SEMANA SANTA

El reto permanente de vivir en la cruz

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Valentín de Jesús AcostaSanto Domingo

La misericordia infinita de Dios hizo posible el acto de desprendimiento más extraordinario de toda la historia, que es el sacrificio de su hijo unigénito en holocausto para el perdón de nuestros pecados. Jesús el justo, que fue tentado en todo y nunca pecó, tuvo que sufrir la ira santa de Dios el padre para que nosotros, merecedores del castigo, obtuviéramos salvación. El hombre fue creado por Dios con la potencialidad para ser perfecto y vivir para siempre. Pero por un solo hombre el pecado entró al mundo y todos hemos heredado esta condición: “por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios”. Ro. 3:23 La cruz es el escenario donde fue vencido el pecado para siempre y es a través de este acto que tenemos la oportunidad de entrar de nuevo bajo el favor de Dios. Jesús pagó la deuda eterna del hombre con la sangre derramada en el Calvario. Dios mismo se hizo hijo del hombre para con su eternidad comprarnos para siempre y exhibió su cuerpo mutilado como símbolo inolvidable de esa victoria. Por ello, la cruz, lejos de ser motivo de tristeza, es motivo de celebración, pues representa el reencuentro del Padre y el Hijo perdido. Es el escenario donde se selló el nuevo pacto entre la carne y el espíritu, donde se abrió la puerta a todos los seres humanos a ser llamados hijos de Dios, coherederos con Cristo resucitado de la gloria eterna. ¿Qué debemos hacer para ser merecedores de estos beneficios de resurrección y vida eterna? Simplemente creer y expresar gratitud a nuestro Salvador. Permanecer mirando la cruz con intensidad y permitir que ese fuego abrasador nos encienda como antorcha su- blime de amor. Permitir que Dios penetre en nuestros corazones, llene todo nuestro ser y nos haga dignos de su gracia. Permitiendo que el Espíritu Santo nos haga entender lo que realmente ocurrió en el Calvario y nos muestre que todos, incluso tú y yo estuvimos ahí, golpeando a Jesús, clavándolo, negándolo y lo peor de todo, dándole el beso de la traición. Si realmente creemos, entonces debemos dejar de justificar nuestras acciones, dejar de poner nuestras emociones primero que estas verdades y profesarlas, vivirlas como prioridad. Debemos mudarnos al territorio de la cruz y vivir en él. La cruz es el barrio donde viven los redimidos, los que fueron lavados con la sangre del Cordero, los humildes de corazón, los que crecen espiritualmente, los que sienten pasión por el amor de Dios, los que rebosan de gozo y celebran día a día el perdón que por gracia han recibido. El Evangelio es el mensaje más trascendental de toda la historia y constantemente nos alejamos de él ignorando las maravillas de vivirlo. Vivir el evangelio es padecer como Jesús en cada momento de nuestras vidas, es actuar como lo haría el Maestro en cada situación. El pecado, por el contrario, es el problema más serio del hombre este nos hace hijos de la maldad, nos roba la esencia y nos hace actuar en contra de nuestra integridad como seres creados con un propósito divino en beneficio de nosotros mismos. El plan de Dios es que disfrutemos en el paraíso en comunión con Él. Por eso la mayor aspiración humana es y debe ser obtener la redención. Abandonar este viaje de insatisfacción y sin rumbo que termina en el abismo, dejar este afán por las cosas terrenales y de la carne y descansar en el Espíritu. Es necesario redescubrir la verdad, la clave del gozo, que está justo delante de nosotros; es este evangelio, es esta cruz, es esta resurrección, es esta victoria.

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