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Ventana domingo, 29 de noviembre de 2020

NARRATIVA

La ardilla en medio del patio

  • La ardilla en medio del patio
  • La ardilla en medio del patio
Fernando Molina
Santo Domingo, RD

Con unas tijeras destapó el saco de comida de perro, guardó la comida en una caja de plástico, dobló el saco vacío y lo entró en el zafacón. Buscó los dos tazones metálicos, echó comida en uno de ellos y agua del fregadero en otro agua. Silbó, y Tobías se acercó con la lengua afuera, babeando. Él puso los dos platos en el suelo y Tobías empezó a devorar la comida sin pausa, le acarició el pelo y lo dejó comer en paz.

Se remangó la camisa hasta los codos y empezó a fregar lento, pausado; a él le gustaba fregar, le gustaba limpiar los trastes. Cuando iba por el último plato vio que Tobías había terminado. Recogió los dos tazones y los lavó. Tobías se había ido al patio y ladraba, él no podía ver a qué, pero sus ladridos eran fuerte y alto. Cuando terminó de fregar se sintió cansado y no quiso prepararse un café, ya lo había tomado esa mañana y pensó que un té le espantaría el cansancio de los ojos sin provocar insomnio, y decidió hacerse hervir agua para colocar en ella la pequeña bolsa con la bebida aromática.

Puso a hervir agua en un caldero. Partió un pedazo de jengibre, no muy grande, la mitad de su pulgar y, con una cuchara pequeña, le quitó la piel. Echó el jengibre pelado en el agua hirviendo y buscó unas hojas de menta que había comprado y guardaba en la nevera, echó muchas porque le gustaba la menta; fue a la despensa por un bastón de canela y también lo agrego al agua hirviendo. Ya no escuchaba los ladridos de Tobías. Se acordó de que tenía que limpiar la mierda del patio, haría eso después de beberse el té, también tenía que arreglar su escritorio, eso lo haría mientras se bebía el té, tampoco había hecho la cama, eso lo haría ahora mientras hervía el agua. Puso una tapa transparente en el caldero y subió a su habitación. Encontró la sábana y las almohadas de su cama en el suelo, Tobías las había tirado al suelo, él tomó la sábana y la dobló, agarró las almohadas y las puso encima de la cama, ahí encontró su celular; dos llamadas perdidas, era ella. Dejó el celular en su escritorio y observó el patio desde la ventanal de su habitación, vio a Tobías oliendo uno de los árboles. También podía ver el patio de los vecinos: ellos tenían un perro, un Yorkshire que solo orinaba en las flores, por eso estaban todas marchitas. Volvió a la cocina. El agua hervía y había adquirido un color oro rojizo, como el Sol. Apagó la estufa, tomó una taza, un colador y se sirvió la infusión; agarró el pote de miel y vertió una cantidad considerable, y con una cuchara mezcló.

Mientras volvía a subir las escaleras escuchó vibrar su celular. Como no quería llegar al cuarto, se detuvo en un escalón y esperó. El celular dejó de sonar. Subió despacio, ya se había bebido la mitad del té, todo iba bien, se acabaría el té y terminaría de limpiar el patio, luego dedicaría tiempo a sus cosas, «aunque estas son mis cosas», pensó. Pero ella había llamado tres veces, pero llamará una cuarta vez. Miró otra vez por el ventanal. Tobías continuaba buscando cerca del árbol. Vio poca basura en el patio, se iba a tomar el té y luego lo limpiaría. Hubiese querido sacar a Tobías a que hiciera su mierda en la acera o en otro patio, pero no podía hacerlo ni sacarlo a pasear, no era su costumbre. Se sentó en su escritorio y agarró unas facturas y las metió dentro de una gaveta. Solo quedaba un poco de té. Los lápices estaban regados, los recogió todos y los entró en una taza de corazón que tenía escrito dad en el medio, la había designado como portalápices. Los papeles que no podía recordar de qué eran, los botaba en el pequeño zafacón que tenía debajo del escritorio. Miró el celular, no pasaba nada. Agarró los audífonos blancos y los comenzó a enrollar, escuchó a Tobías ladrar, los enrollaba en forma de infinito como en un video donde se explicaba que de esa forma no se heredaban en los bolsillos. Tobías ladraba con mucha insistencia, cuando terminó colocó los audífonos encima del escritorio y se acabó el té de un sorbo. Tobías ladraba alto y gruñía, seguro los vecinos lo podían escuchar. Se puso de pie para acercarse al ventanal que daba hacía el patio y pisó uno de los juguetes de Tobías, hizo una nota mental: “recoger todos los juguetes de Tobías y ponerlos en su caja” vibró el celular, él lo vio, Tobías ladraba muy alto, era ella, el teléfono vibraba y hacía vibrar todo en el escritorio, Tobías ladraba agudo, no le gustaba eso, no le gustaba que ella lo llamara.

—¿Sí?

—¿Te he llamado cuatro veces, que te pasa?

—Ah, es que estaba haciendo cosas en la casa.

Hubo un silencio, solo se escuchaban los ladridos de Tobías, a él le preocupaba que ella los escuchara, él se quedó mirando la ventana.

—Voy a estar en la ciudad, pasaré el martes por allá, tengo que ir, hace mucho que no lo veo, ha sido suficiente.

Él vio a Tobías ladrar al árbol. Desde donde estaba no podía ver a que ladraba exactamente.

—Ya le dijo él.

—Me voy a quedar en un hotel, pero iré a visitar.

Del árbol salió una ardilla, había bajado del árbol y Tobías le ladraba.

—¿Sigues ahí? —preguntó ella.

La ardilla quería una nuez, y la nuez estaba del otro lado del patio.

—Sí, sigo aquí, no quiero que vengas.

La ardilla miraba la nuez, o eso parecía, Tobías ladraba, ladraba agresivo, la ardilla estaba petrificada viendo a Tobías.

—Pero porque tu eres así coñazo — balbuceo ella, la escuchó molesta, ahora ella lloraba.

La ardilla salió corriendo detrás de la nuez y Tobías la persiguió.

—¡Tu lo que eres es un maldito egoísta enfermo!

Alcanzó la nuez, y agitada trato de encontrar otra ruta para regresar al árbol.

‘Me tengo que ir, no vengas’
Pero ya no había otra ruta, Tobías agarró a la ardilla.

—¡Tomás! ¡ Tomás no me cuelg…!

Él colgó y puso el celular en modo avión.

La ardilla chilló y le arañó la boca. Tobías la mordió fuerte y le rompió la cabeza. La masticaba. Cerró las persianas, tomó el juguete del suelo y bajó las escaleras. Fue hasta la caja de juguetes y lo guardó, puso la taza vacía en el fregadero pero no la fregó. En el patio encontró a Tobías lamiéndose su entrepierna, no vio restos de la ardilla. Él agarró la pala y una fundita y recogió la mierda. Cuando acabó se acercó a Tobías, le acarició la cabeza y le dio un beso en la espalda. Se quedó quieto en el patio, sintió algo, se volteo hacía el ventanal de sus vecinos y los vio vigilando su patio con caras asustadas.