SIN PAÑOS TIBIOS

Nuestro señor El Algoritmo

 El algoritmo es un espejo que refleja lo que somos. Algo así como el poder, que simplemente libera el demonio que llevamos dentro.

Todo el proceso civilizatorio del sapiens ha sido un intento de domesticar el animal que somos. “Homo homini lupus”, "El hombre es el lobo del hombre"; el mayor depredador de los humanos es el propio ser humano, y ese instinto cruel y letal sólo se encuentra contenido por la religión, las leyes, la educación o el poder punitivo del Estado.

La historia está saturada de ejemplos de individuos “normales”, que tuvieron la mala suerte de verse envueltos en alguna circunstancia donde ejercieron demasiado poder; perfectos ciudadanos a los cuales el destino ubicó en el lugar y el momento equivocado; en el que lejos de sentirse constreñidos por los límites de los convencionalismos sociales o de auto imponerse frenos o barreras, dieron rienda suelta a sus instintos y pasiones más bajas.

En el siglo XX, las atrocidades de los muy “civilizados” belgas contra los muy “salvajes” congoleses; los salvajismos cometidos por los muy “educados” alemanes y los muy “sofisticados” japoneses en la Segunda Guerra Mundial; los crímenes inhumanos cometidos por todos los regímenes rojos contra sus propios ciudadanos –etc.– tan sólo son ejemplos que nos enseñan que detrás de la máscara de la civilización más pacífica, sigue escondido el gran salvaje.

El siglo XXI no será diferente, las guerras siguen existiendo y los humanos seguimos siendo humanos. Lo más perturbador de toda las perturbaciones que a diario vivimos, ha sido la mutación de unas redes sociales que fueron vistas en sus inicios como herramientas formidables para ampliar la capacidad de comunicación y fomentar la construcción de espacios de socialización y articulación, a convertirse en instrumentos de división social y tribalización ciudadana.

El algoritmo es un constructo humano, así como la Inteligencia Artificial no es más (por ahora) que una amplificación de la inteligencia humana, llevada niveles extremos. Por la naturaleza de su programación, el algoritmo privilegia los elementos que fomentan el tráfico de información, y priorizan la vinculación de colectivos que comparten intereses afines u odios comunes.

Así las cosas, el algoritmo hará que quien odie algo (o alguien, lo encuentre. Lo que alimenta) la dinámica del odio no es la distancia física que existe al momento de cuestionar o insultar a alguien, sino más bien la sensación de impunidad que propicia el ecosistema digital, de ahí que la mayoría son capaces de decir los insultos y adjetivos descalificativos más aberrantes, porque se sienten seguros detrás de la maraña digital.

La masa de las redes incita a que el cobarde se vuelva valiente detrás de una pantalla, de ahí que se sienta capaz de decir por redes lo que sería incapaz de decir personalmente, ya sea por miedo, ya sea por educación básica.

Tags relacionados