MIRANDO POR EL RETROVISOR
Restauración
El compositor puertorriqueño Tite Curet Alonso escribió alrededor de 2,000 canciones de salsa, boleros y baladas románticas. Una de ellas, popularizada en 1985 por el salsero Frankie Ruiz, también boricua, habla de la amargura que provoca comprobar cuando a veces “la cura resulta más cara que la enfermedad”.
Ese estribillo del tema musical retrata perfectamente el trago amargo que ha soportado por 41 años José (nombre ficticio para proteger su identidad) con la depresión y la ansiedad, y la consecuente medicalización que ha sido su desgarradora acompañante en ese largo trayecto.
José comenzó a tomar alcohol con apenas diez años de edad. Reprobó algunos cursos y era expulsado con frecuencia de los centros educativos donde estaba matriculado. Estuvo sumido en esa adicción por 14 años, hasta que finalmente la superó.
Sin embargo, otros dos enemigos acechaban. José empezó a batallar con la depresión y la ansiedad en 1985, cuando enfrentó la cruda realidad de vivir como indocumentado en Estados Unidos. El maltrato inesperado de quien le acogió en ese país y la nostalgia por su patria lo sumieron en una profunda tristeza.
Buscó ayuda profesional y recuerda que fue diagnosticado con ambos trastornos mentales y de inmediato medicado con un antidepresivo y un ansiolítico, ambos muy poderosos.
La cura nunca ha llegado para José, pero sí se mantiene atado desde entonces a variados psicofármacos, en un infructuoso periplo por liberarse de ese otro enemigo que lo ha llevado a consultar a cerca de 20 profesionales de la psiquiatría y la psicología.
Actualmente, José, con 66 años, toma tres medicamentos para la depresión y uno para la ansiedad.
Los ingresos de la industria farmacéutica fueron de 1.6 billones de dólares en 2023 y se proyecta que podrían llegar a 1.7 billones de dólares para 2030.
Los psicofármacos más utilizados actúan sobre la regulación de los neurotransmisores del sistema nervioso central, como la dopamina y la serotonina.
El variado número de trastornos mentales ha crecido en las últimas décadas y, en igual medida, la producción y prescripción de psicofármacos para tratarlos, engrosando los beneficios de la industria.
Los más utilizados en el tratamiento actúan sobre la regulación de los neurotransmisores del sistema nervioso central, como la dopamina y la serotonina.
Los medicamentos psicotrópicos se dividen básicamente en cuatro grupos: antisicóticos, ansiolíticos, antidepresivos y estabilizadores del ánimo.
En su libro titulado “Sedados: cómo el capitalismo moderno creó la crisis de salud mental”, James Davies, profesor de Sociología y Psicoterapia en la Universidad de Roehampton, en Reino Unido, y quien ha ejercido como psicoterapeuta en el Servicio Nacional de Salud de ese país, revela que una cuarta parte de la población adulta en esa nación toma medicamentos psiquiátricos, un crecimiento estimado del 500% desde 1980.
España, para solo citar otro ejemplo del impacto de los psicofármacos, ocupa el primer lugar a nivel mundial en el consumo de benzodiazepinas, uno de los más utilizados en salud mental.
Davies usa el término “Sedados” para criticar a las grandes firmas farmacéuticas que han generado una legión de personas adictas a los medicamentos psicotrópicos, en lugar de curar los males que les atormentan.
El sociólogo cuestiona que la primera opción y, a veces la única, ante cualquier problema de salud mental, aun los más insignificantes, sea la medicación, una solución que, en muchos casos, enquista e incluso agrava el problema.
En una reciente entrevista para la revista “Cuerpomente”, la psicóloga española Jenny Moix cuestiona también que, en la búsqueda de una felicidad idealizada, lo primordial sea vender una vida libre de sufrimientos.
“Si por felicidad entendemos no sufrir, entonces no, no existe un secreto de la felicidad porque todo el mundo sufre”, declaró para el medio la catedrática en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, al reflexionar sobre lo que considera una contaminación del término.
Las emociones negativas, al fin y al cabo, como apunta Fox, también cumplen una función en la existencia humana.
En los últimos años se nota, sin dudas, una evidente disrupción en las sugerencias para la búsqueda de la felicidad y el bienestar emocional.
Pero también vemos cómo en esa búsqueda afanosa de restaurar la felicidad perdida, la medicalización de psicofármacos se vende como la panacea.
Pese a ese criterio, cada día son más los profesionales de la conducta que llaman a asumir el estrés, la ansiedad y hasta la satanizada depresión como parte de la existencia humana. Y el sufrimiento que suelen generar por igual.
Con los diagnósticos y los psicofármacos se matan dos pájaros con un solo tiro. Se les brindan a los pacientes el logro de finalmente saber qué padecen con la etiqueta y la medicalización que ameritan.
La psicoterapia, una opción tan desdeñada, siempre será más lenta y menos rentable que prescribir un psicofármaco. Como reflexiona Davies: “Sedamos el sufrimiento para hacerlo compatible con las necesidades del mercado”.
Creo en una reflexión ética sobre el riesgo de que los psicofármacos se conviertan en una adicción con receta médica.
No se trata de asumir como válidas leyendas urbanas para descalificar el uso de estos medicamentos. La utilización adecuada de los psicofármacos, bajo la supervisión de profesionales de la salud mental con perfil ético, puede ser un componente crucial en la mejora de la calidad de vida de los pacientes.
En la búsqueda afanosa de restaurar la felicidad perdida, la medicalización de psicofármacos se vende como la panacea.
Sin embargo, algunos estudios con rigor científico han revelado que el uso excesivo y prolongado de los psicofármacos puede generar más daños que beneficios en el tratamiento de diversos trastornos mentales, además del riesgo de la dependencia.
Hay pacientes, como José, que abrigan temores de dejar los psicofármacos porque ya se han convertido en parte de su diario vivir.
Pero como explican expertos en el tema, muchos pacientes que inician un tratamiento con psicofármacos pueden verse atrapados en la vorágine de consumo excesivo y prolongado, debido a la sensación de seguridad, alivio y placer emocional que los lleva a depender de estas sustancias.
El modelo predominante en salud mental sigue siendo la medicalización, al igual que en la justicia el uso de la prisión preventiva en el país como medida de coerción.
Pero en el caso de la salud mental puede convertirse en un encierro de por vida.
Davies sostiene que uno de los motivos probables por los que la medicalización del sufrimiento puede causar tanto daño es que desde que se identifica a una persona como “enferma mental”, puede resultarle más difícil verse como participante sana en la vida corriente o como alguien capaz de controlar su destino.
José, quien siempre ha sido un lector voraz y ahora con más énfasis en la salud mental, me lo resumió con las siguientes palabras: Se siente frustración, amargura, el estigma, uno se autominimiza, los demás piensan que uno no vale nada, te acusan de falta de voluntad y, lo peor, se pierden oportunidades de crecer.
Su mayor anhelo es alcanzar la restauración que cambie esos 41 años de amargura y frustraciones.

