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Este tema permanece influido por la importancia que la Estética griega confirió al conocimiento del objeto, considerándolo prerrequisito para su modelado potencial como Carácter.
Asumimos el lexema “carácter” en su acepción estético-aristotélica. Los enfoques posmodernos lo trocaron por “representante”. En ambos casos: lo plasmado por las artes: personajes, sonidos, espacios o historias… Paradójicamente, no se agotan en ellos, pues sus significados superan y trascienden los significantes que los expresan. Es algo bien establecido desde los balbuceos lingüísticos de Platón: su “Crátilo” abordó la arbitraria relación entre nombres y realidad, mucho antes de que Ferdinand de Saussure lo sistematizara (“Curso de Lingüística General”, 1916).
Platón inició el primer debate lingüístico-estético: “naturalistas” vs “convencionalistas”. Estos postulaban la relación “natural” e interdependiente entre significantes y significados, representación sensible y realidad; los convencionalistas la derivaban del «acuerdo social» arbitrario, históricamente construido. Partiendo de Sócrates, la palabra física —significante— es instrumento —«órganon»— del conocimiento y de la clasificación de él derivada; una base imperfecta para entender los procesos y las realidades, superable con el auxilio de las ideas.
Esta inquietud la abordó Aristóteles, potenciando otro término: convencionalismo, casi implícito en Platón. Con un argumento concluyente, planteó que las palabras (significantes) carecen de vínculo natural con los objetos designados: de ser así, no existirían idiomas diferentes y su correspondencia con la realidad sería universal.
Esta idea de convencionalismo —«acuerdo»— estructura la cultura y su devenir, particularizando diferentes lenguas, modos de ser y las artes, acunando sociedades —Estados— diversas, cada una con “su identidad”.
A las artes, le otorgó libertades rechazadas por Platón: adoptando consideraciones naturalistas e híper valorando el deber de ser para conocer definitorio de su Teleología. Propuso —«La República», libro X— exiliar las artes de su ciudad ideal porque sus praxis no contribuían al conocimiento. La silla plasmada no satisface la necesidad de sentarse, impidiendo conocer la verdad sobre la “silla”: su destino y función.
Aristóteles, en cambio, reconoció utilidad a las artes para conocer y enseñar. En “Poética”, cap. IV, escribió: “...aprender es lo más agradable” (…), “el motivo por el que nos gusta ver imágenes es que en su contemplación aprendemos y razonamos sobre la naturaleza de cada objeto”.
Más tarde, en su “Epístola ad Pisones”, Horacio lo expresaría directamente: “...los poetas quieren o ser útiles o deleitar”.
Esta función de conocer a través del arte devino posible al ejercerlo mediante aquel procedimiento que Aristóteles consideró modo del conocimiento humano: la mímesis, subyacente tras la Ética (imitar a los grandes hombres, v. gr.) y la Estética: el representante es —semejanza— el objeto.
Las artes, pues, presuponen el convencionalismo. Este permite diferenciar entre la realidad y sus “representantes” aún conviniendo que el representante es “la realidad”: conceptos e ideas, en Filosofía; imágenes, movimientos, acciones, sonidos y objetos tridimensionales en las artes; conductas y normas, en la Ética.
Pese a sus ostensibles diferencias, la Filosofía propició el surgimiento de una relación biunívoca de intercomplementariedad entre Ética, Gnoseología y Arte. Sus preceptos comunes y distintivos (bien colectivo, verdad y belleza) se sintetizan en un constructo magnífico: kalokagathía, categoría estelar de la Estética griega que históricamente actuó como prueba de valor del arte.

