enfoque
Sostenibilidad
El término sostenibilidad ingresó en el ámbito político con el informe Nuestro futuro común, publicado en 1987 por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU, bajo la presidencia de Gro Harlem Brundtland. Allí se definió el desarrollo sostenible como aquel que “satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”. El concepto comenzó a utilizarse de manera ordinaria a partir de la Cumbre de Río de Janeiro (1992) y se consolidó en el Congreso Mundial “Desafíos de una Tierra en Cambio” (Ámsterdam, 2001), donde se reconoció como disciplina científica integrada en las ciencias naturales, sociales y las ingenierías, además de convertirse en principio rector de las agendas ambientales y económicas globales.
Durante su pontificado, Juan Pablo II incorporó la idea de desarrollo sostenible en mensajes sobre paz y ecología, aunque ya en la década de 1980 hablaba de desarrollo integral (visión social y moral). Benedicto XVI (2009) profundizó en la relación entre sostenibilidad, economía y ética (visión económica y técnica). Francisco, en 2015, elevó la sostenibilidad a categoría teológica y espiritual, integrándola oficialmente en la Doctrina Social de la Iglesia como principio de justicia, cuidado y responsabilidad hacia la Casa Común (visión doctrinal). Más recientemente, León XIV ha realizado múltiples llamados a la ética económica y la justicia climática (visión magisterial).
Cada uno de los últimos Papas ha contribuido significativamente a la construcción de un edificio científico y espiritual que se refleja en la responsabilidad personal hacia el cuidado de la Casa Común. Protegerla equivale a protegerse a sí mismo y a las futuras generaciones. Más que un simple cambio de actitud, se trata de una invitación a la conversión del corazón y a la adopción de un nuevo estilo de vida sostenible.
La sostenibilidad articula tres dimensiones fundamentales: La política, que busca diseñar y ejecutar políticas públicas coherentes. La ciencia, que aporta datos, modelos, proyecciones y soluciones a los problemas ambientales. El Magisterio de la Iglesia, que ofrece pautas éticas y morales, recordando que la justicia climática y la dignidad humana son inseparables en la conservación del medio ambiente y en la mitigación del cambio climático.
La sostenibilidad debe enseñarse en escuelas y universidades como disciplina ciudadana y profesional, de modo que nadie ignore los efectos de sus acciones sobre el bienestar individual y el bien común. Con la integración de la sostenibilidad en el plano político, se lograrían legislaciones y normativas coherentes y vinculantes; en el plano científico, se promoverían soluciones verificables, basadas en datos y proyecciones y, en el plano espiritual, se formarían personas éticamente responsables, guiadas por valores y conciencia comunitaria.
Si estos enfoques permanecen separados, las consecuencias serán catastróficas: políticas fragmentadas y poco efectivas; medidas tecnocráticas alejadas de los valores humanos y, en consecuencia, falta de legitimidad nacional e internacional para asumir compromisos responsables en defensa de la creación, que es lo mismo que decir, en favor de la persona humana.
El autor es rector de la UCNE y presidente de la ADRU

