PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Obispos, ecumenismo y liturgia, otoño 1963

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Manuel P. Maza Miquel, S.J.Santo Domingo

El 5 de noviembre de 1963 iniciaban los debates sobre la tarea pastoral de los obispos. Se prolongaron hasta el 15 noviembre. Entonces reaparecieron las posiciones que se habían enfrentado a propósito del esquema sobre la Iglesia. Los debates fueron muy vivos al abordar la colegialidad. Se reclamaba una realización más clara del principio de subsidiariedad en el gobierno eclesial. Se buscaba respetar la competencia de las Iglesias locales en determinadas cuestiones. La misión de la Iglesia sería mejor realizada si la totalidad de los obispos cooperaban con el gobierno universal de la Iglesia.

El 8 de noviembre, el cardenal Frings de Colonia, Alemania, criticó el modo de proceder del Santo Oficio. Pidió que los autores católicos fuesen escuchados antes de su condena para así tener la oportunidad de defenderse y de corregir sus libros. El cardenal Ottaviani le respondió indignado, pues no veía motivo para esa reclamación.

Surgió esta duda: ¿las conferencias episcopales interferirían en la relación del obispo con su diócesis? Se apelaba a la vieja idea del matrimonio espiritual entre el obispo y su Iglesia. Con un granito de humor, el cardenal Suenens “objetó que él veía en Aula llena de obispos, a varios que ya se habían divorciado dos o tres veces [de sus diócesis] (Schatz, 1999, 290).

El debate sobre el ecumenismo ocupó las jornadas del 18 al 2 de diciembre de 1963. Los españoles se quejaron del proselitismo desmedido de las sectas. El cardenal Ruffini de Palermo presentó una postura con pocas aperturas. Sostenía que la Iglesia Católica era infalible y solo ella estaba en posesión de la verdad. Allí donde se habían producido faltas frente a otros creyentes o divisiones, había que buscar las causas de estas divisiones y fallas, no en la Iglesia católica, sino a los <> que no prestaban oído a la Iglesia y a su doctrina. Concebía así la unidad de la Iglesia: que los hermanos separados se aproximen nuevamente a la Iglesia católico-romana.

El diálogo tiene sentido, pero para ¡reconducir a los que yerran al verdadero redil!

Por su parte la mayor parte de los episcopados de Europa, EEUU y los países de misión apoyaban el ecumenismo.

Ya empezaba a verse que el tema de la libertad religiosa y el tema de los judíos merecían documentos aparte. En el caso de Israel, había que ahondar en la permanente significación salvífica del pueblo del pueblo de Israel a partir de Romanos 9 a 11.

Finalmente, en esta segunda sesión del Vaticano II del otoño 1963, se aprobó la Constitución sobre la liturgia el 22 de noviembre. Recibió un 99% de votos favorables. Se promulgó el 5 de diciembre. La Constitución insistía en la centralidad del misterio pascual y cómo la muerte y resurrección de Cristo forman una unidad actualizada en la liturgia. La Palabra de Dios era más valorada. El documento señalaba la multiforme presencia de Cristo no solo en las especies sacramentales, también en el ministro que preside, en la comunidad que celebra, en los sacramentos y en la Palabra. La nueva forma de celebración de la Eucaristía era más fiel a las más antiguas tradiciones y lo mismo sucedía con el año litúrgico, los sacramentos y del rezo de las horas.

Entonces, se alcanzó un compromiso respecto del latín. Se le concedía un espacio más amplio a las lenguas vernáculas. Pero el tiempo mostraría lo ilusorio de querer preservar el latín, mimado por una minoría, pero ajeno al pueblo.

La segunda sesión del Vaticano II llegaba a su conclusión. El Concilio avizoraba nubarrones de tormenta: debatir sobre la libertad religiosa, la naturaleza de la Iglesia, la revelación divina y la relación entre la Iglesia y el mundo moderno. La luz mortecina del otoño se adueñaba del concilio. La esperanza perseveraba.

El autor es Profesor Asociado de la PUCMM.

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