Medios vs. Influenciador
En el ecosistema de la comunicación actual existen diferentes tipos de especies que pretenden coexistir en un ambiente de paz y quietud, un hábitat que necesita mantener ese status quo, donde en ocasiones unos y otros saltan la línea que los define, porque en el mundo de pertenecer y decidir pertenecer, una gran parte decidirá pertenecer donde vea más proyección para su género.
Quizás muchos pensarán que estas líneas podrían reflejar sesgos cognitivos en perjuicio de una parte, pero para nada, ya que sabemos que hoy en día la nueva generación hasta optaría por estudiar la carrera de influenciador. Aunque parece tonto, ya se ha hablado e implementado de hacer de este acto natural una especie de profesión.
Desde siempre hemos visto personas influyentes en diferentes entornos de la sociedad, solo que hoy en día se ha masificado por la llegada de las nuevas tecnologías, que contribuyeron a este desborde de la palabra y que se mide más en ellos que en las personas influenciadas, en números fríos que denotan más el hecho de que cantidad supera a calidad; a pesar de que las tendencias recientes apuntan que el número de seguidores debe ser directamente proporcional al enganche de los que siguen a personas y marcas, es decir, calidad más que cantidad.
En la Edad Antigua, para no irnos muy lejos, los medios de comunicación y los que vivían de esta profesión vocacional, sobre todo porque no es tan remunerada como se podría imaginar, pero sí satisfactoria, por sus beneficios colaterales que conlleva, como conocer y entrevistar a figuras trascendentales y poder tener una cercanía que probablemente una persona común no tendría.
Imaginen ustedes este escenario: ser convocados para un encuentro con Elon Musk, para ser un poco excéntrico como el personaje en cuestión. Nos preparamos sobre qué y quién, para no ir al encuentro desubicados, como me ha tocado vivirlo de profesionales entre comillas, que llegan al encuentro que ya con bastante tiempo previo les ha invitado y, cuando hacen acto de presencia, te preguntan qué hace y que le des información de esa persona. ¡Tierra, trágame!
No nos desviemos. Entonces, ese es el trabajo de un periodista que representa a un medio de comunicación: ser profesional y quitarse el traje de fanático, porque sin importar la magnitud del entrevistado, debemos mantener cierto decoro, aunque al final podamos pedir la foto del recuerdo para el álbum de la vida, dígase Instagram, Facebook, X, TikTok o en el archivo de fotos de tu celular, que siempre está pidiendo espacio porque se te olvida subirla a la nube.
Lo mismo pasa con esos grandes eventos musicales, deportivos, sociales, políticos; en fin, cualquiera que sea el tipo de actividad. Como trabajadores de los medios, tenemos la dicha de estar en primera fila, lo que nos da la oportunidad de poder cumplir con el objetivo de describir la vivencia al público lector o televidente que busca saber lo que pasó.
Hoy día, esa realidad se ha visto desplazada en cierta forma porque el hábitat ha sido alterado; ya si es para bien o para mal dependerá de cada cual. Tenemos que convivir en ese ecosistema que mencionamos anteriormente porque la realidad nos ha golpeado en la cara, cuando vemos que tenemos que compartir espacio con los denominados influencers; no, no se trata de que no sean parte de, se trata de que se comparen al trabajo de.
Por ejemplo, las personas que se dedican al noble acto de influir realizan una labor por la que reciben una muy buena remuneración, en donde deben aparentar que lo disfrutan y que son afortunados de pertenecer a cierta marca o evento, porque ellos sí y ustedes no. El hecho en sí dependerá de lo que el dueño o productor desee tener en ese lugar. El tema no radica en lo que ellos hagan con su dinero; todo viene en el desplazamiento que los medios y las personas que trabajan en los mismos han tenido que ver y vivir.
Supongan este escenario: el Coachella 2026, un evento multitudinario de miles de personas. Imaginen que los influencers son colocados en la primera línea de fuego, para sus buenas selfies y videos exaltando la marca o el evento, donde todo es maravilloso, con sus maravillosas vidas, maravillosos outfits, el maravilloso mundo de Disney, pero visto desde la irrealidad de las redes sociales.
El otro escenario es el periodista, que ahora tiene que ubicarse no en la primera línea de fuego, sino, en el mejor de los casos, en un área lateral de poca visibilidad para un buen desempeño del trabajo, quizás con suerte a más de mil metros del escenario, donde tenemos que hacer uso de nuestros equipos o los asignados por el medio de comunicación, tratar de conseguir la mejor imagen o describir la experiencia lo más bonita posible para tratar de no herir susceptibilidades del empresario o marca, porque entonces debes dar explicaciones o, en el peor de los casos, ser vetados el medio, tú y tus descendientes.
Definitivamente, los tiempos cambiaron. Los influencers llegaron para quedarse, aunque los números reales demuestren que la influencia, en la mayoría de los casos, es inexistente. Es bueno ver que siempre hay un espacio para que presenten su trabajo en las plataformas que proyectan y con tiempo de caducidad; mientras los medios continúan luchando por mantenerse a flote, sobreviviendo con los espacios restantes, para poder llevar la información que, a fin de cuentas, es la que trasciende y la que queda para la posteridad de una red llamada internet.
Es lo que hay, lo que queda y lo que hacemos, porque nuestra vocación es esta, aunque algunos de nuestros colegas cumplan el doble rol de periodista e influencer y los tiempos exigen adaptación, sin queja, porque eso manifiesta debilidad. Como dice Ricardo Montaner en “Los Hijos del Sol”: ‘Paciencia, soldadito de hojalata, que mañana sonreirás, hijo del sol’.

