EL ATENTADO CONTRA RÓMULO BETANCOURT
Sobrevivió a la explosión
LOS EXPLOSIVOS USADOS ESTABAN EN DOS MALETAS, COLOCADAS EN EL BAÚL DE UN OLDSMOBILEESTACIONADO A POCA DISTANCIA DEL LUGAR POR DONDE PASARÍA LA CARAVANA PRESIDENCIAL
Según lo describieron después a la policía, los explosivos estaban distribuidos en las dos maletas, la más pesada de las cuales contenía cerca de treinta kilos, mientras la más liviana alrededor de otros diez. La pesada era de un tamaño de noventa por sesenta por veinte centímetros. Estaba colocada en el centro del baúl con la más liviana encima. Dos latas rojas circulares estaban conectadas fondo a fondo, situadas por lo largo de la parte izquierda de la maleta. De una de las latas salían dos alambres que terminaban en el objetivo del tamaño de un cigarrillo, el cual Yáñez Bustamante enchufó en la maleta liviana. No hizo ninguna conexión con la maleta pesada. Terminada la delicada operación, los dos sujetos volvieron a Los Próceres donde dejaron estacionado el Oldsmobile. Yáñez Bustamante se dirigió entonces caminando al puente de unión de la vía con la Avenida Nueva Granada, a unos trescientos metros del lugar donde había abandonado el vehículo, simulando fallas mecánicas. Desde la altura del puente podía observar con tiempo la llegada de cualquier cosa que se moviera hacia Los Próceres. Todo cuanto ahora tenía que hacer era ponerse a esperar por la llegada de la caravana y avisar a Cabrera Sifontes justo en el momento en que el carro presidencial pasara ante el destartalado modelo norteamericano, con matrícula HK- 8174, de cuatro puertas. Para el Generalísimo Trujillo, estaba a punto de comenzar una jornada de ansiedad. Todos los planes urdidos con esmero en las últimas semanas llegaban a su punto culminante. Los servicios de inteligencia del Gobierno, bajo el mando del coronel Abbes García, le habían pasado la información, muy temprano esa mañana, de que la parada militar con motivo del Día del Trabajo se realizaría en Caracas, como estaba anunciado. Una cosa, sin embargo, inquietaba al hombre que regía a la República Dominicana con mano férrea desde hacía justamente treinta años y era el pronóstico de lluvia sobre la capital venezolana. Si la predicción se cumplía, era probable que el desfile se suspendiera y todo lo planeado tuviera que posponerse. Eso sería intolerable. Pocas cosas existían fuera del alcance de su poder y hasta ese momento todo marchaba conforme a lo previsto. Pero existía algo que ni Trujillo, con su dominio absoluto sobre el país, alcanzaba a controlar y esto era disponer sobre la evolución del estado del tiempo. Estaba seguro de que si la naturaleza permitía la celebración de la parada militar, Betancourt, el hombre que más aborrecía en el mundo, asistiría. La reputada terquedad de su adversario, que le había permitido tantas veces sobreponerse a la adversidad, podía actuar esta vez en su contra y facilitar el éxito de las maquinaciones de aquel hombre sentado desde las primeras horas de la mañana en su despacho del Palacio Nacional en la capital dominicana. Trujillo suspendió todos sus compromisos oficiales del día y por primera vez en mucho tiempo se abstuvo de presidir la ceremonia religiosa en recordación del fallecimiento de su padre, José Trujillo Valdez. Al igual que año tras año, el oficio se efectuaría a partir de las ocho de la mañana en la Iglesia San Rafael, situada en los jardines de la casa de gobierno, a escasos metros de su despacho. Su prioridad ese día estaba puesta en otra ceremonia, ésta de carácter militar, que tendría efecto dentro de hora y media, a lo sumo, en la lejana ciudad de Caracas. Desde su privilegiada posición, en el elevado del puente construido en la intersección de Los Próceres con Nueva Granada, Yáñez Bustamante vio acercarse la comitiva presidencial que marchaba a mediana velocidad. Aunque llegaba por otra ruta, de cualquier manera, apreció, tendría que pasar delante del Oldsmobile. A la 9:28 a.m. hizo la señal convenida quitándose el sombrero. Cabrera Sifontes sostuvo fuertemente el pequeño control remoto y accionó el conmutador. El transmisor consistía en dos tubos colocados dentro de una caja de tocadiscos de 45 RPM, con una batería de seis voltios, con capacidad para actuar dentro de un límite de diez a catorce megaciclos. Cabrera Sifontes había seguido las instrucciones de situarse en un lugar donde pudiera observar la llegada de su objetivo, a fin de poder hacer su propio cálculo del instante cuando éste se encontrara delante del Oldsmobile. La acción tenía que ser calculada para abarcar el Cadillac entero dentro del radio efectivo de la explosión con el centro del impacto justo en el medio del vehículo. Tan pronto como Cabrera Sifontes apretó el switch que accionaba el control remoto, una fuerte explosión estremeció todo el lugar levantando a escasa distancia frente a él una nube de humo y una lengua de fuego que se alzaron a varios metros hacia el cielo, sembrando el caos y la destrucción. El estallido sacudió a Yáñez Bustamante, quien desde su puesto de vigilia alcanzó a ver, en fracciones de segundo, el Cadillac presidencial dar un par de vueltas en el aire mientras era consumido por una bola de fuego. Corrió a reunirse con Cabrera Sifontes para informar del hecho a Morales Luengo que impaciente esperaba por ellos en el apartamento de la avenida París. La mortífera carga explosiva había funcionado a la perfección, tal como ocurriera en las pruebas realizadas con el aparato detonador a distancia en los campos de experimentos del coronel Abbes García. La explosión destruyó los cristales de numerosos edificios a varias cuadras a la redonda. A unos quinientos metros de distancia, en la tribuna donde la multitud esperaba por el Presidente, la detonación sorprendió a los altos mandos militares y a los líderes de la nación allí reunidos. Los más sorprendidos por la explosión fueron los generales Pedro José Quevedo, comandante del Ejército, y Antonio Briceño Linares, jefe de la Aviación, conscientes como estaban de que la celebración no incluía fuegos de artillería. En sus palcos de honor, los doctores Raúl Leoni y Rafael Caldera, presidente y vicepresidente, respectivamente, del Congreso, ignoraban qué sucedía. El estruendo movió también de sus asientos, inquietos, a los representantes del Gobierno, el clero, el cuerpo diplomático y otras autoridades civiles y militares congregadas en la plaza. Todo ocurrió en un par de segundos dejando una estela de destrucción y sangre. La onda expansiva partió en dos el Oldsmobile y empujó el automóvil presidencial fuera de la vía a varios metros, colocándolo sobre la isleta, lo que impidió probablemente que continuara dando vueltas. Las puertas quedaron trabadas, impidiendo que el Presidente y los otros dos ocupantes del asiento posterior pudieran salir tan pronto como el vehículo dejara de rodar. Del Cadillac presidencial sólo quedó una masa de hierro calcinada por el fuego. Betancourt luchó desesperadamente por salir mientras las llamas devoraban sus manos ocasionándole heridas de primer y segundo grados. A pesar de la confusión, el Jefe del Estado consiguió escapar de aquel infierno por sus propias fuerzas, con tiempo suficiente para ver la bola de fuego consumir casi totalmente el vehículo. El Presidente sangraba profusamente y según testigos “su ropa ardía como una antorcha caminante”. Daba la impresión de haberse convertido en “una barbacoa humana”. El Ministro de Defensa perdió de vista al coronel Armas Pérez al sentir la explosión. Pero tuvo tiempo de observar cuando su esposa y el Presidente lograban salir al abrir la puerta trasera de la izquierda. El general intentó asir la ametralladora pero el fuerte dolor provocado por las quemaduras en las manos se lo impidió. El humo cubría prácticamente el interior del vehículo y el fuego crecía. En su angustia, el ministro trató de escapar rompiendo la ventana derecha al trabarse la puerta. El golpe desesperado agravó la herida de su mano derecha. Sintió que estaba a punto de quedar atrapado por las llamas, cuando oficiales de la escolta acudieron en su auxilio ayudándole a salir. La suerte que había acompañado al Presidente y al Ministro de la Defensa y su esposa, abandonó en cambio al coronel Armas Pérez, rescatado por las cuadrillas improvisadas casi agonizante, para fallecer minutos después camino del hospital. Los ayudantes del Presidente lograron también sacar en estado crítico al chofer Valero. Otros dos miembros de la comitiva resultaron heridos, el doctor Pinto Salinas, médico del Presidente y el sargento técnico José Nicomedes Molina. Un motorista de la escolta, Félix Acosta, y el policía municipal Atilio Dávila, resultaron con quemaduras múltiples, aunque ligeras. Y un joven estudiante identificado como Luis Elpidio Rodríguez o Juan Eduardo Rodríguez, que pasaba por el lugar en dirección a la parada militar, falleció en el acto a causa de la explosión. La ambulancia que seguía la caravana, debido a las dolencias hepáticas del Presidente, se adelantó al pasar los efectos de la explosión y rápidamente le trasladaron al centro médico más cercano en la Universidad Central. Betancourt tuvo tiempo para ordenar a sus oficiales que la parada militar debía celebrarse de todos modos sin su presencia. En sus papeles, Betancourt escribiría años más tarde lo siguiente: “Fue usado (en Los Próceres) el novísimo sistema de atentados políticos que teníamos el dudoso privilegio de estrenar, de hacer estallar la poderosa bomba desde una distancia de centenares de metros, mediante un mecanismo micro-ondas”. Por su parte, en la obra Guerra, traición y exilio, Nicolás Silfa describe la escena del atentado: “El inusitado hecho de terror y espanto sembró el pánico y la confusión. La tropa regular dejó salir dos ráfagas de los cañones de sus ametralladoras. El presidente Betancourt, a pesar de su estado grave, recobró parte de su habitual serenidad y ordenó a la tropa que no se disparara un solo cartucho más. Así evitó que miles de espectadores inocentes fueran muertos sin remedio por la tropa irritada, celosa y confundida”. La noticia llegó a Trujillo primero que a los funcionarios venezolanos presentes en la plaza de la avenida de Los Próceres. A pesar de la ola de rumores que siguió a la explosión en toda Caracas, los primeros boletines sobre el hecho comenzaron a radiarse al mediodía, cuando estuvo claro que el Presidente sobreviviría a las heridas sufridas en el atentado. Muchos caraqueños y numerosos residentes en ciudades del interior se enterarían de la novedad, en cambio, escuchando los partes radiales de la emisora del Gobierno dominicano. Trujillo alzó él mismo el teléfono e instruyó al director de El Caribe que le mantuviera al tanto de cuantas informaciones llegaran sobre el hecho. Los conspiradores del apartamento de la avenida París no compartían, en cambio, el entusiasmo de Trujillo. Los explosivos habían funcionado y el automóvil presidencial quedó hecho un montón de hierro quemado a medio kilómetro de distancia del lugar donde debía presidir un desfile militar. Pero versiones sin confirmar aseguraban que Betancourt había logrado salir con vida, aunque gravemente herido, del atentado. Morales Luengo advirtió a sus cómplices que corrían un gran peligro si las autoridades lograban conseguir pistas o identificar la propiedad del Oldsmobile. Sin pérdida de tiempo se dirigieron a La Guaria, después de detenerse en una residencia de la Urbanización Montecristo para recoger a otro implicado, un sujeto llamado Lorenzo Mercado. Yáñez Bustamante tomó la vieja carretera para eludir cualquier indeseado contacto con la Policía y a mitad de camino Cabrera Sifontes lanzó a la maleza una pequeña maleta marrón donde momentos antes guardó el aparato con el cual había provocado la explosión. En su huida desenfrenada, acababan de dejar una pista demasiado ostensible a través de la cual todos acabarían siendo detenidos. Unos días después del atentado, tras el arresto de la mayoría de los terroristas responsables del mismo, Nels J. L. Benson, especialista en demoliciones del Ejército de los EEUU, cedido por el Pentágono para ayudar en la investigación, rindió un informe sobre la técnica y uso de los explosivos utilizados en Los Próceres. Benson sostuvo que hubiera sido difícil para la persona que operara el transmisor conseguir un cálculo exacto para el momento de la explosión si hubiera tenido que actuar a base de la señal de otro individuo. Hizo referencia a un lugar marcado en un dibujo preparado por la policía que era un punto a la derecha del lugar de la explosión a 135 metros de altura. Según Benson: “Si el agente se encontrara unos grados delante del ángulo exacto de noventa grados a la posición del Oldsmobile, el vehículo objetivo parecería encontrarse delante del Oldsmobile cuando en realidad se encontraba unos pies detrás. Esto podría explicar por qué el centro del impacto fue logrado en la parte delantera del vehículo y no en su parte trasera”, donde viajaba el Presidente. Las autoridades no pudieron en un primer momento determinar exactamente qué tipo de explosivos se encontraba dentro de la maleta pesada. El informe de Benson decía que pudo haberse tratado de un tipo de explosivo capaz de ser explotado en la forma llamada “sympathetic”. Se refería a una mezcla de TNT y otros explosivos militares no sensitivos, siendo la pólvora negra y dinamita los únicos explosivos que podrían emplearse con certeza. “Se puede presumir lógicamente”, añadía el informe de Benson, “que (la maleta) contenía dinamita de nitrato de amonio en pedazos de 1 ¼ x 9 de media libra de peso cada una con 40% de nitroglicerina, lo cual es dinamita industrial más fácil de obtener en esta área. La maleta grande llena podría tener 150 libras de dinamita, pero los daños causados a la transmisión y eje trasero del Oldsmobile como al piso -3 cm. de profundidad- indican que no se usó más de 50 a 60 libras”. El informe admite que la declaración posterior de Yáñez Bustamante a la policía de que habían empleado 30 kilos (66 libras) “parece razonable”. Durante las investigaciones, hubo excesiva especulación respecto a lo que pudo haber causado el calor y las llamas que quemaron al Cadillac. El informe de Benson señala: “Existe fuerte posibilidad que el hecho que el coronel Armas Pérez muriera y el Presidente se salvara se debe a que el vidrio delantero se encontraba abierto y el trasero cerrado. La ventana pudo proveer momentáneamente la defensa de calor protegiendo a los ocupantes del asiento trasero. El tanque de combustible con su posible 18 galones de gasolina contribuyó al calor y las llamas, pero la gasolina sería dispersada por el aire por la explosión y se hubiera quemado tan rápido que normalmente no podría causar suficiente calor concentrado para incendiar las partes del Cadillac tan rápido”. Benson sostiene que la posibilidad de que la gasolina concentrada (napalm) fuera parte del contenido de la maleta llegó a ser considerada debido a que los detonadores se encontraban en la parte izquierda de la maleta pesada. Sin embargo, en sus conclusiones dice que el inicio de la explosión del lado izquierdo hubiera lanzado napalm fuera del objetivo. El informe asevera que las marcas de los daños sobre el eje trasero, caja del eje y la transmisión, claramente indican que la más fuerte detonación tuvo su comienzo en un punto a la izquierda y poco atrás de la transmisión. Este no era el lugar donde se encontraban los detonadores. “Esta situación sugiere”, según Benson, “que la maleta contenía el material explosivo de mucho más baja velocidad que el que contenían los detonadores. Existe fuerte posibilidad que este explosivo de baja categoría fuera pólvora negra”. Se han publicado versiones de que Trujillo ordenó experimentos en vivo del atentado en una finca de su propiedad. Un aventurero español, Luis M. González Mata, que estuvo al servicio del dictador, narró luego sus experiencias en un libro titulado Cisne, publicado en Europa en 1976. Según revela, Trujillo ordenó que en el ensayo se emplearan presos en lugar de muñecos y al presenciar la efectividad de la explosión, que sólo dejó “trozos de cuerpos humanos entremezclados con la chatarra retorcida”, habría exclamado: -¡Ya está. Ahora a Caracas!

