¡Se les fueron las manos a los “titiriteros”!

Ya nada me espanta… o eso creía. Los viejos de antes no se equivocaban cuando decían que basta con estar vivo para presenciarlo todo.

A veces, las teorías conspirativas asaltan mis pensamientos, porque me resisto a aceptar que tantas acciones, provenientes de distintos actores, en tan poco tiempo y en escenarios diversos, carezcan de un propósito común u oculto.

Siempre dicen que cada controversia es echada a correr a propósito para desviar del camino los temas que verdaderamente importan a los dominicanos, y es por eso que una mano oscura, con hilos en cada dedo, decide hacer travesuras con la opinión pública.

Pues esta semana, esos “titiriteros”, nacidos de mi imaginación, pero convertidos en una inquietante suma de coincidencias, cruzaron la línea.

Y es que el sentido común o la capacidad para razonar se han ido de vacaciones, en el más recóndito de los lugares, porque no hay otra explicación para tales acciones de personas que dejan mucho que pensar.

Y es que defender a imputados por la presunta muerte de 236 personas ya constituye, de por sí, un ejercicio extremo de cinismo; pero agredir, además, ante cámaras, a un anciano que perdió a su hijo en la tragedia del Jet Set resulta sencillamente inadmisible. Más grave aún resulta intentar justificar ese arrebato apelando a la “emoción”.

A esto se suma el espectáculo degradante en que puede convertirse un conflicto personal entre un funcionario y una comunicadora: un circo mediático sin gracia y profundamente penoso, que atosiga a la ciudadanía hasta el hartazgo.

Como si se tratara de un “reality show” omnipresente, se multiplican las voces que opinan sin vínculo alguno con el hecho, alimentando una dinámica que obliga a cuestionar el rumbo del ejercicio periodístico.

Disentir es legítimo en cualquier democracia. Sin embargo, defender intereses a ultranza, al punto de desearle males a un pueblo si no cede a presiones multinacionales sobre sus recursos naturales, constituye un exabrupto inaceptable.

Lo más inquietante es que todos estos episodios han ocurrido casi en paralelo, como si obedecieran a un guion cuidadosamente trazado.

No obstante, más que preguntarnos quién mueve estos hilos sacados de mi imaginación, debemos cuestionarnos por qué seguimos aplaudiendo la función. Porque, al final, los “titiriteros” pueden existir, pero sin público no hay espectáculo.