Un año después: cuando el duelo aprende a respirar
Hace exactamente un año, la República Dominicana se detuvo. La tragedia del Jet Set irrumpió en nuestras vidas con una violencia que no pedimos ni esperábamos, robándonos seres queridos y arrebatándonos la sensación de que el mundo es un lugar predecible. Hoy, un año después, nos encontramos en ese umbral delicado donde el tiempo ha pasado, pero el dolor no ha desaparecido. Y eso, aunque no lo parezca, también es parte de sanar.
Una de las cosas que aprendimos con datos, con ciencia dominicana es que esta tragedia no dolió solo donde se esperaba. En los días que siguieron al derrumbe, encuestamos a más de mil personas de todo el país. Encontramos que una parte importante de quienes reportaban síntomas de estrés, depresión y ansiedad no estuvo presente esa noche, ni perdió un familiar directo. Simplemente vivía aquí, y siguió la tragedia por las noticias, por las redes, por los audios que circularon sin parar. El dolor colectivo no es una metáfora: es un fenómeno real que le ocurre al cuerpo y a la mente.
El primer aniversario tiene un peso particular. Para muchos dolientes, llegar a este día trae una mezcla extraña: el alivio de haber sobrevivido el primer año, la culpa de haber seguido viviendo, la sorpresa de que el dolor todavía duele, y a veces casi con vergüenza el asombro de haber podido reír de nuevo. Todas esas emociones son válidas. El tiempo, por sí solo, no cura. Lo que transforma el dolor no es el paso de los días, sino lo que hacemos con ellos.
Nuestra investigación identificó con claridad lo que ayuda y lo que hace daño. Guardar el dolor no hablar de lo que sentimos, aparentar fortaleza, callar para no ser una carga resultó estar asociado con mayor angustia emocional. Callar el dolor no lo disuelve: lo comprime hasta que encuentra otra salida. En cambio, sentirse acompañado, tener a alguien que escuche sin juzgar, resultó ser uno de los factores protectores más poderosos. La ciencia confirmó lo que la abuela ya sabía: el que llora acompañado sana más rápido que el que llora solo.
Recordar no es retroceder. La salud emocional no consiste en borrar a quienes perdimos, sino en aprender a llevarlos de otra manera. Los rituales de memoria como encender una vela, reunirse, pronunciar el nombre del ser querido en voz alta nos permiten honrar sin quedarnos atrapados. Si hoy sientes que el dolor sigue siendo tan agudo como el primer día, que tu vida quedó paralizada, por favor busca apoyo profesional. Pedir ayuda no es rendirse: es el acto más valiente que un doliente puede realizar.
Que el amor por quienes partieron nos impulse a vivir con más compasión. Que podamos acompañarnos en la fragilidad, recordando siempre que no estamos solos. Los datos mencionados provienen del estudio García-Batista et al. (2025), publicado en Cambridge Prisms: Global Mental Health. DOI: 10.1017/gmh.2025.10097
El autor es profesor, Investigador y director del Laboratorio Emociones, Salud y Ciberpsicología de PUCMM

