EDITORIAL

Las antecámaras del sufrimiento

Las salas de emergencia de los hospitales públicos se han degradado hasta convertirse en antecámaras del sufrimiento, donde la desidia y la inhumanidad gobiernan el destino de los ciudadanos más vulnerables.

Pero lo que ocurre en el Hospital Regional Universitario José María Cabral y Báez, de Santiago, trasciende la simple negligencia.

Es una escandalosa confesión institucional de abandono y una brutal violación del derecho fundamental a la salud.

Una investigación de nuestra Redacción en Santiago ha documentado la imagen grotesca de ambulancias —del 911, de la Cruz Roja, privadas— formando un macabro estacionamiento de la desesperación frente a la emergencias.

Con sus motores encendidos, sus luces apagadas y pacientes en su interior cuyo estado puede degradarse irremediablemente con el paso de las horas, están patentizando la magnitud de la anomalía.

Hablar de esperas de “horas” es quedarse corto: el personal sanitario relata vigilias que se extienden más allá de las 24 horas, con pacientes atrapados en un limbo protocolario.

La explicación oficial —la falta de camillas y camas— es apenas la cobertura miserable de una realidad mucho más repulsiva.

En el corazón de esta crisis late un negocio vil y canallesco: un lucrativo mercado negro donde unos pocos camilleros, ante la mirada pasiva o cómplice de las autoridades del centro, “alquilan” las camillas de la emergencia.

Mientras, los paramédicos, héroes anónimos atados por un protocolo que los convierte en rehenes, ven impotentes cómo sus pacientes se deterioran en los pasillos, privados incluso de oxígeno, sin que nadie en el interior asuma la responsabilidad de recibirlos.

Este no es un “fenómeno” aislado del Cabral y Báez; es el sello de una indolencia generalizada y sistémica que infecta los hospitales públicos de Santiago y el Cibao.

Es la prueba incontestable de una deshumanización programada, donde el ciudadano enfermo es reducido a un obstáculo logístico, o peor, a una oportunidad de extorsión.

Que esta barbarie solo ocurra en la red pública —en las clínicas privadas la espera no supera la media hora— no hace sino subrayar el abismal desprecio con el que el sistema publico trata a quienes dependen de él.