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Ciudad Colonial, calle El Conde: un paseo de un kilómetro
Mamajuanas, rosarios, collares, conchas, libros viejos y nuevos … se venden al aire libre
Calle El Conde cerca del mediodía
Es sábado a media mañana. Me apetece pasear por la calle El Conde, que, como el resto de las calles de la Zona Colonial, sigue el trazado original de línea recta del siglo XVI. Recorre un kilómetro desde las escalinatas del Ozama.
Pido al conductor contratado dejarme en la calle Palo Hincado, en el punto donde finaliza frente al Parque Independencia, la más conocida vía de Santo Domingo. En este extremo me recibe la estatua de Francisco Caamaño, líder de la revolución constitucionalista de 1965.
A una mesa exterior de la cafetería Grand’s Paco (funciona desde 1967), un extranjero habla con un policía turístico. A unos pasos empiezan los puestos de venta al aire libre.
Mamajuanas (abajo) y los rosarios (arriba) son parte de los artículos en venta
El primero exhibe mamajuanas, rosarios, collares de cuentas… Le siguen otros con distintas mercancías y entre medio, un limpiabotas faena con un cliente. De repente, un olor a cloaca se esparce por el ambiente. Por suerte es transitorio.
En la ruta hay locales de comida, tiendas de ropa y un perro realengo que me asusta. Luego encontraría otros que duermen a pata suelta, interrumpiendo el paso del transeúnte. Uno lleva correa al cuello. Tiene dueño. ¿No hay normas al respecto? ¿O son atractivo turístico? En este transitar, observo cortinas metálicas que cubren vitrinas vacías de comercios que ya no existen.
En el centro del paseo hay bancos para sentarse y maceteros con plantas. Lucen bien. El asunto es que los rayos del sol, a esta hora, les caen directo.“Está duro. Sólo al final vendí dos pares de aretes” dice una marchante a otro, mientras paso a su lado.
Cómodos asientos para tomar una malteada
En un cartel con fotos anuncian “Charms para crocs”. Casi todos reproducen la bandera dominicana. En un puesto al aire libre exhiben conchas grandes y pequeñas. ¿Venden bien las grandes?, pregunto. “El otro día un hombre me compró siete”.
Conchas de diferente tamaño
Ante un cartel que anuncia agua de coco echo un vistazo al lugar: La Reina. Sus muros interiores están pintados con escenas campestres. Resulta agradable. Sigo mi deambular. ¡Eureka! Un banco ¡con sombra! Tras un breve descanso prosigo mi andadura.
A mi lado pasan lugareñas con fundas del supermercado. Todavía no hay turistas. ¿Serán ellos quienes compran los cuadros sobre el suelo recostados de una pared?
Entro en Helados Bon a calmar la sed con una malteada de pistacho y caramelo. Paso al lado del antiguo ayuntamiento con su torre del reloj y atravieso el parque Colón.
En la calzada que le queda al norte abundan las cafeterías al exterior. Cruzo hasta el Palacio de Borgellá. Desde su logia, donde espero bajo sombra, aviso al conductor (encontró parqueo en la Palo Hincado). En unos diez minutos ha llegado. Tuve suerte. Era un día de poco tráfico.

