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La cara tridimensional que heredamos de Judas Iscariote

La Semana Santa en República Dominicana tiene tres caras, una tridimensionalidad dolorosa que parece heredada directamente de la traición de Judas Iscariote.

La primera cara es la del respeto a la tradición religiosa, esa fe profunda que se ha ido desdibujando con el paso de los años.

La globalización y los cambios en la estructura familiar han hecho que, por más esfuerzo que hagan las familias, las nuevas generaciones le presten cada vez menos atención a su verdadero significado espiritual.

Lo que debía ser un tiempo de recogimiento, oración y reflexión, hoy compite con distracciones y se diluye en el olvido.

La segunda cara es la del desenfreno social. Impulsados por el afán desmedido de vacacionar y el consumismo rampante, miles convierten estos días sagrados en una explosión de excesos: consumo irresponsable de alcohol, velocidad temeraria en las carreteras y una movilidad diaria que muchas veces termina en tragedia.

Es la traición cotidiana al espíritu de la Semana Mayor, donde el placer inmediato suplanta la solemnidad.

Esta segunda cara tiene un costo altísimo, por cuanto la sociedad dominicana está pagando muy cara la pesada carga social y económica que generan estas “vacaciones litúrgicas”.

Cada año se repiten las escenas de dolor consistente en familias enteras destrozadas por la pérdida de seres queridos, miles de heridos que quedan con secuelas permanentes, hogares que caen en la pobreza por los gastos médicos y la pérdida de ingresos, y un sistema de salud que absorbe recursos millonarios que podrían destinarse a otras necesidades urgentes del país.

La carga económica no solo se mide en hospitalizaciones, rehabilitaciones y seguros, sino también en la productividad perdida y en el sufrimiento colectivo que deja una huella profunda en nuestra sociedad.

La tercera cara, la más preocupante, es la de la irresponsabilidad del Estado, pués, ante esta realidad, el Ministerio de Interior y Policía ha emitido una resolución que prohíbe fiestas masivas y la venta de alcohol el Viernes Santo, intentando mitigar el desenfreno social.

Es necesario reconocer que estas medidas son indispensables para salvar vidas en estos días de alto riesgo.

Sin embargo, revelan una vez más la debilidad estructural del Estado, que actúa con prohibiciones de última hora en lugar de implementar durante todo el año una campaña educativa masiva, un control permanente de velocidad, una verdadera cultura de responsabilidad vial y el fortalecimiento de los valores familiares y religiosos.

Así como Judas, que formaba parte del círculo más cercano y aun así vendió al Maestro por treinta monedas de plata, nosotros como sociedad hemos traicionado la esencia misma de la Semana Santa.

Traicionamos la fe con la indiferencia, traicionamos la vida con el exceso y traicionamos la responsabilidad colectiva con la improvisación.

Estas tres caras conviven cada año: la devoción que se apaga, el desenfreno que se desborda y un Estado que reacciona tarde.

Se hace cada vez más dificil romper este legado de traición. Como pueblo y como nación, debemos recuperar el verdadero sentido de estos días, exigir mayor prevención y construir una Semana Santa que honre su origen espiritual, respete la vida y demande responsabilidad a todos los actores.

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