COSAS DE DUENDES
Sin ripostar
Una madre lista para dar a luz, en la sala de parto, espera a que la anestesia le haga efecto. Ha recibido varios pinchazos en la espalda de manos de la anestesista que toca sus piernas y le pregunta si siente algo. La paciente le dice que sí, que siente todo. Después de un rato, y varios intentos, la ginecóloga y la anestesista hablan entre ellas y, sin previo aviso, la ginecóloga inicia la incisión en la parturienta para extraer al bebé. La paciente lanza un alarido de dolor y así todos confirman que, efectivamente, la anestesia no había hecho efecto. Luego la bebé sufrió problemas respiratorios que los médicos del hospital atribuyeron a que la madre tenía alcanfor metido en el bulto de la recién nacida y así lo hicieron constar por escrito. Otro caso. Una amiga de mi familia llegó caminando a una clínica afectada por un fuerte dolor en la espalda. El médico de turno le pregunta si es alérgica a algún medicamento y la respuesta fue positiva. Acto seguido la inyectan para calmar el dolor. Mi amiga, Sonia de la Cruz, empezó a hincharse y luego entró en coma, murió dos días más tarde. Un tercero. La mamá de un compañero de trabajo fue a hacerse un chequeo rutinario. Entró sin dolerle ni un dedo en otra clínica privada. Murió mientras era sometida a un estudio. Un cuarto caso. Una madre recién parida está con su esposo en la clínica. Entra una enfermera y le dice que le va a poner un calmante. Ella se resiste porque no le duele nada. La enfermera insiste: es orden del médico. La inyecta. Cuatro minutos después aquella muchacha, de 30 años y con dos niños pequeños, muere. En ninguno de estos casos hubo demandas ni contra los médicos ni contra los centros de salud, públicos y privados, donde ocurrieron, pese a que las familias de los pacientes tenían razones, fundamentadas o no, para preguntarse si hubo negligencia médica. Es que cuando esas tragedias se abaten sobre la gente sólo se escuchan las quejas, el dolor y la tristeza. “Ya se murió. Nada lo va a revivir”, es la justificación para no actuar incluso cuando las evidencias de que hubo fallas son abrumadoras. Además, en este país no existe tradición de demandar, ni fe en que un recurso como ese prosperará en la justicia. Como periodista conocí un caso en que el médico fue declarado culpable pero, cosa rarísima, no tuvo que pulgar condena alguna. ¿Entonces?, me pregunté. Después de lo que representa una litis, en gasto y dolor, un resultado como ese debe sentirse como una puñalada. No obstante, al menos, quedó asentada la culpabilidad, algo que la mayoría de las veces no ocurre. Así lo afirmó hasta el gremio que agrupa a los médicos en una advertencia hecha pública el pasado miércoles ante lo que califican como “proliferación de demandas”. El Colegio Médico Dominicano (CMD) advirtió que la mayoría de los casos contra galenos no prosperan. La AMD lanzó, además, la siguiente amenaza: cuentan con más de cien médicos abogados que se encargarán de orientar y asistir legalmente a los miembros de esa entidad y, en los casos que sean absueltos de acusaciones por negligencia médica, contrademandar a sus acusadores. Quiere decir que ni los pacientes ni sus familiares tienen el derecho de buscar justicia o la verdad cuando se sospeche de mala práctica. Hay que aceptar los cadáveres y las lesiones permanentes sin ripostar no vayamos, además, a caer presos.

