Redondo y Moliné, dos caras de una misma moneda

Cuando en mayo de 2016 Juan Manuel Moliné Rodríguez quedó en libertad, la herida por el asesinato del niño José Rafael Llenas Aybar se reabrió, veinte años después, en medio del eterno debate sobre la reinserción social, la redención divina o el castigo perpetuo.

Este martes, tres décadas después del llamado “caso del siglo”, Mario Redondo Llenas salió de prisión y lo ocurrido ha generado una especie de déjà vu en la opinión pública. Se trata de una repetición del dilema que divide a la sociedad entre quienes, desde una postura moralista, reclaman sanciones al margen de la ley, y quienes, con dolor, aceptan la dura realidad jurídica.

En el caso de Moliné, tras recuperar su libertad, ofreció breves declaraciones a los medios al llegar a su residencia, luego de una persecución mediática intensa y desbordada. Habló de forma improvisada; no llevaba nada preparado y, después de expresar lo necesario, no volvió a exponerse públicamente.

Ha llevado una vida discreta, sin notoriedad. Ni siquiera posee redes sociales, al menos no de manera oficial. En una ocasión lo vi en un supermercado de la capital junto a su madre: lucía el cabello largo, algo de barba y un estilo más rebelde, muy distinto al “hijo de papi y mami” que aparentaba en 1996, cuando decidió ser cómplice del crimen.

En cuanto a Redondo, ofreció una rueda de prensa a las afueras del centro penitenciario, acompañado de uno de sus hijos, cuyo notable parecido con él despertó intriga e incluso morbo, pues refleja casi el mismo rostro que tenía su padre al momento del hecho.

A diferencia de su antiguo compañero, Redondo exhibe mayor facilidad de palabra y mejor manejo ante los medios, lo que reafirma el liderazgo que ejercía dentro de la dupla.

De hecho, en sus declaraciones ha dejado abierta la posibilidad de continuar hablando con la prensa o incluso realizar un recorrido mediático en radio y televisión, ya sea para referirse a su redención o, quién sabe, aportar nuevos elementos que intenten explicar un hecho tan atroz.

Sin embargo, no le conviene convertirse en figura pública. No se trata de un suceso cualquiera, sino de uno que forma parte de la memoria más sensible de la crónica roja en la República Dominicana.

Sería prudente que tome como referencia la conducta que ha mantenido su antiguo cómplice durante la última década. Es probable, además, que a Moliné no le resulten agradables estas declaraciones, pues, para bien o para mal, su destino permanecerá ligado al de Mario Redondo incluso más allá de la vida de ambos. En consecuencia, cada paso que dé Redondo en libertad inevitablemente tendrá repercusiones sobre él.

La sociedad, por su parte, debería apostar por la reinserción social y las segundas oportunidades para quienes han cumplido con las penas impuestas por la justicia. De poco sirve rasgarse las vestiduras y alimentar el rencor, cuando se presume que somos una nación profundamente cristiana.

Si realmente se confía en la justicia divina y en el tribunal de Dios, corresponde apelar a ellos cuando el individuo ha concluido su penitencia terrenal.