REFLEXIÓN

El Buen Pastor y el buen pasto

Avatar del Listín Diario
Teresa Valentí BatlleSanto Domingo

La Iglesia celebra el cuarto domingo de Pascua, la fiesta de “El Buen Pastor”. El Evangelio nos habla de Jesús como un pastor que cuida con cariño y se desvive por sus ovejas. Ya en el Antiguo Testamento, en un pueblo que había sido nómada y dedicado al pastoreo, se habla de los pastores en un sentido metafórico. Especialmente el profeta Ezequiel habla de los malos pastores; se refiere a los responsables de Israel, a los gobernantes, escribas y fariseos, a los sumos sacerdotes y gentes que tenían puestos de responsabilidad en la vida pública o en el gobierno. Hoy, otros profetas hacen la misma crítica a los gobernantes actuales. Estos, en vez de pastorear y ayudar a las ovejas, se aprovechan de ellas. Llega a decir el profeta que vendrá un día en que el mismo Dios en persona cuidará de sus ovejas. Esto sucede en Jesús. Jesús es siempre el “pastor” y no el ganadero. El pastor sale al encuentro de sus ovejas, las llama por su nombre; las conoce y las carga cuando se sienten débiles, fragmentadas; las busca cuando andan extraviadas. Esta es la Pascua, gozar de la Vida y ser Buen Pastor, que es distinto al asalariado. El ganadero las posee, las marca, las dota de la infraestructura logística para obtener la producción óptima. El pastor da la vida para recuperarlas, las conduce a los mejores pastos. Las ovejas no se pueden cuidar desde lejos o desde arriba, hay que estar con ellas, acompañarlas. La “inspección” no basta, la burocracia las aleja y la cercanía no se da con intermediarios. Escuchar y seguir: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,27-30). Las ovejas se comprometen en el seguimiento de Jesús. Pero no podemos olvidar las otras ovejas, las que no están en el redil. Como hicieron Pablo y Bernabé, hay que abrirse a los gentiles de nuestro tiempo: indiferentes, no practicantes, agnósticos, ateos, pasotas (los que pasan de todo), enfermos del alma que buscan y no encuentran, pues nuestros rasgos cristianos a veces están tan difuminados, que a los de lejos les resulta difícil percibirlos; y a los de cerca a menudo los despistamos con nuestras incoherencias. Tenemos que abrirnos a “las ovejas de otro redil” con sentido universal y ecuménico. Especial sensibilidad y predilección para los desfavorecidos, excluidos y pequeños como privilegiados que son del Reino. En una sociedad que vive con los cables cruzados, debemos tener la osadía de arriesgarnos a vivir al estilo de Jesús. Vivir en grupo el gozo del Viviente, del que está Resucitado y busca a la persona y le da seguridad en la vida eterna, una vida única, genuina, diferente a la que estamos viviendo. Es una nueva identidad a la que nos llama el Apocalipsis. El Pastor se ha convertido en Cordero pascual inmolado. El Pastor conduce a las aguas de vida eterna a los que viven en el desierto de la tribulación y el dolor. Jesús no agota su relación con las ovejas. “Yo y el Padre somos Uno”. Juan, en su primera carta 3,1-2, nos remite a nuestra identidad. “Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”. ¡Profunda expectativa y tremenda afirmación la de Juan! Ella conlleva el corazón de la resurrección. Las realidades últimas, el plan que Dios tiene con cada uno de nosotros, no se han manifestado todavía plenamente. Sin embargo, el origen nos impulsa a caminar hacia la meta. “Somos hijos de Dios”. A Dios le importan sus hijos y para cada “oveja” tiene un amor real, gratuito, que precede a todo mérito humano. Este amor de Dios, del que nos habla Juan en su primera carta, nos introduce en el Evangelio del “Buen Pastor”. Es un texto de confrontación con los fariseos en el que se desarrolla la imagen del pastor de ovejas. Jesús, al hacerse Pastor, quiere reunir a su pueblo a través de su voz. Aquellos que dan crédito a su Palabra reconocen su voz, la escuchan y la practican. Jesús conoce a cada persona por sí misma con todas sus peculiaridades. Somos rebaño pero no gregarios. Cada persona, desde su libertad, interioriza la voz del Padre y se lanza a la aventura del riesgo para seguir al Pastor en tierras alejadas y cercanas, hasta dar la propia vida. Todo se percibe familiar cuando se sigue la voz del pastor. No hay fronteras ni divisiones. Ni lenguas ni límites que cierren el corazón a la expansión de la voz; ella nos constituye, también, en pastores de otras ovejas que andan dispersas. Jesús es la Puerta: la puerta ancha y amorosa, tan acogedora y expansiva que deja pasar por ella, también, a los creyentes de otras religiones, a toda la humanidad creada y amada por Dios. Jesús tiene otras ovejas que no son de este redil. La puerta es tan inmensa como su misericordia y llena la tierra: “Sus palabras llegan hasta el fin del mundo” (Salmo 19). Los humanos nos empeñamos en negar u ocultar el rostro divino y misericordioso de Dios, porque nos da miedo seguir a un Dios sorprendentemente gratuito, que es don y acogida para todos. Uno de los efectos de la resurrección de Jesús es la apertura del discipulado a los gentiles. Una apertura que no ha sido concluida ni está encerrada en una historia caduca.

Tags relacionados