SIN PAÑOS TIBIOS

Los días que pasan

Hoy es el último viernes 28 de noviembre de 2025 y de toda la eternidad también. Es curiosa la manera en que etiquetamos como rutinarias, situaciones que en realidad no lo son; porque todo lo que tenga vocación de irrepetible, es único y especial; y cada día, por más simple que parezca, lo es.

El calendario es un invento del sapiens que obedece a una urgencia real: la necesidad de llevar la cuenta del tiempo. 

Las sociedades agrícolas tenían que medir los ciclos vinculados a los cultivos, aunque luego, con el nacimiento de los Estados, servían de maravilla a su función primaria y esencial: cobrar impuestos.

Tanto los calendarios mesopotámicos, egipcios, indios o chinos, nacieron con el expreso fin de contar los días entre una celebración litúrgica y otra, las cuales eran coincidentes con acciones ligadas a la vida agrícola de la sociedad, o más concretamente –según James Scott–, al cultivo de los cereales.

De repente, esa acción tan cotidiana y fundamental que era vivir un día tras otro, dejó de ser la práctica natural que llevábamos millones de años realizando, para convertirse en un mero hecho contable; un hito aislado en una secuencia numerada en la cual, cada día sucede al otro hasta completar el ciclo anual; y luego, todo vuelve a repetirse otra vez, sólo que en un nuevo año; y así sucesivamente, hasta morir.

La Revolución Industrial complicó todo, y no solamente nos redujo a una cifra, sino que aceleró un ritmo circadiano que tomó miríadas de años ajustar y perfeccionar, desconfigurando un patrón perfecto en donde el día y la noche se alternaban en tiempo y espacio, haciendo la vida más llevadera.

Hoy, la existencia está definida por una secuencia de días donde nos encontramos y nos vemos reflejados; donde asumimos nuestra precaria identidad en función fechas fijas, marcadas en el calendario como una estampa que nos define; ya sea el día del nacimiento, boda, muerte; hitos fundamentales que se constituyen en fechas importantes para todas las religiones y que encuentran en el calendario la manera de expresarse, recordarse y celebrarse.

Esa obsesión de igualar los días e igualarnos en ellos, hace que la propia vida quede resumida a un descontar fechas o georreferenciar nuestra existencia en función de ellas. 

Un día más es, en realidad, un día menos; y, sin embargo, no lo vemos así, porque el calendario funciona como tabla de salvación individual cuando nos permite proyectarnos en un tiempo futuro que aún no llega, olvidando que cada día es único e irrepetible, y que cada día vivido es uno que no volverá.

Entonces, ¿por qué relegar para un incierto mañana las cosas que podemos hacer en este presente, que es lo único que tenemos seguro? 

Un presente que se acaba y se apaga como una vela en medio de la noche de la vida, sin tener siquiera la certeza de que amanecerá encendida al día siguiente. 

Tags relacionados