Nuestros padres nos enseñaron que “el que no avanza, retrocede” y, para el tema que me propongo abordar, retroceder es lo mismo que involucionar, porque estamos comportando una degradación como sociedad que se hace manifiesta en la “moral” que elige un importante segmento de nuestra población joven, en la conducta bárbara -en el sentido peyorativo del término- que observan muchos dominicanos, en la visible incivilidad presente en amplios sectores y estratos de nuestra pobre sociedad. Cada uno asume el régimen de vida que le viene en gana, llegando incluso a agruparse en segmentos que desafían toda suerte de autoridad y compiten con el monopolio punitivo del Estado.

Nadie quiere ser dirigido, nadie quiere observar obediencia a la ley. Si miramos hacia los empresarios y los sectores productivos, a estos nadie puede hablarles de gravarle con un céntimo sus actividades comerciales. Si reparamos en los “sindicatos” de transportistas, tienen su propia ley, la del más fuerte. Si nos detenemos en las prestadoras de servicios de salud, tienen una relación con los médicos en la que estos trabajan en condición de mendicidad, porque, aparte de que aquellas son las más beneficiadas en su relación con los médicos, ahora han asumido la modalidad de retenerles a estos el pago de sus honorarios durante meses. De los habitantes de la marginalidad, ni hablar: tienen sus propios códigos de vida, en consonancia con su desdicha y con las reglas que establece el crimen organizado imperante en sus territorios. Nuestra clase dirigente, especialmente la agrupada activamente en los poderes del Estado -y aquí debo hacer mi reiterada aclaración de que el Estado no es solo el Gobierno-, parece mayoritariamente sumida en una modorra invencible y, aunque se especula que todos están tutelados por el Gobierno, lo cierto es que tienen por único Dios al dinero, venga de donde venga (“pecunia non ole”), y todos sabemos que el Gobierno no es el único que tiene dinero.

Lo ocurrido en Santiago con un chofer de camión recolector de basura, donde unos motoconchistas -perdón, quise decir padres de familia- constituidos en turba dieron muerte a aquél, no debe ser preterido por la autoridad. El país se está convirtiendo en un país de bárbaros, de seres indignos del peor espacio entomológico. Y esto porque estamos abusando, todos, del bien más preciado que hemos alcanzado, nuestra democracia. Señor presidente, hay que comenzar por algún sitio, cásese con la gloria, comience a masificar el transporte, caiga quien caiga, líbrenos de “la peste” (bandas que agrupan los sindicatos de guagüeros y motoconchistas), meta su mano, que involucionamos.

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