Del consultorio de Puig y el caleidoscopio
Durante toda mi infancia mi pediatra fue el Dr. José Rafael Puig, médico de sólida formación y dilatada práctica nacional e internacional. En la sala de espera del laureado galeno, zona controlada por María su asistente, había unos espacios de juego, que francamente eran un oasis de distracción que hacían más llevaderas las esperas ansiosas al llamado para ingresar al consultorio.
En una visita rutinaria, advertí que sobre una de esas pequeñas mesitas había un tubo de colores llamativos, que apetecía ser cuando menos explorado. Al poner mis ojos sobre uno de los extremos del cilindro, VOILA me topé con todo un despliegue de figuras y formas. Allí, por primera vez que recuerde, me expuse a la fascinación del caleidoscopio.
Mucho tiempo después entendí que en realidad nada dentro de aquellos divertidos caños se movía, que la sensación percibida estaba más bien relacionada al prisma y a la luz que ingresaba al mismo y que a su vez generaba infinitos patrones. Algo parecido ocurre en la actualidad con nuestra sociedad y su rumbo.
Hoy día, más que ideas y planes contrastantes, se exhiben en nuestros noticieros, portadas y redes sociales a través de un carrusel interminable, infinitas iniciativas de ordenamiento y manejo del Estado que pretenden quizás hacer un take over estatal y fraguar la iniciativa a golpe de timón ideológico.
Reconozco el valor del debate de las ideas y la importancia de la divergencia, pero mutar dicho peso específico hacia un modelo que pretenda construir un catálogo interminable de versiones y expresiones de nuevo cuño conduce inexorablemente a la pérdida de interlocución social, antesala del bien común, vacuna eficaz al desboque de la paz y la gobernabilidad.
El guión parece estar escrito con final incluido; por un lado sesgar todo sin excepción y por el otro polarizar y confrontar esquemas consolidados, con el objetivo para muchos, de complotar en contra del pacto social razonable, basamento de la estabilidad de las naciones. Este loop no luce calzar con la búsqueda del bien común a través de alternativas razonables y pareciera colindar con la estrategia de ganar, lo que sea, sin importar como.
Más que un ejercicio dialéctico inspirado tal vez en el pensamiento de Camus o Sartre, se advierte como una manía tautológica sin fin, pero sí con propósito.
La caleidoscopización social se lleva de encuentro la armonía de los pueblos y con ello la oportunidad de construir entre todos, mejores modelos económicos para nuestras naciones, pactar al unísono esquemas fiscales más eficientes y representativos, así como delinear marcos de protección de la soberanía de nuestros estados más asertivos y alineados con la mayoría, entre una larga lista de muchas otras posibilidades, al tiempo que a contrapelo fomenta la ingobernabilidad arengada por un tabulo rasa como meta redentora.
Soy de los que ve con escepticismo la pretensión de fracturar todo porque sí o tal vez porque no, bajo el manto de la búsqueda de un supuesto avance, cuyo puerto de llegada no es cierto ni claro. Me inscribo del lado de los que piensan que la diversidad de criterio es fundamental para la convivencia pacífica, pero la pretensión de erosionar todo al mejor estilo del nunca bien ponderado “azote de Dios” parece más propio de aquellos escenarios dominicales criollos en donde lo que estaba en juego era la máscara o la cabellera y no la prosperidad nacional.
El caleidoscopio político genera renta variable a corto plazo, pero mina la posibilidad de construir acuerdos mínimos para continuar avanzando, porque si de algo estoy seguro es que lo que trajo a nuestra nación hasta este sitio preferencial en términos de paz social, crecimiento económico y consolidación democrática, no es suficiente para llevarnos hacia donde la mayoría de los dominicanos quiere y merece, que en última instancia es seguir por el sendero del progreso y el avance pleno sin sobresaltos.

