SIN PAÑOS TIBIOS

Cierren ese puente

Desde la tragedia del Jet Set vivimos en un estado de histeria colectiva; una ansiedad grupal que se manifiesta en la forma en que miramos los techos de las edificaciones donde entramos; un miedo sutil que nos hace ver vigas y columnas buscando una falla, etc.

En ese clima de angustia social generalizada, de cuestionamientos a la solvencia técnica o a la labor de supervisión de las autoridades, es que debemos encuadrar las reacciones de miedo y críticas vertidas por los ciudadanos, sobre el estado de mantenimiento del “Puente la 17” y el temor de que dicha estructura colapse. Y es que los hechos y situaciones que dan cuenta del estado de abandono y deterioro de la estructura, son recurrentes a lo largo del tiempo.

Cada cierto tiempo surgen las mismas quejas, preocupaciones y dudas de una ciudadanía que, aun sin competencias técnicas para hacer diagnósticos o evaluaciones objetivas, confía más en su instinto y en lo que los sentidos le indican; más allá de cualquier declaración del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) que asegure que el estado de situación no compromete la integridad estructural del puente y “no representan peligro para los conductores”.

Gobierno tras gobierno, al “Puente de la 17” le aplican la teoría de “si sirve, funciona, y lo que funciona no se cambia ni se interviene”. A pesar de que el 20 de enero el MOPC anunció de forma detallada las acciones para su reparación, el colapso del Jet Set y el pánico generado en torno a la robustez estructural de muchas edificaciones públicas y privadas, ha venido a exacerbar esa ansiedad que padecen quienes se desplazan sobre el puente o quienes viven cerca (o debajo) de él.

Que los trabajos de reparación avancen lentos; que ciudadanos documenten y compartan en redes sociales el estado en que se encuentran sus pilares, vigas o losas; o que se caigan cuatro postes de luz sobre la vía; sólo viene a aumentar la suspicacia y los niveles de desconfianza, por mucho que la autoridad afirme que la integridad estructural no se encuentra comprometida.

El miedo es un poderoso argumento, y, en un ambiente de duda y ansiedad generalizada, es perfectamente legítimo que la ciudadanía desconfíe y clame por el cierre de la obra, a pesar de que el MOPC –que si cuenta con la experticia técnica para evaluar y diagnosticar más allá de lo empírico– diga lo contrario.

Al margen de lo traumático que pudiera resultar en materia de tránsito vehicular, la más elemental noción de precaución y prudencia obligaría al MOPC a hacer un cierre preventivo, y –de manera profunda, concienzuda y metódica– hacer un diagnóstico riguroso que sea socializado de manera pública y transparente, para determinar –sobre la base de realidades– las acciones concretas que el caso amerita. Así, la ciudadanía no se vería en la necesidad de cruzar un puente conteniendo la respiración, porque más vale precaver que lamentar.

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