Reminiscencias

Sin reproche

“Discurso del 09 de diciembre de 1993.

A Don Juan, in memoriam.

I

Abraham Lincoln fue un luminoso guía de su nación en tiempos terribles de secesión.

Para la propia humanidad, tan rezagada en el odio todavía, fue algo más. Sus luchas sacralizadas en su inmolación estuvieron destinadas a suprimir la ignominia de la esclavitud, algo tan escabroso, que ni los Padres Fundadores, ochenta años atrás, habían podido tocar siquiera, a pesar de sus predicamentos en favor de la igualdad de todos que engalanaba la declaración de independencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Así, cuando se aprenda de aquella excepcional vida de virtudes de Lincoln, resulta apasionante, tanto, que se cree entrever en sus sublimes desvelos de liberación una misión de brazo de Dios.

De sus pensamientos, pretendo utilizar lecciones que, por su sencillez, quizás más por ello, constituyen síntesis prodigiosa de su normativa trascendental.

Siendo congresista, expresó Lincoln una vez: “Yo no estoy obligado a vencer, pero sí a ser veraz. No estoy obligado a tener éxito, pero sí a vivir con arreglo a la luz que he recibido.”

Detengámonos un segundo a meditar sobre esa muestra de sinceridad, desprendimiento y compromiso.

No se sentía obligado a tener éxito, pero, sí a la verdad. Para ello invocaba las luces que su modestia reclamaba.

Jamás he encontrado algo más hermoso que ese breviario de conducta. Un verdadero código de disposición única para la buena orientación, particularmente del hombre público.

Pues bien, durante mucho tiempo he observado nuestra vida pública inmerso en sus excitantes bregas y confieso que en sus diversos escenarios y en sus dramáticos episodios de los últimos treinta años, sólo he identificado un carácter, una integridad, en ocasiones, una intransigencia, que como atributo de hombre público es lo que más se aproxima a ética de Abraham Lincoln, frente al éxito, la veracidad y la vida. Ha sido, desde luego, fieramente combatido, implacablemente incomprendido.

Juan Bosch es ese viril ademán de la valía dominicana.

Yo mismo, que anduve enredado en riesgosas peripecias para la reposición del régimen constitucional que él encarnara, admito que fueran tantos los avatares desprendidos de aquella ocurrencia de su malogramiento, que en múltiples oportunidades y durante tantos intermitentes y críticos sucesos, a ratos no lograba persuadirme de los méritos fundamentales de este dominicano fundador de una recia estirpe consistente en ser escuela viviente.

Sé que me expongo con afirmación parecida a que la maledicencia me quiera situar en la pendiente odiosa de la lisonja. Pero, no. Mi conocida altivez y mi pasión de expresar lo que siento, ayudadas por los recuerdos del testimonio de mi desaparecido hermano Narciso, quien le siguiera en otras dimensiones de sus luchas de exilio, me guardarían del escepticismo interesado en desnaturalizar tal juicio de valor.

Esto último, les ruego permiso para explicarlo por ser una honda fibra de mis convicciones. Porque cavilé mucho el día en que lo entregábamos a la tierra y fue como si oyera salir, nueva vez, desde el pino humilde y retorcido del ataúd simple y entreabierto, su voz de bondad y sabiduría.

Aquel portento de sencillez, que nunca nos habló, a su regreso, de sus padecimientos en Nigua, ni de sus azares y tristezas de exilio, ni de la separación con sabor a pérdida de la amada esposa y los pequeños hijos, en los horrores de la segunda guerra mundial, siempre tuvo en su generosa sonrisa de niño la devoción por su Juan.

Era un testimonio convincente porque provenía de una abnegación personal, silenciosa hasta lo heroico, de uno de esos hombres que saben servir a su patria sin quejas, ni cálculos, sin presentación de factura. Verdaderos idealistas que a pesar de tener altos niveles de capacidad técnica, jamás se les oye decir: “A mí me toca tal o cual posición o ventaja, porque además de mi competencia, es mucho lo que me debe este pueblo.”

Especie en extinción, parecería, si no fueran dándose muestras como éstas que hemos venido forjando en nuestros respectivos partidos, en cuyos senos, ya, se aprecian impresionantes prospectos de servidores leales a nuestra amada patria.

Y si aún ésto no bastara para cubrirme de malvados dicterios que me murmuraran como oficioso alabardero, en todo caso, aquí está la prueba fuerte de la presencia de parte de la última y cabal obra de ingeniería social y política de Juan Bosch: Su PLD.

Todos vivimos y sentimos nacer y crecer esta organización política, hija de su tesonero talento, cuando ya se creía enviado al reclusorio del ridículo histórico.

No pocos tuvieron que pasar de la risa a la perplejidad, de ésta al asombro, pero, todos quedamos convencidos de que en la medida que esta organización se acentuaba en la aprobación pública, se estaba reafirmando vigorosamente el Ser Nacional: que con ella se iría derrotando el perverso pesimismo que se nos endilga en cuanto a que, como pueblo, poco nos importan los principios, que carecemos de memoria para los méritos, y que ésto nos priva de predilección por el proceder honrado.

Esta organización ha sido un rotundo y colectivo mentís a la infamia antinacional de pretender degradarnos y alejarnos de anhelos y sueños de alcanzar una sociedad justa, decente y bien articulada.”

Una Reminiscencia del alma. No la anima la mordacidad del reproche al fracaso de aquellas esperanzas sembradas por el Labrador. Algo que no niego por haber vivido las dos fases y ser testigo del descalabro. 

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