Pensando

La institucionalidad, el verdadero crecimiento

El ejercicio político en nuestro país atenta contra la institucionalidad y todo es objeto de manipulación. Los tentáculos del poder político trastocan el ejercicio supremo de impartir justicia por el irrespeto al marco jurídico establecido; la ley es para los más débiles y la impunidad para los más influyentes. Se manipulan las elecciones, las licitaciones, los presupuestos y procedimientos legales. El chantaje político es la base de la gobernabilidad, es decir, cada quien es dueño de un expediente que avala la impunidad recíproca. El respeto a las instituciones es la base de una convivencia cívica donde los compromisos, derechos y deberes, estén sustentados en el respeto a la ley. Los favores políticos son “la llave” al progreso y la transparencia en el manejo de los recursos públicos no es “fiscalizada”, como respuesta a los gravámenes que gravitan en el presupuesto del ciudadano común; ese ciudadano que es el garante de la política de endeudamiento que nos ahoga. Cuando la institucionalidad en un país se pierde, quedamos desprotegidos en la actividad económica. El parasitismo golpea las prioridades en la inversión y el activismo político sustituye el desarrollo en el conocimiento. Los técnicos y profesionales no se sienten protegidos en un organigrama público, alterado con las prebendas de estado. El respeto a la institución debe reflejar un crecimiento cualitativo de servicios, que se traduce en un producto de desarrollo mejor concebido, y por ende, en una mejor calidad de vida. Respetando las instituciones, ¡crecemos!