SIN PAÑOS TIBIOS

Tarde en Local

Los arquetipos son necesarios, no porque lo diga Jung, sino porque a través de ellos abordamos realidades complejas a partir de proposiciones simples. En casi todas las culturas, la cueva evoca el vientre materno; el fuego, al sol; la montaña, el ascenso espiritual; el mar, la vastedad del alma. Todos esos arquetipos son comunes a casi todas las culturas, sin importar geografía o época.

A propósito de arquetipos, la barra de un bar vendría a ser como una catedral de antaño; un espacio físico con códigos conocidos y universales, donde los vitrales son sustituidos por botellas que brillan sobre los tramos, cuando las iluminan las luces de los bombillos.

Por aquello de la espectrometría de masas, es válido suponer que el brillo que genera un haz de luz cuando atraviesa un destilado de caña, necesariamente es diferente a uno de cebada; y ni hablar de las tonalidades pálidas y frías en que puede descomponerse el haz de fotones desprendido por el bombillo –comprado “donde los chinos”–, cuando atraviesa una botella de tequila, vs. aquellas cálidas y sugestivas que se desprenden de la botella de whisky, sobre todo cuando es un bourbon, o mejor dicho, cuando es un rye.

No sabremos qué fue primero, si todos los arquetipos o el bourbon, y, aunque en rigor la secuencia histórica no deja lugar a dudas sobre el origen del segundo, siempre se puede recurrir al mito para justificar cualquier aspiración, pretensión o hipótesis, por más descabellada que sea. Al fin de cuentas, los mitos sirven para eso.

En lo que todos esos pensamientos fluyen, Jeremías mezcla ceremoniosa y rítmicamente en la coctelera todos los ingredientes del Manhattan que siempre me prepara sin que yo se lo pida; como si leyera mi mente; como si me conociera más que el algoritmo de Google… como quisiera conocerme yo mismo alguna vez en mi vida. Mientras lo hace, la música en Local 3 suena en el volumen preciso y las progresiones de acordes de Comfortably Numb inundan a mares todo el bar.

El mundo gira y todos nosotros con él. El estrecho tiene un doble candado; Occidente colapsa; Kim Jong-Un es el arquetipo de gobernante pacífico; los motoristas son los dueños de las calles y el gobierno ni se entera… Yeats siempre lo supo: “el centro cede; la anarquía se abate sobre el mundo/ se suelta la marea de la sangre, y por doquier/ se anega el ritual de la inocencia/los mejores no tienen convicción, y los peores/ rebosan de febril intensidad”.

Jeremías sirve el Manhattan mientras que toda la luz del mundo se concentra en el centro del vaso como si fuera el axis mundi. Hay algo de espiritual en todo ello, por más profano que aparente ser, después de todo, el rye era un Buillet… como tiene que ser.