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Las batallas de Azua y Santiago

Las efemérides del 19 y el 30 de marzo de 1844 evocan las primeras victorias militares de la república recién nacida frente a las huestes haitianas y ofrecen una lección sobre la relación entre el valor, la estrategia y el terreno. Esas fechas enseñan cómo se lograron las victorias en los momentos decisivos de nuestra historia.

La batalla de Azua el 19 de marzo de 1844, suele recordarse por el valor de combatientes como los generales Pedro Santana y Antonio Duvergé, entre otros patriotas. El doctor Joaquín Balaguer, en su obra El centinela de la frontera, señaló que el verdadero héroe de aquella jornada fue el general Antonio Duvergé, cuya capacidad militar y firmeza en el combate resultaron determinantes para el triunfo.

Más allá del valor de aquellos hombres, la batalla revela una dimensión estratégica que suele pasar inadvertida. Azua estaba situada en una sabana abierta, la que ofrecía escasa protección frente al fuego de artillería.

Permanecer mucho tiempo allí implicaba exponerse al poder de los cañones enemigos. Analizado desde la óptica militar, aquel escenario planteaba riesgos para una fuerza que aún estaba organizándose como Ejército.

Esa realidad estratégica fue advertida por el coronel venezolano José de la Merced Marcano, veterano de las guerras bolivarianas que se había establecido en El Seibo. Investigaciones históricas coinciden en señalar que Marcano transmitió al general Pedro Santana enseñanzas fundamentales sobre estrategia y táctica.

Ello explica cómo Santana pudo aplicar principios de las ciencias militares sin haber pasado por una formación castrense tradicional, tomar decisiones basadas en la lectura del terreno y demás principios del arte de la guerra.

Un episodio ocurrido el 18 de marzo —precedido por el primer enfrentamiento en Bahoruco el 13 de marzo, conocido como Fuente del Rodeo— contribuyó a modificar el ritmo de la ofensiva haitiana, comandada por su mismo presidente Charles Hérard.

En el paso de La Hicotea, cerca del río Seco en la ruta del valle de Neiba, fuerzas dominicanas emboscaron a las tropas haitianas del general Alphonse Souffrant, retrasando el avance de la artillería invasora hacia Azua, dando tiempo para reorganizar las posiciones dominicanas. Eso explicaría el repliegue ordenado por Santana a Sabana Buey, que muchos consideran una retirada inexplicable.

El 30 de marzo, en Santiago, la defensa dominicana fue organizada con mayor estructura. Fueron fortificadas tres colinas situadas en la margen oriental del río Yaque, recibiendo los nombres de Dios, Patria y Libertad, símbolos que sintetizaban la motivación espiritual de la naciente república.

En esa labor de organización influyó el coronel francés Pedro Eugenio Pelletier, veterano de las guerras napoleónicas, quien aportó conocimientos técnicos sobre la preparación de posiciones defensivas y el uso del terreno como multiplicador de fuerza.

El general de origen francés José María Imbert Duplessis y el comandante dominicano Fernando Valerio desempeñaron papeles destacados en la conducción de las fuerzas dominicanas frente a la columna haitiana del general Jean-Louis Pierrot.

Estas fechas deberían ser también motivo de introspección para los dominicanos de que la nación se construye diariamente. Desde que un ciudadano se levanta por la mañana para acudir a su lugar de trabajo, a la escuela, al taller o a cualquier otro oficio digno, su labor forma parte de esa obra colectiva a la que llamamos “país”.

La historia enseña que las naciones sólidas no se sostienen únicamente en las gestas heroicas del pasado, sino en la vocación, la disciplina y la coherencia en el buen vivir que cada generación practica a diario y que constituye el mejor tributo a nuestros próceres independentistas. Sólo así, con acciones que sirvan de ejemplo, puede aspirarse a consolidar algún día un verdadero proyecto de nación bajo la égida de un Estado progresista.

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