Tribuna del Atlántico

El horror sobre 2 ruedas

El gran problema de la República Dominicana, sigue siendo el, “laissez faire, laissez passer”, esa virtud o pecado de dejar hacer, dejar pasar, que se ha instalado en la conciencia colectiva, que no nos deja reaccionar hasta que una desgracia o un hecho horrendo nos sacude, reaccionamos alarmados hasta que otros asuntos más urgentes, distraen nuestra atención y el asunto vuelve a estar ahí, donde estaba, para volver a dejar hacer y dejar pasar.

Hoy la conciencia pública está alarmada, al punto casi de rasgarnos las vestiduras, como en los tiempos bíblicos, ante la terrible e injustificada muerte del chófer de un camión de basura, Deivy Abreu, a manos de una horda de enfurecidos motoconchistas en Santiago, por un roce, un accidente de tránsito.

No es un hecho aislado, es un proceder que se va haciendo norma, afincado en las raíces de la misma violencia que atraviesa de palmo a palmo nuestra sociedad y que ha motivado, la semana pasada, el Foro Nacional Contra el Crimen, organizado por el Listín Diario y la UASD.

La misma violencia que hace que una persona mate a otra por un parqueo, que un cobrador de un san le quite la vida a un deudor en plena calle y una larga cadena de etcéteras.

Con tres millones y medio de motocicletas, lo que en la época en que Pedro Mir escribió su, “Hay un país en mundo”, era la suma de la vida de este país, tenemos un enorme problema de complejísima solución.

No es ocioso volver a recordar que don Rafael Herrera advirtió, cuando apenas comenzaba el fenómeno del motoconcho en el país, con los famosos motores Honda 70, con que inició ese servicio, que era una solución onerosa para el país, 30 o 54 motores terminan gastando más combustible que un autobús de igual número de pasajeros, y para los usuarios, que pagan más por cada servicio, aunque lo dejen en la puerta de su casa.

Hoy, la gran mayoría de esos 3.5 millones de unidades están dedicadas a este servicio, supóngase que 2 millones, no hay forma de desplazar, en un tiempo razonable, una fuerza laboral de ese tamaño a otra actividad.

En el motoconcho hay de todo, gente buena, sería trabajadora, a la que usted manda a hacer un depósito de miles de pesos o a pagar una factura, gente no tan buena y desde luego, también gente mala, dispuesta a lo que sea, gente que anda haciendo su trabajo sanos y sobrios y gente que andan conchando con un pase o borrachos.

Hay gente que reacciona pacíficamente ante un accidente y hay otros a los que les sale el diablo que llevan dentro y quieren agredir y hasta matar, por cualquier error, desliz o imprudencia.

Ojalá que la terrible muerte de este hombre, al que todos definen como una persona de trabajo, sirva al menos poner orden, para frenar los ímpetus asesinos de una parte pequeña de ese conglomerado, para recuperar la autoridad perdida de las fuerzas del orden, en un país en que no somos capaces de hacer que ellos respeten el uso del casco protector, una luz en rojo a la señal de otro vehículo que se para para dejar pasar a una mujer embarazada, a un invidente o a un envejeciente.

Para eso hace falta voluntad, coraje y, como decía el Listín ayer en su editorial, “Que la ley pese más que el miedo”, sólo así podemos frenar el horror sobre 2 ruedas.