Ideando
Mayo de mi infancia
En mis años mozos, allá, en el Pimentel de los rieles y Amidverza, cuando las lluvias eran puntuales y mayo era un derroche de truenos y chubascos, las calles del pueblo se inundaban y el nivel de las aguas rebosaban todas las galerías de la avenida Independencia, ocasión que aprovechábamos los muchachos del vecindario para deslizarnos sobre las aceras pavimentadas formando con el pecho una proa de goces que hoy inunda nuestra nostalgia.
Las lluvias eran tan intensas y pertinaces, que las crecidas de Yuna llegaban hasta la lechería de don Alfonso Conde (padre del publicista del mismo nombre ) paseando por pajonales y cacaotales a kilómetros de su cauce y mucha gente se aglomeraba a contemplar con asombro y espanto esas inundaciones que orillaban nuestro pueblo.
En esa época, años 60, nosotros sí supimos de grandes aguaceros y de enormes inundaciones que obligaban a mi abuelo, Genaro Cordero, ir nadando a rescatar los animales llevándolos a la parte más alta del conuco para salvarlos de la inundación.
Esas aguas llegaban puntualmente en mayo y no dependían de ningún fenómeno para que se produjeran porque mayo no era simplemente un mes lluvioso: era el mes de las lluvias. El patrón ha cambiado y las de hoy son muy irregulares, pero también más desastrosas porque son el resultado de anormalidades ambientales.
Aquellas no eran simples lluvias: eran temporadas intensas que marcaban ese mes y que se tomaban en cuenta en la vida cotidiana de la gente.
Los aguaceros de esa época eran furiosos, largos, y no quedaban ríos ni cañadas que no desbordaran con furia su cauce .
Pero también la siembra esperaba por esas lluvias para iniciarse. Había una relación íntima con la naturaleza. Las lluvias entonces eran la antesala de las siembras de arroz, cacao, víveres, etc.
Aún conservo en mi memoria la persistencia de la lluvia sobre el techo de zinc y los relámpagos que deslumbraban los aposentos y esos truenos que estremecían las paredes de tabla de mi casa. Los charcos en las calles pasaban a ser espejos del cielo y grandes océanos por donde navegaban barcos de papel y sueños inundados de sencillez.
En esos tiempos, la lluvia marcaba el inicio de una época de esperanza que brotaría de la tierra para llenar de bonanza el comercio y a los agricultores. Entonces, todo era más natural y humano.

