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Baja la libertad de prensa y suben las “fake news”

Si eres de los que piensan que el mundo está “patas arriba” y que en la era de la informática la desinformación se vuelve cada vez más dominante… pues estás en lo correcto. Se ensancha el camino a un mundo lleno de confusión.

Los índices que miden la libertad de prensa a nivel global, o en el continente americano, muestran claramente que hay un descenso dramático y que son pocos los países que muestran robustez y se preocupan por preservar ese derecho de los individuos que aman la democracia y las demás libertades individuales y colectivas de las personas.

En América, son los países caribeños, encabezados por República Dominicana, los que muestran mayor respeto a la libertad de prensa, muy por encima de Estados Unidos, considerado hasta finales del siglo XX como el ejemplo a seguir por los demás países de nuestra región, mientras que, en el resto del mundo, son naciones europeas las que destacan, entre ellas Noruega, Dinamarca, Suecia o Países Bajos, para citar las más ejemplares.

Dos mediciones de organismos independientes importantes, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y Reporteros sin Fronteras (RsF), muestran que se trata de un deterioro con marcada y continua tendencia durante la última década, precisamente al mismo tiempo que se produce el “boom” de las noticias falsas –fake news– con su masivo tráfico de desinformación, acelerado por las redes sociales.

En los últimos años del siglo pasado, el internet principió a golpear a la prensa tradicional. Nadie percibía los peligros que encerraba el avance tecnológico. Se destacó como algo positivo la llamada entonces “era de la información”, por la inmediatez con que las noticias se podían trasladar, sin tener que esperar la edición impresa del diario de nuestro gusto o el horario del telenoticiero o programa radial de noticias.

Pero los problemas apenas principiaban. En 2004 irrumpen las redes sociales con Facebook, luego Youtube (2005), Twitter –hoy X– (2007), WhatsApp (2009), Instagram (2010) y más recientemente TikTok (2016) para mencionar únicamente las que dominan este mercado de consumidores ávidos de información… o desinformación –aunque no lo sepan–, pues de todo navega en esas aguas ingobernables.

Si a eso se agrega el “ingrediente” de los famosos algoritmos que manejan cada una de ellas –y Google–, pues se puede ver que hay un caldo de cultivo para promover la desinformación, que suele llegar con un sesgo definido. Hay, por supuesto, muchos peligros más, porque en las redes sociales y el internet en general, es fácil provocar una manipulación de la información, para convertirla en todo lo contrario y crear confusión entre las sociedades.

La facilidad con que se puede hacer una página web ha provocado el surgimiento de gran cantidad de medios que se crean solamente para difundir mentiras o noticias tendenciosas con intereses particulares. En casi ningún país hay legislación para proteger a los usuarios de los engaños, que llegan ya al campo de la publicidad, en donde la estafa es común y está a la vista con el uso indebido de marcas o instituciones reconocidas que promueven engañosas “ofertas”.

Miremos lo que está sucediendo: un observatorio de internet en Estados Unidos ha detectado que hay más medios de difusión “fake” –falsos– que medios de prensa reconocidos. Si a eso se le suma el gigantesco volumen de desinformación que circula en las redes sociales, es fácil comprender que los estadounidenses están sometidos a un bombardeo de noticias que son medias verdades o falsedades, sin que las personas se tomen el tiempo para verificar su veracidad.

Si bien en los países más avanzados hay legislación para intentar proteger a los usuarios, esta resulta aún débil y, en el caso de Latinoamérica, este tipo de leyes es prácticamente inexistente y estamos en manos de las poderosas marcas que dominan la web y las redes sociales.

Si bien es cierto que esos peligros empiezan a ser visualizados, también es cierto que no es fácil controlarlos ni legislarlos. Por ejemplo, las empresas de redes sociales es poco lo que hacen por verificar la autenticidad de los usuarios y muchas veces se montan páginas o perfiles con nombres ficticios e incluso en dominios de países ajenos al que están dirigiendo la desinformación.

Los peligros son muy grandes y van más allá que el recibir hoy una noticia falsa. La democracia misma se puede ver debilitada por la manipulación de procesos electorales –por ejemplo–, e incluso las redes sociales pueden servir de canal para introducir o promover ideologías, sin que los usuarios apenas se den cuenta.

Pero si todo esto se ve como un peligro, está por verse el nuevo capítulo, ya en marcha, de la inteligencia artificial (IA), que llega con la capacidad de hacer parecer real la mentira más grande. ¿Qué nos espera?