Isabel Quintanilla, aquello que tus ojos ven

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Rubén J. TrigueroSanto Domingo, RD
​Cortesía para Listín Diario

Observar una obra de Isabel de Quintanilla es como estar en casa mientras observas los objetos dispersos en un mueble, en la cocina con todos los alimentos sobre la encimera justo antes de preparar la comida, o incluso en el baño, con la ropa desperdigada o amontonada en el suelo, antes de recogerlas para depositarlas al cesto de la ropa. Por supuesto, existe la diferencia: vivimos en otra época en la que los productos, los muebles y la decoración son diferentes. Por lo demás, sus pinturas podrían ser parte de cualquier hogar, son ventanas a un momento histórico concreto. Una época pasada, que ha quedado atrás en nuestro mundo cambiante, pero que permanece en sus pinturas. Sus piezas permiten un viaje a través del espacio y del tiempo. El hiperrealismo de sus obras sobrecoge como nostálgicos recuerdos de otra época, que más que pinturas, parecen instantáneas del mundo de ayer.

Isabel Quintanilla nació en Madrid en 1938 y falleció en 2017. Huérfana de padre tras el desenlace de la guerra civil (su padre fue enviado a un campo de concentración donde falleció), salió adelante gracias a su madre, que trabajaba como costurera para poder subsistir. Empezó en la escuela y ya desde niña sintió afinidad por las bellas artes. Empezó a tomar clases de pintura con Trinidad de la Torre y tras una dura preparación, consiguió ingresar en la academia de Bellas Artes de San Fernando, donde conoció a Francisco López, con quien más tarde se casaría, y a otros integrantes del grupo de Realistas de Madrid.

Del año 1960 hasta 1964 vivió en Roma, a donde se trasladó después de que su marido lograse una beca en la Academia en Roma. Allí completó su formación y se nutrió del arte y monumentos de la ciudad italiana.

En 1966 realizó una primera exposición individual en España, conformada por las pinturas que realizó durante su estadía en Roma. Con los años realizó numerosas exposiciones nacionales e internacionales (como en Documenta 6 de Kassel, en 1977) pero su obra tuvo mucha más repercusión en el extranjero.

En la artista, el manejo de la luz, junto con la definición de los detalles, logran que las pinturas se acerquen excepcionalmente a la realidad obtenida por el ojo. Así pues, a simple vista, sus obras podrían pasar por fotografías de un momento concreto, e incluso, en algunos casos, como la propia mirada a ese extracto de la realidad captado por la artista. Aunque también pinta espacios abiertos y mares, su mirada artística está enfocada especialmente en las pequeñas cosas, en lo cotidiano que nos rodea cada día. Sus obras reflejan desde un baño en el que encontramos estantes con lociones, pomadas, geles y un buen número de productos, junto con ropa esparcida por el suelo, hasta un bodegón compuesto por un jamón y una botella de aceite de plástico, a la que incluso se puede identificar la etiqueta de la marca que lo comercializa (un producto que podrías comprar en cualquier supermercado). En definitiva, composiciones tan cotidianas que bien podían haber sido sacadas de cualquier hogar.

En sus temas abundan las naturalezas muertas, aunque también trabajó el paisaje. Así mismo, aunque cuenta con algunos retratos y autorretratos, no son lo más habitual en su producción artística. Su prioridad es dar cabida a lo pequeño, a lo cotidiano y a todo aquello que a priori pasaría desapercibido o que incluso resultara insignificante, para convertirlo en el centro de la obra. Así pues, podemos observar como un teléfono, una máquina de coser, unas llaves o unos víveres cobran todo el protagonismo dentro de la composición pictórica. El hecho de que algo cotidiano, de pronto cobre protagonismo, no es exclusivo en Quintanilla, pues es perceptible en el arte, sobre todo desde que este se desligó de lo sacro como temática principal. Pero en este caso, lo que que consigue Isabel es que vinculemos la propia obra con la vida, pues aunque con el transcurso del tiempo, muchos de esos objetos han quedado obsoletos y nos resultan anacrónicos, no hace mucho eran la actualidad en cualquier hogar, y aunque ya no se vean en los hogares, sí que podemos recordar nuestra infancia, la casa de los padres, tal vez la de los abuelos, y encontrar mobiliario, decoración u objetos, si no iguales, similares a los que se presentan en los lienzos. De algún modo, la pintura de Isabel refleja la cotidianidad de las viviendas que habitó y el observador contempla ese mundo ya extinto, desde piezas que atraviesan las estancias del hogar u hogares por los que pasó la artista a lo largo de su vida.

Cuando pensamos en el arte, nos dejamos llevar por los grandes temas que lo han inundado a lo largo de la historia: Las mitologías, los hechos históricos, la iconografía religiosa…. Pero una de las grandes contundencias de la disciplina artística, es la capacidad de evadirse de esas grandes causas sin renunciar a lo estético de la presentación, sin renunciar a que se mantenga su conformidad con lo artístico. Tenemos incontables ejemplos, como aquellos zapatos viejos y roídos a los que Vincent Van Gogh retrató para la posteridad, o las series de latas de tomate Campbell inmortalizadas por Andy Warhol. Pero esta tradición de lo común y lo cotidiano, se remonta en los siglos, en cada uno de los bodegones que cobran protagonismo de pinturas en los diferentes estilos. La naturaleza de lo cotidiano erigiéndose y cobrando todo el protagonismo de una obra artística, porque después de todo, lo cotidiano es lo que nos envuelve y lo que engloba cada una de nuestras vidas.

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