enfoque
Medias verdades, desinformación y daño político
El más reciente Barómetro de Confianza de Edelman 2026 introduce un concepto inquietante, insularidad, personas que, cansadas de la polarización, la desinformación y la decepción acumulada, económica, social y política, terminan aislándose, confiando solo en su entorno inmediato y desconfiando del resto del sistema. No es un fenómeno espontáneo. Es el resultado de prácticas reiteradas que erosionan la confianza pública.
Hoy comunicamos, cada vez más, desde la sospecha y no desde el beneficio de la duda. Y ese cambio de punto de partida tiene consecuencias profundas.
En ese contexto, la forma en que comunicamos importa tanto como el contenido. Las medias verdades, presentadas como denuncias o revelaciones, se convierten en herramientas eficaces para generar indignación inmediata, aunque carezcan de contexto o precisión. El problema no es la crítica, que es necesaria en cualquier democracia, sino cuando la crítica se construye sobre fragmentos de información que, aislados, inducen a conclusiones erróneas.
El Barómetro de Confianza de Edelman 2026 advierte que la desinformación no solo erosiona la credibilidad de las instituciones, sino que profundiza la sensación de que el sistema no funciona o no funciona para todos.
Ese sentimiento alimenta el resentimiento social y fortalece la idea de que nada merece confianza. Es un círculo vicioso, a menor confianza, mayor predisposición a creer narrativas simplificadas y emocionales, y a mayor consumo de esas narrativas, menor capacidad de escrutinio riguroso.
Hay además un elemento político que no puede ignorarse. Cuando actores, formales o informales, deciden capitalizar campañas basadas en medias verdades porque resultan útiles en el corto plazo, están legitimando prácticas que luego se vuelven contra todos. Hoy se utilizan para atacar, mañana pueden emplearse para silenciar, desacreditar o intimidar. Validar ese modelo es aceptar un terreno de juego donde la verdad completa deja de importar.
El daño final no es individual. Es colectivo. Una sociedad desinformada es una sociedad más polarizada, más resentida, más frágil y más aislada. La insularidad no nace del vacío, sino de la repetición de malas prácticas.
Si aspiramos a recuperar la confianza, no basta con exigir transparencia a las instituciones, es necesario también un ejercicio más responsable desde el debate público. Necesitamos más escrutinio riguroso y menos campañas oportunistas. Más hechos completos y menos atajos narrativos.
Porque cuando comunicamos para confundir, el costo no lo paga un gobierno ni un actor específico, lo paga la democracia.

