VIVENCIAS

Después de la Última Cena

Pasada la Semana Santa —y el Jueves Santo, memoria de la Última Cena— conviene retomar su sentido más profundo. No se trató únicamente de la institución de la Eucaristía, como se repite, sino de algo mayor: la apertura del horizonte de la eternidad en medio del tiempo.

La Cena tuvo fondo la Pascua judía, el pan y el vino expresaban liberación, fortaleza y alegría. Pero en Cristo significado se transforma radicalmente: no son signos, sino presencia. El pan se hace su Cuerpo y el vino su Sangre, entregados como alimento de vida nueva.

En el gesto se unen dimensiones inseparables: banquete de comunión, sacrificio redentor y alianza definitiva. La Cena no recuerda; anticipa la Cruz y la hace presente. Por eso, la Eucaristía no repite, sino que actualiza sacrificio de manera incruenta, permitiendo al hombre entrar en él.

La Cena introduce al hombre en la eternidad. No como una idea abstracta, sino como destino real. Sin horizonte, la vida pierde medida; el dolor vuelve absurdo y el sacrificio incomprensible. Como escribió San Pablo, lo visible es pasajero, lo invisible es eterno.

La Eucaristía, entonces, no es solo memoria ni rito: es anticipo del banquete eterno. Es la respuesta a la sed de eternidad que, como reconocía Miguel de Unamuno, habita en todo hombre.

Por eso, más que recordar la Cena, se trata de vivirla. Porque en ese pan partido y en ese cáliz compartido no solo se hace presente Cristo, sino que se abre para el hombre el acceso a lo que no pasa, a lo que no se agota, a lo que no muere: la eternidad.