enfoque
No sean como Laodicea
Hay hechos aparentemente pasajeros que, sin embargo, revelan realidades permanentes. Los acontecimientos recientes en torno a la participación de un ministro dominicano en una cumbre internacional percibida como crítica a Estados Unidos, a lo que se agregó un comunicado de la Cancillería dominicana reclamando el derecho a la libre circulación marítima y después de eso la publicación de la embajadora estadounidense citando el Apocalipsis 3:16 —“porque eres tibio, y no eres ni frío, ni caliente, te voy a vomitar de mi boca”. Eso dio lugar a una declaración del ministro de la Presidencia indicando su adhesión a EUA.
Pero eso no se detuvo ahí y hubo la visible aproximación de la representación norteamericana a los más importantes actores de los medios de comunicación del país. Es por todo eso que esos hechos no deberían leerse como un simple episodio coyuntural. Esto invita a un análisis y una reflexión de fondo.
Recordé una que había leído en un libro titulado “The Faces of Power” por S. Brown. Ese era un libro que me había sido regalado por mi hija María Teresa, cuando estudiaba en Tufts University. La reflexión es de Cyrus Vance, quien fuera Secretario de Estado de EUA (1977-1980), la cual he resumido y más o menos dice así: “El idealismo como el realismo tienen objetivos correctos y los buscamos porque nuestra política exterior se beneficia de ello. Este continúa diciendo que la prosperidad y la justicia son las que verdaderamente crean las condiciones para la paz de las naciones”.
En cambio la política exterior dominicana históricamente ha tenido que moverse dentro de una realidad geopolítica muy exigente por su cercanía geográfica con el poder norteamericano, eso ha creado dependencia en ciertos ámbitos, y necesidad simultánea de tratar de preservar márgenes propios. No es una ecuación nueva es una constante. Por eso, más que reaccionar al incidente mencionado conviene interrogar lo que pone de relieve. Para ello tendré que remontarme a nuestra historia.
Gobernantes y pensadores dominicanos de muy distinta orientación entendieron ese dilema y por ello muchos han limitado sus objetivos. Trujillo entendía que la relación con Washington exigía inteligencia, experiencia y prudencia. Es por eso que utilizó a los mejores de sus hombres e intelectuales para esas tareas y mantuvo relaciones amistosas con importantes personajes de esa nación. En cambio Joaquín Balaguer hizo del manejo prudente del poder para tener un margen en la realización de su política exterior. Evitó convertir alineamiento en subordinación automática, procurando espacios discretos de autonomía compatibles con la relación estratégica del país con Estados Unidos. A veces cedía a las presiones y en otras no. De él aprendí algo de eso.
República Dominicana participó en una cumbre internacional percibida como crítica a Estados Unidos.
Desde otro ángulo la tradición, del constitucionalismo de 1965 expresó una sensibilidad distinta pero complementaria. Allí la voz de Jottin Cury, el llamado canciller de hierro, en aquellas circunstancias dramáticas dejó una idea cuya vigencia permanece. Esta fue que la autodeterminación no es una concesión; pero si es un derecho.
De algunos otros pensadores se pueden extraer lecciones que nos dicen que: la soberanía comienza a erosionarse cuando el temor sustituye al juicio. Esa frase resume mucho. La crisis de abril 1965 y la posterior intervención militar norteamericana vía lo que se llamó Fuerza Interamericana de Paz auspiciada por la Organización de Estados Americanos nos dejó lecciones que todavía acompañan nuestra conciencia histórica. Entre ellas, una fundamental: Para países pequeños, soberanía, idealismo y realismo son tensiones que hay que saber administrar.
La autonomía rara vez es absoluta. Se ejerce, más bien, preservando espacios. Y eso requiere discernimiento y prudencia. En ese contexto, la referencia bíblica utilizada por la embajadora fue, por su tono moralizante y singular pero también contenía un importante mensaje. En el cual el interés no reside tanto en la frase como en la pregunta que deja planteada y el mensaje dado. ¿Existe hoy menos tolerancia para los diferentes matices dentro de las alianzas entre nuestros países? ¿Se interpreta toda autonomía como ambigüedad? Estas son preguntas legítimas. No para fomentar susceptibilidades, sino para entender mejor las jerarquías reales que actualmente operan en las relaciones hemisféricas. Reconocerlas no obliga ni a la confrontación ni a la resignación. Obliga a pensar.
La República Dominicana ha sabido en distintos momentos de su historia sostener vínculos estratégicos esenciales sin abdicar de criterio propio. Esa fue la política que desarrollé durante mi gestión en Washington. Es decir que algunas de esas menciones que he señalado han estado dentro de las mejores tradiciones diplomáticas de nuestro país. Convendría preservarlas. Porque el verdadero debate no es sobre la tibieza. Es sobre si un país amigo puede ejercer matices sin que estos sean confundidos con deslealtad. Y acaso la respuesta esté contenida, precisamente, en esa vieja intuición que dice: La soberanía comienza a erosionarse cuando el temor sustituye al juicio.
Para las naciones pequeñas, quizá la madurez diplomática consista justamente en evitar ambos extremos: ni desafiar inútilmente a su poderoso socio, pero tampoco renunciar innecesariamente a su propia voz. Ahí reside, tal vez, la esencia de una política exterior digna. Es bajo esa realidad que debemos conocer que lo dicho por la embajadora no es lo que se ha mencionado. Es por ello que yendo muy atrás en la historia de los pueblos que buscaremos el origen y significado de esas palabras.
Laodicea era una próspera ciudad en Asía que fue establecida alrededor del 260 a.C. Era hogar de la iglesia apóstata. Tenía esa ciudad bienestar económico pero por eso sus habitantes eran arrogantes. Pensaban que no necesitaban de nadie y eran escasos de espiritualidad.
Resulta que Jesús los amonestó por su falta de religiosidad y les dijo: “como no eres frío ni caliente, eres tibio y te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3.17). Más adelante en el año 60 d.C., la ciudad de Laodicea fue totalmente destruida por un terremoto.
El pasaje citado y lo dicho por la embajadora es una advertencia que tiene un significado. No creo que sea un reproche político pero sí una advertencia de que debemos aprender a manejar nuestra democracia con realismo y sin ambigüedades. Lo que dicho en la fraseología dominicana significa, “querer estar con mansos y cimarrones”. Pero a la vez, debemos aprender el arte de la prudencia y evitar que el carácter nacional sea débil y manipulable. Y sobre todo no estar dando sin exigir algo a cambio en la relación con nuestro principal socio político y económico.
En consecuencia, lo que dijo la representación de norteamérica a nuestra actual dirigencia política, es una advertencia y quizás una lección. “No sean como Laodicea”.

