Reminiscencias
Enma, cuánto la recuerdo
In Memorian
No sólo por ser hermana de mi inolvidable Manolo, sino por algo que me remueve el espíritu cada vez que me siento a la mesa en la Estancia María Virgen.
Traigo de ella un recuerdo para responder un gesto amistoso que tuviera conmigo, allá por el año ´73: Me llevaba un retrato enmarcado de un anciano mendigo sentado al lado de una puerta de alambres de púas, notablemente vencido por la fatiga.
El momento fue emocionante cuando me aseguró, y éstas fueron sus palabras: “Te traje ésto porque tú crees en ello y tienes conciencia de lo que es la miseria en que ellos agonizan. Manolo debe estar feliz, en la dimensión en que se encuentre, con tus posiciones. Te lo traigo como una condecoración, más que en mi nombre, en nombre de ellos, porque los has defendido dignamente.” Había renunciado el 10 de diciembre de mis compromisos vehementes en el Programa Social Agrario.
Fue una experiencia sorprendente y quiero en su memoria responderla albergando unos pobres versos mios: “El Viejo Campesino” y sólo algunas estrofas de aquél que escribiera al día siguiente de la muerte de Orlando Martínez, “Matar un Ruiseñor”. Cosa ésta que comentamos en aquel encuentro con Enma.
En fin, lo que busco es rescatar de todo olvido la solidaridad de su gesto noble.
Como hablamos, además, aquel día, de la muerte de Orlando, nuestra gloria del periodismo, traigo sólo algunas de las estrofas, por razones de espacio, del poema que escribiera horas después de sepultarlo.
Orlando Martínez fue asesinado el 17 de marzo de 1975.
“MATAR UN RUISEÑOR
Orlando,
ni la bala en la cara
deformó tu inocencia.
Parecía un lunar,
como si sintiera
su horrible misión,
como si tuviera
el plomo conciencia
de la noble vida
que iba a segar.
Al asomarme a tu ataúd
presumí sus bordes
como precipicios,
y,
grande fue mi asombro,
hallé tu expresión
de paz y sonrisa.
¡Si te hubiesen visto
quienes te callaron,
sin arrepentirse
se avergonzarían!
No había en tu rostro
de niño muerto,
ni rictus
ni mueca,
ni odio
ni miedo.
¡Si te hubieran visto!
podrían pensar
que pueden seguir
sin temer a Dios
sirviendo a Satán.
Con tu sacrificio,
le hicieron servicio
al enviarle un justo
de esta Patria absurda
como rara muestra
de lo que es futuro.
Los campesinos
ignoran
que el trágico viento del crimen
arrasó su mejor cosecha,
¡que eras tú!
Más,
algún día,
tendrán el espejo
de su joven muerto
inocente,
puro,
sonriente,
honrado,
por la inmolación
en su causa inmensa.
Porque tú eres,
no tan sólo eras,
corazón secreto
y distante
del campo nuestro.
Ya lo sabrán
cuando el mañana desgarre
de su ignorancia las sombras
y sea el regocijo y su suerte
recordar tu ejemplo,
y vivar tu nombre.
De niño,
cuando iba al campo,
mi madre
me reprendía:
¡A quien mata un Ruiseñor
se le rompe la honda!
Yo obedecía candorosamente
el piadoso engaño.
Quienes te mataron
y así lo ordenaron
Orlando,
perderán sus hondas
el día que no esperen
porque,
además de corazón,
fuiste Ruiseñor
de aquel drama insomne.
Y la Madre Patria,
hoy absurda
Y sufriente,
no sabrá mentir,
ni olvidar
qué hacer
con las hondas
de los asesinos
de sus Ruiseñores.”
Asimismo, paso a reproducir el otro por lo mucho que se corresponde con el gesto y la pobreza campesina:
“VIEJO CAMPESINO
Es la enramada
un pilón tumbado,
el viejo sentado
cavila y rezonga.
La pipa de barro
humeando su pava.
Arrugas sin nombre
sus ojos
azules de humo
llueven sobre el campo.
Su rostro
turbio de cansancio
parece decir
¿somos los del campo
hijos olvidados?
¿Dónde está su mano?
¿la ha cortado el hambre?
¿la quemó la fiebre
de mi desamparo?
¿La enguantó la astucia
de los poderosos?
¿sólo tiene índice
para la desdicha?
¿Dónde se ha ido Dios?
parecía decir.
Tengo siglos
a la retaguardia
sin poder dormir
en el duro catre,
dominando hormigas,
metido entre espinas,
avispas, muerte
y pasmo.
Es el baquiní
de toda mi gente
la fiesta de siempre.
¡Y nunca he dejado
de hacer el rosario!
¿Dónde se ha ido Dios?
Esta tierra suya
sólo me recibe
si paso a ser muerto
o cuando me doblo
es para surcarla
y hacer las riquezas
y dar alimentos
para tanta gente
que no oye el rosario.
¿Dónde está tu mano, Señor?
¿Te han dejado manco
estos hombres locos?
Al verle rumiar
su tabaco y pena,
quise decir algo,
me detuvo el llanto,
hice del silencio
un bello homenaje.
Sentí en mis adentros
una culpa extraña
y tartamudeando
musité estas frases.
Viejo, Él vendrá,
está ya albergado
en tu desconsuelo;
de él saldrán
la luz y la fuerza
con que su tormenta
todo calmará.
Tú verás su mano,
tus nietos escuálidos
sobre tus cenizas
serán sus banderas.
Tú no los verás,
al menos aquí.
Volví al silencio
orando por él
y la desventura
de su oscura raza.
Señor, Señor,
olvida el resabio
de este viejo harapo,
es un Justo, al fin.
Un Justo que ignora
que el reloj del hombre
nunca da tu hora.”
Extraña esta manera de corresponder 53 años después, pero tiene un mérito: mata al olvido.
La causa inmensa que tantas veces cito como una de “mis amadas derrotas”, la Social Agraria, de no haber sido traicionada y contenida por los intereses peores, hubiera servido para una República más equilibrada y justa. Ahora estamos cosechando sangre e inseguridad gravemente perturbadoras. Lo advertí a tiempo.

