Celebrando la vida: ¿y si mañana me muero?

Freddy Ginebra, el alma viviente de Casa de Teatro.

Freddy Ginebra, el alma viviente de Casa de Teatro.

A veces me sorprende ese pensamiento, casi siempre en silencio, cuando la casa se queda tranquila y la noche empieza a ordenar los recuerdos del día: ¿y si mañana me muero? No lo digo con dramatismo. Tampoco con miedo. Más bien con una mezcla de curiosidad y una pizca de asombro. Porque uno pasa la vida entera pensando que la muerte es algo que les pasa a otros. A los viejos, a los enfermos, a los que salen en las noticias. Pero la muerte, silenciosa y puntual, tiene una agenda que no consulta con nadie.

¿Y si mañana me muero?Entonces me pregunto qué quedaría de mí. Tal vez algunas fotos donde aparezco más joven de lo que me siento hoy. Quizá algunas cartas, libros subrayados, objetos que guardan historias que solo yo recuerdo. Y, con suerte, unas cuantas anécdotas que mis amigos contarían entre risas: “¿Te acuerdas cuando Freddy dijo…?” o “¿Te acuerdas aquella vez…?”

Al final, uno no deja grandes monumentos. Lo que queda son pequeños gestos: una palabra a tiempo, una mano en el hombro, una conversación larga en un patio cualquiera, una carcajada compartida.

También pienso en lo que no hice. Los viajes que postergué, las llamadas que dejé para después, los abrazos que di por descontados. La muerte tiene esa virtud incómoda: nos recuerda que casi todo lo importante lo dejamos para mañana.

Y, sin embargo, hay algo profundamente liberador en esa pregunta. Porque si de verdad existiera la posibilidad de que mañana no estuviéramos aquí, entonces hoy adquiere un brillo especial. Hoy se vuelve urgente.

Hoy vale la pena decir “te quiero”.

Hoy vale la pena perdonar.

Hoy vale la pena reírse, incluso de uno mismo.

No sé qué hay después de la muerte. Nadie lo sabe con certeza. Algunos hablan de un cielo luminoso donde nos reencontramos con quienes amamos. Otros creen en un descanso profundo, como un sueño sin final. Y están también los que piensan que simplemente nos convertimos en memoria en el corazón de los otros.

A mí me gusta imaginar que la muerte es una puerta. No necesariamente un final, sino un cambio de habitación en la gran casa del universo. Tal vez al otro lado nos espere un silencio lleno de paz. O quizá una sorpresa que nuestra imaginación todavía no alcanza a comprender.

Pero mientras ese momento llega —mañana, dentro de muchos años, o cuando a la vida le dé la gana— aquí estamos.

Respirando.

Recordando.

Amando.

Y tal vez la verdadera pregunta no sea “¿y si mañana me muero?”, sino otra mucho más importante: ¿Estoy viviendo hoy de una manera que valga la pena recordar?

Si mañana me muero, me gustaría que alguien dijera algo sencillo: “Vivió. Y vivió con ganas”.

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