Salmo 31:15
“Dios, en tus manos están mis tiempos”
Una temporada es un espacio de varios días, meses o años de condiciones específicas
Al hablar de temporadas, probablemente lo primero que recordaremos serán las estaciones del año. Desde niños nos hacían repetir al unísono: primavera, verano, otoño e invierno, y aunque no teníamos definiciones acabadas, sabíamos que en el otoño los árboles pierden las hojas, que el invierno trae frío, que en el verano hay calor y que en primavera hay flores. Hay explicaciones científicas para las estaciones que tienen que ver con la inclinación del eje de giro de la Tierra. Respeto y creo en sus planteamientos, pero no puedo evitar recordar que después que se abrieron las puertas del Arca de Noé, entre otras cosas, Dios dijo que mientras la Tierra permanezca no cesaría la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche. Dios ha establecido y cumplido, son señales de su propósito con el ser viviente. Tal vez por eso nos hemos vuelto expertos en estaciones: cuando llega el verano, sabemos que el calor subirá su intensidad y mentalmente nos preparamos para las temporadas siguientes. Los agricultores saben si es tiempo de sembrar, o, si por el contrario, la cosecha pudiera perderse. Los meteorólogos pueden discernir con sus herramientas científicas cuándo lloverá, cuándo habrá huracán, cuándo hará frío. Todo esto, aunque positivo, no parece enseñarnos que nosotros también pasamos por temporadas en nuestras vidas. No salimos a buscarlas, no lo predeterminamos, pero sin saber cómo, un día cualquiera nos despertamos y basta con abrir los ojos para darnos cuenta que estamos al inicio de un prolongado e intenso tiempo invernal. En invierno, los días no alcanzan, oscurecen más temprano por lo cual la sensación de noches largas es real; necesitamos lugares cálidos para estar, pero todos se centran en satisfacer sus propias necesidades y pareciéramos seres invisibles. Es en el invierno de nuestras vidas cuando las lágrimas se deslizan con espontaneidad, el dolor invade nuestro ser y todos los caminos lucen cerrados. Quizás tú estás atravesando por un tiempo invernal, con noticias desagradables, con eventos difíciles en tu familia, con cavilaciones internas que nadie conoce, y la incertidumbre te está consumiendo. Tal vez estás mirando, con desesperación, que todo lo que has construido durante años se está deshaciendo vertiginosamente y como si cargaras aguas entre tus manos se escapa por tus dedos sin poder retenerlo. Ten paz. Es sólo el invierno. Es verdad que luce despiadado y cruel, insensible e indolente, pero es sólo una temporada. Dios dijo que mientras la Tierra permanezca, siempre existirán las estaciones; así que, confía, cree, el invierno pasará. Tendrá que entregarle el mando a la primavera. No somos los únicos en experimentar esos cambios. David, rey de Israel, sin provocar a nadie, muchos se levantaron en su contra, y como tú, fue devorado por la tristeza. En medio de su desesperación y la intensidad de su dolor, escribió el Salmo 31: “Sácame de la red que han escondido para mí, pues Tú eres mi refugio. Has conocido mi alma, ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy en angustia; se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo. Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar; Se agotan mis fuerzas y mis huesos se han consumido. Soy la vergüenza de mis vecinos y el horror de mis conocidos; los que me ven huyen de mí. He sido olvidado de su corazón como un muerto; He venido a ser como un vaso quebrado. Porque oigo la calumnia de muchos; el miedo me asalta por todas partes”. ¡Qué agonía revelan estas palabras, cuánta tristeza! ¡Se parecen tanto a mí! ¡Quizás a ti! Cuántas veces nos hemos sentido así... pero este no fue el final para David. Dentro de su proceso, reconoció que hay un lugar seguro, que hay alguien que no nos abandona, alguien que nos ama y siempre está disponible: es Dios. Exclamó con sinceridad y reverencia: “Jehová, en tus manos están mis tiempos”. Qué poderosa declaración. Que lo sepa mi alma, que lo sepan mis sentidos, que lo sepan los que me persiguen, que mis tiempos están en manos de Dios, del Poderoso, del Grande, del que me ama y cuida de mí. Esta temporada no será para siempre, tiene fecha de expiración. Tengo a Dios, que en sus especiales manos acoge mis etapas y me da la seguridad de que no me voy a despedazar, que voy a sobrevivir. Aunque veas la más cruenta dificultad, después del invierno viene la primavera; nada va a impedir que tú florezcas, porque el mismo Dios le estableció propósito a tu vida, y este invierno que vives es sólo una temporada de entrenamiento que te empodera para recibir con sabiduría y excelencia las fragancias que desprenderán las flores que dentro de poco se observarán en tu jardín. Le funcionó a David, también a mí… Sé que será provechoso para ti. Oro siempre por ti. Sé que en manos de Dios están tus tiempos y disfrutarás muy pronto de su primavera.

