La mirada hedionda de Doc

(Cuento)

4 de 6En nuestros juegos siempre ganaban los superhéroes; a veces, LocoDoc. Por una razón obvia: mantener el equilibrio ecológico del que en la escuela nos hablaba la maestra con un desequilibrio inmoral entre su exigencia de modales y su modo de sentarse. No lo veíamos como una víctima porque perdiera. Sólo los niños saben que mantener un juego obliga a una caballerosidad mínima, a una permisividad que no mate el estímulo y dignidad del adversario. De lo contrario, siempre andarás solo y nadie querrá jugar contigo. Dejábamos cierto triunfo, planificado, al caos representado por LocoDoc, entonces él ganaba y se quedaba, acompañándonos, a falta de nuestros padres. Quizás por eso mi no sé qué hacia él crecía, digo así al no saber, entonces, el nombre del sentimiento llamado amor. El hecho es que yo vivía más pendiente de Doc que de cualquier otro familiar que básicamente eran dos: mamá y la abuela. Lo tenía siempre conmigo en LocoDoc, saltando entre los carritos plásticos, parándose frente a los demás muñecos y a los árboles, cazándoles los ojos, burlándolos con la euforia de su triunfo, a mi voluntad. Si no ganaba, al menos una vez, Satoshi, el pokemon principal, no tendría adversario ni podría restablecer el orden subvertido por LocoDoc (como ve, reinventamos la historia). Lo cual es otra crueldad infantil: dejar ganar al perdedor para continuar ganándole. Con su cazamiradas, LocoDoc inutilizaba los cuatro movimientos de cada pokemon. Cuando lo vencían (los pokemon eran muchos), cubriéndose los ojos para no verlo como hacíamos nosotros, me embargaba la culpa y aún no puedo evitar el remordimiento. Cualquier tribunal me habría condenado por complicidad en la madre de las tropelías. Sabía sobradamente que ganarle era un abuso, lo mismo que tumbar a un lisiado de su silla de ruedas. No había razones para cuidarse de él; apartando la violencia de su olor y de su apariencia, LocoDoc, como Doc el original, era inofensivo. Después de sus trampas y asaltos, caminaba y andaba, rebuscando entre los zafacones basura y desperdicios. Después de eso, era un alma de Dios, pero no lo parecía. Un poco, sí, por el pelo y la barba; crecidos, rojizos y abundantes, ocultaban su rostro. Pero sus ojos de intenso azul no podían ser silenciados, estaban ahí, contradiciendo el color de su piel obstinada en permanecer sucia y morena; refulgiendo con una lucidez inquisitiva y tímida. Algo debía unirme a él, lo intuía, o terminaría haciéndolo, porque era imposible mirarlo sin amor y sin respeto. Una tarde, al darme vuelta, me lo encontré, de frente, observándome, qué raro, con lenidad; creo que deseaba cargarme, pero yo tenía trece. No me asusté, sólo sentí que sus ojos me condujeron a un océano azul y manso, de tristezas, plenitudes y consentimiento. Toma, me dijo ofreciéndome una hoja, La encontré en la mina. Y como vino, se fue. Tuvimos que crecer para enfrentar, en igualdad de condiciones, a SuperTrión, nuestro nuevo héroe, ecológico por demás, y a LocoDoc, su antagonista caótico. Sin que lo notáramos, los pokemon dejaron de existir. Monchi, mi vecino, participaba en un concurso patrocinado por el gobierno porque su papá trabajaba con el síndico. Ramón Basura, llamaban al padre de Monchi. Por lo tarado que yo era, me pregunté si había enloquecido como Doc o lo habían visto entre zafacones. Con tres bolas de arcilla construimos a SuperTrión, superpuestas y de diferentes colores. Por eso se llamaba así. Super, de superpuestas, y Trión, de tres. Digo Participamos porque lo hicimos en mi casa, con mi arcilla y mi deseo de dar una compañera a Doc, así fuera en mi mente, para asegurarme de que no anduviera sin compañía. No debes andar solo en la calle, me habían redicho desde los orígenes de mi memoria. Cuando me escapaba, presentía a Doc escapado conmigo, caminando conmigo. Como ningún dios benevolente cogió la arcilla e hizo una loca para él, motivé a Monchi: Construyamos un amiguito adversario para Doc. Tampoco éramos mariquitas para jugar con muñecas, así que hicimos a SuperTrión, palabra cuya acentuación aguda, noté ya grande, confirmaba nuestra precoz hombría. También por lo del concurso, aunque no gané ni pío. Quizás lo merecí por romper una pulsera de la hermana de Monchi, mi Pam. Con las piedritas coloreadas puse ojos a SuperTrión. Sin ellos, LocoDoc no tendría motivos para vivir ni perseguir a su oponente; no lucharían y no habría juego a la pelea de muñecos. Ese brazalete fue lo primero que encontré, en mi caja de juguetes, algo brilloso, multicolor y redondo capaz de, sin serlo, ser los ojos que mirarían, la razón de la existencia de LocoDoc. Y eran azules. Pam lo dejó en casa como dejaba todo: para regresar más tarde, a buscarlo, y quedarse jugando conmigo cuando Monchi se iba. Dejaba cosas todo el tiempo, terminaba cenando en casa y su mamá la llamaba porque era tarde, tenía que bañarse y esas cosas. Mamá no quería que jugara con ella por temor a lo que yo más temía: salir mariquita. El hecho es que SuperTrión se veía mejor de lo que pudimos imaginar, incluso que los juguetes de la tienda y que los transformers. Era una delicia tenerlo en las manos y, además, se degradaba, como las sustancias orgánicas, y podía volver a la tierra, al aire o al mar. ¡Qué envidia! La playa, terminábamos codiciando Monchi y yo. ¡Como amábamos el verano! Los demás juguetes eran incapaces de provocarnos tanta emoción. SuperTrión nacía y moría, era lo genial. Sufría algún accidente o el peso de una carga, como un zapato y se deformaba. Para la bobada que divierte a un niño, era chistosísimo ver tres bolas de colores convertidas en galletitas. Y, lo mejor y fascinante, ¡poder reconstruirlo! Pero no salvaba al mundo, su misión era mucho más titánica y difícil: convencer a los locos, y a la locura misma que era LocoDoc, de lo negativo de buscar entre zafacones y basura.

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