Enfoque

Migración y yolas

Se llama Pedrito

En su adolescencia en la década del cincuenta ayudaba a llenar los bidones con la leche recién ordeñada de las vacas en el potrero de su patrón.

Colocaba esos bidones en los caballos y transportaba la leche hacia el punto de distribución en el pueblo. Siendo ya joven, consiguió trabajo en la ferretería de esa ciudad.

Años después quiso irse a vivir a la capital. Obtuvo trabajo en una casa donde hacía los quehaceres domésticos.

Tiempo después logró un empleo como obrero en una gran empresa fabril. Se compró un carrito e hizo una casita cercana a su trabajo. Un día Pedrito fue detenido en una playa cercana a Higuey tratando de irse en yola a Puerto Rico. Pudo obtener su libertad y poco después hizo un nuevo intento y esta vez logró llegar en yola a Puerto Rico. El tiempo transcurrió y Pedrito se trasladó a Nueva York, donde hoy en día vive con su familia. No se si logró su sueño en la búsqueda de una mejor vida. La realidad es que la yola no contradice el crecimiento del país ni del individuo.

Lo que sí revela es la desigual distribución y las deficiencias educacionales de nuestro país. Cuando el editorial del Listín pregunta cómo es posible que un país con 60 años de estabilidad política y 25 años de crecimiento sostenido siga produciendo migración en yolas, la respuesta no puede ser evasiva. La República Dominicana ha crecido.

Eso es innegable. Pero el crecimiento no ha sido uniformemente transformador. El problema no es la falta de dinamismo macroeconómico; el problema es la estructura del mercado laboral y la velocidad de la movilidad social. Más del 50% de la fuerza laboral ha sido históricamente informal. Eso significa, millones de personas sin seguridad social, sin protección laboral y sin capacidad real de acumulación. Estos viven en ciudades y pueblos desorganizados donde la basura y la inseguridad son constantes. Mientras esa estructura persista, el crecimiento económico no eliminará el incentivo migratorio.

Además, el país enfrenta una dualidad productiva: sectores altamente competitivos y modernos conviven con amplias áreas de baja productividad.

El turismo de lujo y las zonas francas exportadoras no sustituyen automáticamente el empleo precario en barrios urbanos y zonas rurales.

Existen otros factores adicionales como la migración haitiana que debido a su bajo costo ha desplazado a los dominicanos del empleo en la construcción y la agricultura. A esto se suma el factor comparativo. La cercanía con Estados Unidos y Puerto Rico crea un espejo constante. Mientras exista la percepción de que “el futuro está afuera” sea más fuerte que la de “el futuro está aquí”, siempre habrá quien se quiera ir en una yola y pagar 10,000 dólares, arriesgando su vida.

La percepción —real o exagerada— de que en pocos años fuera se puede ganar lo que aquí tomaría el doble de tiempo, la migración se convierte en estrategia racional. No es un fracaso del país. Es una señal de que la estructura productiva aún no ofrece suficientes escalones de ascenso.

Negar esta realidad sería ingenuo y utilizarla para descalificar todo lo que hemos logrado, sería irresponsable.La respuesta no está en dramatizar ni en minimizar. Está en acelerar hacia una reforma política y estructural en la formalización laboral, elevar laproductividad de las microempresas, expandir la educación técnica alineada al mercado, garantizar acceso al crédito inclusivo como a la vivienda y ejecutar políticas públicas que sean más equitativas a las clases pobres y eliminar impuestos a los alimentos y medicinas. 

La migración en yola no desmiente el progreso dominicano. Lo que revela es que el progreso todavía no es suficientemente inclusivo y a la vez territorialmente desigual. La realidad es que nuestra fuerza laboral no ve ventajas en pasar al sector formal. El verdadero debate no es si hemos crecido. El verdadero debate es si hemos distribuido oportunidades con la misma intensidad.

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