COSAS DE DUENDES
Como mi mamá
Cuando era niña, en mi casa, las malas palabras estaban prohibidas. En especial para mis hermanos y para mí porque cuando mi papá y mi mamá se molestaban danzaba los ¡carajos! por todos lados. Pero, salvo rara veces, ni ellos pasaban a mayores. Supongo que, por eso, me impresionó tanto la primera vez que escuché a mi único hermano varón decir una “mala palabra”. Pasaba por casualidad frente a un área verde, en el entorno del mercado del pueblo, donde Henry jugaba pelota con unos amigos. En medio de una situación del juego él gritó uno de esos “co...” tan comunes aún entre la gente “más bien”. Yo salí corriendo, de chismosa, lo admito, a contarle el pecado a mi mamá. Ésta, contrario a lo que esperaba, se lo tomó con cierta filosofía, imagino que porque, para ese entonces, ya mi hermano era un adolescente y tenía permiso para usar palabras subidas de tono que en mi caso, con unos siete u ocho años, estaban terminantemente prohibidas. Confieso que cuando me mudé a la Capital, para estudiar en la universidad, una de las evidencias de mi recién adquirida independencia era, de vez en cuando, soltar una de esas palabras consideradas impresentables durante mi infancia. No obstante, lo sembrado por los padres, créamelo, nunca cae en terreno baldío y, superada esa etapa de “yo hablo como quiera”, volví al carril y guardo las groserías, no voy a fingir que jamás las digo, para los momentos en que otras palabras no harían “el efecto” deseado. Ahora, imagino que quienes me escuchan decir una palabra descompuesta les pasa como a mí, que me decepciono cuando veo a una persona adulta hacerlo. Y el problema es que esto ocurre con muchísima frecuencia, en especial, por los medios de comunicación. Lo que significa un gran cambio en nuestra sociedad. Pues, aquellas palabras vetadas en las casas, por groseras, eran también prohibidas en cualquier medio de comunicación y hay de aquél que se atreviera a violentar esa norma. Los que pasan de los veinte años, que somos muchos... recordarán a doña Saida Lovatón con sus sanciones ante la más mínima insinuación considerada vulgar. El puritanismo iba a los extremos. Pero al correr hacia el otro lado, no creo que hayamos ganado. Como cuando tuve que cambiar el programa de radio que escuchaba porque uno de sus conductores dijo una palabra triple X y mi hijo Javier me cuestionó: “¿No que no se pueden decir malas palabras?” Pero también los oyentes y televidentes se sienten con libertad de decir cualquier cosa por radio y televisión, sin reparar en límites. Y son los conductores de algunos programas que, al parecer, han caído en cuenta de que se nos pasó la mano quienes les dicen: “Aquí malas palabras no”, como lo hacía mi mamá.

