El barco de los locos

Por momentos, nuestro país parece navegar emulando a una embarcación creada hace más de cinco siglos: En El barco de los locos (1494), Sebastian Brant retrató una sociedad donde cada pasajero, convencido de su propia cordura, contribuía sin saberlo a la deriva colectiva. Aquella nave sin timón representaba una advertencia. Y como todo consejo ignorado, se reinventa adaptándose a los tiempos modernos.

Hoy, nuestro barco no cruza mares físicos, sino digitales y urbanos. Se desplaza entre titulares, redes sociales y sitios donde la violencia —verbal y física— es considerada “normal”. Lo más preocupante es que nos acostumbremos a admitirla.

La violencia verbal, que muchos trivializan como parte del “debate moderno”, ha erosionado los límites del respeto. El lenguaje ha dejado de ser un instrumento de comunicación para convertirse, en demasiados casos, en arma de demolición. Se insulta con ligereza, se acusa sin pruebas y se condena sin debido proceso.

En ese ambiente, la verdad pierde valor y la reputación se vuelve prescindible. Lo que antes se decía en voz baja, hoy se amplifica sin filtro, sin responsabilidad y, lo más grave, sin consecuencias.

La historia enseña que cuando la palabra se degrada, la acción suele seguir el mismo camino. La violencia física no surge de la nada; es, muchas veces, la consecuencia de un lenguaje previamente descompuesto. Cuando una sociedad se acostumbra a deshumanizar al otro en el discurso, el paso siguiente —aunque evitable— se vuelve más probable.

En este contexto, cada hecho de agresión, cada vida dominicana perdida en circunstancias violentas no puede verse como un número más. Es una señal de alarma, el reflejo de una estructura social que empieza a mostrar fisuras. Y como en el barco de Brant, el problema no es que haya individuos equivocados, sino que el conjunto parece haber perdido la capacidad de autocrítica y corrección del rumbo.

Hay, además, un elemento particularmente delicado: la percepción de que puede cuestionarse o ignorar sistemáticamente la autoridad en forma impune, en cuyo caso el orden deja de ser un marco común y se trastoca en una opción individual.

En ese punto, cada cual empieza a actuar según su criterio y el resultado es nefasto: fragmentación social, inseguridad y desconfianza generalizada.

Mas sería un error fatal caer en el pesimismo contemplativo. La República Dominicana no es ni ha sido una nación condenada a la deriva. Su historia demuestra lo contrario: en momentos críticos, ha sabido reorganizarse, corregir el rumbo y recuperar el sentido del deber.

La lección de Brant sigue vigente porque no es una condena, sino una invitación. Nos recuerda que la primera responsabilidad no es señalar al “loco” de turno, sino evitar convertirnos en uno más dentro de la embarcación. Exige recuperar la sobriedad en el lenguaje, la prudencia en la acción y el respeto por las instituciones que sostienen la convivencia.

En términos estratégicos, una sociedad no se desmorona únicamente por amenazas externas, sino por la erosión interna de sus valores fundamentales. El murmullo soez constante, la exaltación de lo vulgar y la banalización de la violencia actúan como corrientes invisibles que desvían el rumbo y logran pasar inadvertidas.

Por eso, el verdadero desafío no está en identificar el problema —hoy evidente—, sino en asumir la responsabilidad de corregirlo. No desde la imposición, sino desde el ejemplo. No desde el discurso vacío, sino desde la coherencia.

Porque al final, como sugiere aquella antigua alegoría, no todos pueden ser capitanes, pero sí influir en el rumbo. Y una nación, como un barco, no necesita unanimidad para avanzar, sino que requiere de dirección coherente.

Tags relacionados