Salesianos Cooperadores: laicos al servicio de los jóvenes
En tiempos en que la Iglesia busca caminos de mayor corresponsabilidad y escucha, la experiencia de los Salesianos Cooperadores emerge como un signo elocuente de madurez eclesial y de fecundidad apostólica. No se trata de una intuición reciente, sino de una semilla sembrada por San Juan Bosco en 1876, que hoy —a 150 años de su reconocimiento por Pío IX, el 9 de mayo de 2026— revela una sorprendente actualidad. La celebración de este aniversario no es mero ejercicio conmemorativo; es, ante todo, una llamada a redescubrir el papel insustituible del laicado en la misión educativa y evangelizadora.
El Capítulo General 29 (2025) confirmó con fuerza el papel esencial de los laicos en la misión salesiana, incluso abriendo la posibilidad de que asuman la dirección de comunidades, lo que constituye un signo de una responsabilidad verdaderamente compartida.
En esta misma línea, se reafirma que la comunión se vive en lo concreto: los Salesianos Cooperadores, inspirados por San Juan Bosco, participan activamente —desde su vocación laical— en los pequeños y grandes momentos de la vida y misión salesiana.
El trienio preparatorio de su 150 aniversario —articulado en torno a “Recordar, Renovar y Relanzar”— ha sido un itinerario pedagógico y espiritual. Recordar ha significado volver a las fuentes, al sueño original de Don Bosco que veía en los laicos aliados imprescindibles. Renovar ha implicado fortalecer la pertenencia y el Proyecto de Vida Apostólica, verdadero mapa existencial de su vocación. Relanzar, finalmente, apunta hacia el futuro: una asociación capaz de responder a los desafíos contemporáneos con creatividad evangélica.
Hoy, con cerca de 30,000 miembros distribuidos en más de 1,500 centros locales en unos 110 países, los Salesianos Cooperadores constituyen una red viva de presencia cristiana en los cinco continentes. Su triple identidad —carismática, canónica y civil— les permite moverse con soltura entre la Iglesia y la sociedad, siendo puente, fermento y testimonio.
En la Inspectoría de las Antillas —que comprende Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana— su presencia es igualmente significativa. Desde centros locales, hombres y mujeres, junto a sacerdotes diocesanos, asumen con naturalidad su misión en ámbitos tan diversos como la educación, la catequesis, la acción social, la pastoral juvenil, el compromiso sociopolítico y el diálogo intercultural. Su espiritualidad, sencilla y alegre, arraigada en las Bienaventuranzas, se traduce en una fe vivida en lo cotidiano, sin estridencias, pero con profunda coherencia.
En un mundo fragmentado, donde los jóvenes enfrentan múltiples formas de vulnerabilidad, la propuesta salesiana —y, en particular, la vocación del cooperador— aparece como una respuesta luminosa. No desde el protagonismo individual, sino desde la sinodalidad; no desde la imposición, sino desde la cercanía educativa; no desde la nostalgia, sino desde la esperanza activa.
Quizá ahí radique su mayor aporte: recordarnos que la santidad no es evasión del mundo, sino compromiso con él. Y que, cuando laicos y consagrados caminan juntos, la Iglesia no solo se fortalece, sino que se vuelve más creíble, más humana y, en definitiva, más evangélica.

