangraba, aparentemente fue superficial, porque se notaba sereno y tranquilo. Tenía el cuchillo en la mano porque había errado su cuchillada al caer al suelo; la rapidez del verraco lo sorprendió. Sin embargo, atinó a tactarse entre los muslos, comprobando que su hombría estaba incólume. Pero cuando notó que el verraco también estaba herido, reaccionó iniciando una erección, justamente cuando Kimbro volvía rabioso con los ojos cerrados cargando sobre él. Quien haya visto la mirada de un puerco cimarrón ciego de ira, antes de embestir, y ha contemplado sus ojos amarillentos inyectados de fuego, a ese se le debe helar la sangre en las venas. Tronilo sabía que su única ventaja sería milimétrica. Debía moverse después que lo mirara y calculara bien dónde atacarlo, y se preparó para ello. Por eso, como estaba hecho de la pasta de los héroes, sostuvo la mirada y se movió una o dos pulgadas a su izquierda y se agachó de nuevo. De ese modo el verraco perdería el rumbo y podría esquivar su ataque. Ahora no se distrajo como antes, cuando se puso a mirarnos y Kimbro, después de embestir, abrió los ojos y pudo llegarle sin que se moviera. Esta vez la ventaja era suya. Con el cuchillo en la boca, cuando pasó a su lado, agarró sus grandes orejas y saltó sobre su lomo. Temimos que se le cayera el arma o que la incipiente erección lo estorbara ¡Pero qué va! Hacía meses que practicaba esta pirueta. Su agilidad de jinete le había salvado la vida. Pero el astuto Kimbro frenó en seco para quitárselo de encima en medio del galope tendido que llevaba. Sin embargo, permaneció agarrado a las orejas; como si con ello le fuera, como le iba en verdad, la vida misma. Jamás vimos una cabalgata semejante. Si domar un toro para hacerlo un manso buey, es trabajo de fuerza ¡Imaginen lo que era aquel espectáculo salvaje! Aquellos dos energúmenos velludos en medio del hierbazal pisoteado, iban y venían en pequeños círculos, hasta que al fin logró tirar el animal al suelo. Pero volvió a levantarse, y Tronilo a cabalgarlo, hasta que al fin vimos cómo, agarrado sólo de la oreja izquierda, tomó con su derecha la cacha del cuchillo y lo hundió en la garganta oscura del verraco una y otra vez, hasta que brotó la sangre en abundancia. Cuando se apeó, aquel espléndido animal herido de muerte cayó como un roble de carne sobre la hierba apisonada. Tronilo sacó rápidamente el alfanje y antes de que dejara de respirar, lo restregó en el corazón del jabalí. Y mientras lo hacía, sin darse cuenta, su erección fue total. Diómedes me dijo: «Se está transformando en Príapo. Míralo, es el hijo de Dionisos y Afrodita revivido.» Pero como él no se había dado cuenta de ese hecho, inmediatamente, como había visto a su padre hacer y éste al suyo, cortó con mano experta las partes verendas para evitar que las glándulas másculas pestificaran la carne. Luego limpió el alfanjillo en la pelambre del derrumbado cuerpo del verraco. Nos miró mientras lo elevaba al cielo y lo hacía brillar a la luz del sol en ofrenda a su padre muerto. La venganza estaba consumada. Permanecíamos sin despegar los ojos de la escena donde los dos gigantes habían demostrado tanta astucia y valor. Nuestros ojos iban de uno al otro. De mi amigo que ahora admiraba y quería mucho más, al enorme cerdo de negra pelambre inmóvil en la tierra. Como lo ha referido Plinio, así pasó. Lo inesperado fue la reacción de Tronilo después de dedicarle a su padre el cadáver de su enemigo. Estaba ahí, como un macho cabrío o un garañón de las sabanas, pero no había nada de dionisiaco en su masculinidad, fue algo involuntario; seguía sin darse cuenta. De haberlo notado se hubiera abochornado. A cualquier hombre le molesta que lo vean en ese estado si no hay ocasión de usarlo para los altos fines de perpetuar la especie. Sin embargo, ocurrió, que al bajar la tensión y consumar la venganza, elevando los brazos al cielo como si adorara al sol, echó el cuerpo hacia atrás y su monumental sexo erecto eyaculó un torrente de semen disparado a los vientos y luego arrojó un chorro espeso de orina en plena erección, soltando fuertes y sonoros pedos como petardos en una celebración. Se dio cuenta de lo que sucedía al estremecerse su cuerpo con el orgasmo y las ventaciones, y entonces bajó los ojos y comprobó lo que había sucedido. Sabiendo el trance por el que pasaba, nos volteamos aparentando estar distraídos, mientras soltábamos a los perros, para no avergonzarlo por ese percance viril. Al volver el rostro, lo vimos cabizbajo, de espaldas, visiblemente conturbado. Manaba sangre de la herida, pero permanecía cabizbajo esperando que bajara su erección. Al fin se irguió como un dios de la montaña al lado del espléndido animal. Estaba ensangrentado, tanto de la suya, como del verraco, y en vez de sonreír como antes de la lucha o de celebrar su triunfo como cuando se desnudaba al aprestarse a la pelea, se quedó contemplando el magnífico ejemplar que había dejado sin vida, para esconder su vergüenza o porque realmente lo sintiera, se compungió mirando con tristeza aquel despojo sombrío de la tierra. Aquel fruto inigualable de la naturaleza. Luego comenzó a dar gritos estridentes parecidos a los que lanzaba cuando mató a Fénix o cuando aulló junto a sus perros sobre la tumba de su padre. Eran unos alaridos insoportables que nos erizaban los pelos y ponían a los perros a aullar acompañándolo. Hasta el herido Dego comenzó a gemir cuando él se tiró sobre el cadáver del imponente verraco magnificado por la muerte. Parecían dos espléndidos salvajes de los montes. ofreciendo un cuadro de una belleza primitiva y grandiosa, que bien pedía el pincel o exigía la epopeya. Aquel enorme mudo tirado encima de la bestia que acababa de matar en una lucha pareja y leal, no daba la sensación de haber destruido un rival sino a un amigo entrañable. Aquel triunfador que esperábamos ufano y orgulloso de su hazaña por haber cumplido la promesa a don Leonardo de vengarlo, gritaba acariciando la oscura piel del asesino de su padre, sin preocuparse de su herida ni de nosotros ni de cosa alguna. Aquel salvaje gritaba desesperado con la ronquera dolorosa de los mudos, abrazado al cadáver tinto en sangre de Kimbro. Parecía rendir un tributo montés en un ritual que ningún ser civilizado podía comprender. Por grotesco que fuera ese espectáculo bajo el solazo implacable, a nosotros nos pareció de una grandiosidad impar. El hombre siempre asistirá pasmado a lo extraordinario. Más que la magia de Aparicio brotando de la tierra o volando por los aires, aquello era una hipérbole primitiva de la realidad, que nos costaba trabajo asimilar, pero que nos obsesionaba y conmovía. Luego se levantó, y como quien despierta de una larga siesta, miró en torno. Se limpió sangre y semen al descuido y luego se desperezó abriendo los brazos y poniendo el pie de la pierna sana sobre el verraco. Más tarde, como si nada hubiera pasado, trotó cojeando hacia nosotros. Nos adelantamos para felicitarlo. Mas no nos hizo caso. Actuó como quien no precisa ninguna atención por lo hecho. A lo mejor para que olvidáramos la escena terrible de su orgasmo, que seguía siendo para nosotros una acción viril tan heroica como la lucha con el verraco. Pasó a nuestro lado sin mirarnos. Olía a macho. A hombre. A verraco. A sangre y semen ¡Olía a héroe! Luego soltó a los perros, maniató al cerdo y metió dos palos largos entre las sogas de las patas y nos hizo señas de que fuéramos y le ayudáramos a bajarlo hasta la playa, bajo la fresca sombra de unos jabillos enormes. Después de aliviar su insolación a la sombra, carneó con mano experta y a petición nuestra sacó la piel intacta. Revisamos las carnes para disponer de los muslos pingües que él había separado. Envolvimos la piel del verraco en un saco grande que llevamos para que nos sirviera de cama y metimos en otro las otras piezas, salvo las vísceras, y los metimos en las árganas de los bueyes. Cargaríamos los muslos y él llevaría el resto cuando se vistiera. Tronilo fue trotando hacia una barranca con su perro y se lanzaron al agua, ya repuesto del encontronazo con Kimbro. Cayeron estrepitosamente, tiñendo de carmesí con sangre de sus heridas las aguas claras del charco azul y se perdieron en el fondo. Desesperados porque no asomaban, nos disponíamos a lanzarnos para rescatarlos, temiendo que se pudieran ahogar. (Páginas 299 a 309 del Ángel Plácido)

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