Ideando

¿Semana Santa o estado de guerra?

El preparativo previo a Semana Santa se monta en nuestro país como si fuésemos a asistir a una guerra. Los operativos, por su dimensión y logística, anuncian una hecatombe. Nos preparamos más para el desastre que para el recogimiento espiritual y la debida serenidad del período.

Se cierran muchos balnearios que todo el año están disponibles, se intervienen carreteras, hay retenes por todas partes, miles de agentes en las calles, ambulancias colocadas estratégicamente, helicópteros a granel sobrevolando, los hospitales anuncian que ya están listas sus emergencias para asistir a lesionados, en fin, hasta el lenguaje que se emplea supone la llegada de una tragedia y quedan relegadas a un plano inferior las orientaciones preventivas que eduquen y eleven el nivel de conciencia y educación ciudadanas.

La Semana Santa debería ser, en esencia, un tiempo de reflexión, de recogimiento y de moderación. Sin embargo, en la práctica, parece haberse convertido en un período de alto riesgo donde el Estado se ve obligado a prepararse como si enfrentara una crisis inminente y eso habla muy mal de nosotros como sociedad.

Y lo más preocupante es que esa preparación no surge al azar, sino de una realidad repetida por los excesos, las imprudencias, el desmedido consumo de alcohol, el irrespeto a las normas y una peligrosa cultura de desobediencia humana que pone en riesgo la vida de todo el que circula durante el largo asueto de la Semana Santa.

Los operativos son necesarios. Su intención lleva el interés de salvar vidas y reducir daños; pero también son el reflejo de una falta enorme de conciencia colectiva.

Nos parece injusto que por el desbordamiento conductual y díscolo de nosotros, el país tenga que desplegar recursos extraordinarios, como si la única forma de contener este desparpajo fuera a través de la vigilancia intensa. Como si no bastara con la educación, la cultura y la responsabilidad.

No deberíamos medir el éxito del período por la cantidad de accidentes evitados, sino por la capacidad de la ciudadanía de comportarse con sensatez.

Deben entender que ningún operativo que se monte podrá reemplazar el valor de una sociedad que actúa con responsabilidad.

Mientras sigamos preparándonos como para una guerra, será difícil convencernos de que estamos, realmente, en paz.