empezó haina a moler

Los herederos de la caraquita

En días pasados, mientras organizaba una charla sobre prevención de conductas adictivas, surgió un tema poco abordado y, por tanto, con escasa conciencia de enfermedad en la población, los juegos de azar en la República Dominicana, la lotería, bingo, máquinas tragamonedas, quinielas, etc.

En conversación con un amigo literato y con un pensamiento muy crítico. Hicimos lo habitual para entender cualquier problemática; ir a la raíz. Analizar el pasado, observar el comportamiento social y su evolución, sin juzgar, desde la empatía, para comprender cómo hemos llegado a la situación actual.

Al remontarnos en el tiempo, encontramos que en los años 80 a los juegos de azar se les conocía popularmente como “la caraquita”. Sin embargo, sus orígenes se remontan mucho más atrás. Existen referencias históricas desde finales del siglo XIX, cuando surgieron iniciativas vinculadas al juego con fines benéficos. Con el paso del tiempo, esta práctica fue expandiéndose y transformándose hasta convertirse en una actividad profundamente arraigada en la sociedad dominicana.

En la década de los 70, la llamada “caraquita”, influenciada por dinámicas provenientes de Caracas, Venezuela, se consolidó como una forma de juego informal. En ese entonces, su carácter era mayormente ilegal y socialmente cuestionado. Sin embargo, con el tiempo, estas prácticas no solo se normalizaron, sino que evolucionaron hasta integrarse dentro del marco legal y económico del país.

Hoy en día, los juegos de azar forman parte de la vida cotidiana de muchos dominicanos. Más allá de ser una simple forma de entretenimiento, también pueden representar una conducta que, en ciertos casos, adquiere características adictivas.

Es importante recordar que, según el DSM-5, " El juego de azar patológico o ludopatía, se clasifica como un trastorno adictivo no relacionado con sustancias. Es un patrón persistente y desadaptativo de conducta de juego que genera malestar significativo o deterioro en la vida de la persona".

Desde el punto de vista económico, el sector también presenta una magnitud considerable. De acuerdo con datos de la Dirección General de Impuestos Internos en la República Dominicana existen alrededor de 70,000 bancas de lotería registradas. Asimismo, según datos fiscales generados por el sector, "Los juegos de azar aportan al Estado miles de millones de pesos anuales en impuestos".

No obstante, el Estado dominicano no publica cifras oficiales sobre el monto total apostado diariamente, lo que dificulta dimensionar el impacto real de esta actividad en la economía familiar y en la sociedad en su conjunto. Lo que sugiere que la magnitud del fenómeno podría ser aún mayor.

Tras la pandemia del COVID-19, se ha hecho más evidente la necesidad de priorizar la salud mental en la población. Sin embargo, muchas conductas que forman parte de la cultura cotidiana siguen sin ser cuestionadas, a pesar de su posible impacto negativo en la salud mental.

Reconocer estas conductas no implica juzgar, sino comprender. No se trata de estigmatizar, sino de observar con claridad para poder actuar.

Tal como plantea el método científico, el primer paso es la observación, luego, formular preguntas. ¿Qué está pasando?, ¿Por qué ocurre?, ¿Qué consecuencias tiene?

A partir de ahí, generar hipótesis y buscar soluciones.

En este sentido, la reflexión es inevitable.

Más allá del negocio que representa el sector, es necesario poner el foco en las personas.

Ya que es fundamental, invertir en educación, en prevención y en el bienestar común.

Porque cuando el entretenimiento se convierte en una constante sin cuestionamiento, corremos el riesgo de normalizar dinámicas que afectan silenciosamente a la sociedad.

No se trata de prohibir, sino de entender.

Porque aquello que no se cuestiona, se repite.

Y quizás el problema no es el juego, más bien sería,

lo "normal" que se ha vuelto.

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